Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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La insularidad en un mundo global

Por: Mario Gallego Cosme ║ Fotografía: Wikimedia.

7 de septiembre de 2020.

 

La insularidad se puede analizar desde diferentes perspectivas, como ha venido siendo el caso desde ópticas tan variadas como la cultura, la economía y el comercio, la ecología, la biología, la genética, la demografía, la arqueología o la geografía. No obstante, la insularidad representa, en sí misma, un campo del saber —la nisología—, que permite combinar varias de las disciplinas mencionadas de forma integrada.

En buena medida, el interés que suscitan las islas para las ciencias pudiera haber surgido a partir de todo el imaginario popular que se ha ido creando acerca de estos espacios —normalmente, producido desde fuera de estas—. Hay innumerables ejemplos de esta percepción perfectamente constatables en la literatura y la pintura universales; ámbitos que llevan siglos proyectando una imagen de lo insular cargada de evocaciones que aluden al misterio y al exotismo, pero también a formas de vida sosegadas y «tropicalizadas». Se trata de idealizaciones que, en realidad, son de ida y vuelta, ya que, a través del cine, la prensa y la televisión, en las propias sociedades insulares han llegado a permear imágenes paradigmáticas de lo que estas deberían ser y, frecuentemente, no son.

Tradicionalmente, las áreas vinculadas con el medio ambiente y la economía han sido bastante prolíficas en investigaciones multidisciplinarias sobre islas; en una primera etapa mediante estudios de caso y, posteriormente, con análisis de corte más transversales y comparativos. De cualquier modo, en los últimos años a estas dos disciplinas mencionadas se han ido añadiendo otras muy prometedoras, entre las que cabe destacar las relaciones internacionales o la ciencia política. Se trata de campos especialmente atractivos para la investigación y sobre los que aún hay mucho que explorar, ya que la especificidad de los modos de vida de las sociedades insulares tiene su reflejo en formas de gobierno muy particulares y, ambos aspectos, a su vez inciden decisivamente en la manera que las islas se relacionan con el resto del mundo [1].

Evidentemente, no existe una sola manifestación de lo que constituye la insularidad. Cada caso es único y lo constatable en cada isla dependerá de una serie de factores que, sobre todo, serán de tipo geográfico y sociocultural. En cualquier caso, conviene precisar que la insularidad, como concepto, presenta dos acepciones —o, acaso, facetas sobre un mismo hecho— que la riqueza del idioma español no ha podido captar. La primera, se presenta como factor, sobre todo en términos espaciales, considerados a partir de ciertas características que suelen ir asociadas a las islas, como la asolación, el pequeño tamaño, o la escasez de recursos. La segunda dimensión —que en inglés se ha dado en llamar islandness— es complementaria de la anterior, aunque presenta un corte más bien metafísico; refleja sensaciones comunes a todo isleño, basadas en la asolación inherente a lo insular, normalmente en consonancia con fuertes sentidos de arraigo y comunidad [2]. A pesar de que la consideración de lo insular como objeto de estudio no se ha encontrado exenta de críticas —al menos para ciertas ramas o categorías analíticas [3]—, es justo reconocer que, de dicha focalización hacia lo insular, se desprenden al menos dos externalidades positivas para la comunidad internacional.

La más evidente deriva de la llamada de atención que surge desde los pequeños Estados insulares ante la inminente amenaza que les supone la eventual elevación de las aguas oceánicas como efecto del llamado cambio climático. En este sentido, las islas se han enarbolado como los «canarios de la mina» [4] que, en interés de todo el planeta, son los primeros lugares en dar la voz de alarma acerca este riesgo de corte global.

La segunda externalidad, consecuencia de la anterior, recae en la contribución al multilateralismo que surge de este llamamiento por parte de los Estados insulares, sobre todo porque su causa es, en realidad, reconocida como una preocupación común. No hay que olvidar que cerca de la mitad de la población mundial reside a menos de 200 kilómetros del mar [5], de modo que, en un futuro cercano, cabe esperar que las sinergias y alianzas estratégicas entre Estados de diversas latitudes —y con intereses hasta ahora no alineados— vayan en aumento en los diversos foros internacionales.

 

Notas:

[1] Taglioni, Francois (2011). “Insularity, political status and small insular spaces”, The International Journal of Research into Island Cultures, 5 (2), pp. 45-67. https://hal.archives-ouvertes.fr/hal-00686053/document

[2] Conkling, Philip (2007). “On islanders and islandness”, Geographical Review, Vol. 97, No. 2. pp. 191-201.
DOI: 10.2307/30034161 https://www.jstor.org/stable/30034161

[3] Selwyn, Percy (1980). “Smallness and islandness”, World Development, Volume 8, Issue 12.
https://doi.org/10.1016/0305-750X(80)90086-8

[4] Hanna, Elizabeth E. & McIver, Lachlan (2014), “Small Island States – Canaries in the coalmine of climate change and health”, in Butler C. J. (Ed.), Climate Change and Human Health, CABI.

[5] Creel, L. (2003), “Ripple effects: Population and coastal regions”, Population Reference Bureauhttps://www.prb.org/wp-content/uploads/2003/09/RippleEffects_Eng.pdf

 

Mario Gallego Cosme