Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Ordenamiento territorial y geografía político-administrativa: algunas reflexiones sobre la propagación de enfermedades

Por: Mario Gallego Cosme ║ Fotografía: Wikimedia.

17 de marzo de 2020.

 

Todavía es pronto para saber en profundidad todas las implicaciones que dejará la pandemia que estamos padeciendo a causa del Coronavirus COVID-19, pues ni tan siquiera conocemos algunos aspectos básicos que caracterizan el comportamiento del mismo como sus condiciones ideales de propagación o si se espera que este virus sea recurrente en el tiempo. Lo que se sabe en estos momentos se reduce, fundamentalmente, a que, si bien la mortalidad achacable es relativamente baja —y muy enfocada en ciertos grupos etarios e individuos con determinadas afecciones—, su difusión es tan rápida que puede colapsar en poco tiempo las capacidades de atención sanitaria de las sociedades que padecen su efecto. Es por ello que, a tenor de lo evidenciado en otros países, las principales medidas de contención se basan en tratar de frenar la expansión de la epidemia, sobre todo evitando el contacto entre personas mediante acciones que, en ocasiones, han podido llegar a ser de tipo coercitivo. Con este contexto en el horizonte, y dado que en estos momentos la presencia del Coronavirus en algunos países es aún incipiente —siempre en base a los datos conocidos al día de hoy—, estas breves líneas van enfocadas a un recuento muy genérico de los factores que pueden condicionar, exclusivamente desde el punto de vista de la geografía político-administrativa, la propagación de este tipo de enfermedades contagiosas.

Tomando en consideración la respuesta a la que las autoridades competentes han de hacer frente, a nivel nacional los tres principales factores a tener en cuenta son: el tamaño del país —o área afectada—, la densidad poblacional, y el propio sistema político-administrativo que organiza el Estado o las regiones con más casos. El primero de ellos tiene repercusiones en materia de logística pero, dicho factor distancia también juega un papel en materia de difusión que no siempre es fácil determinar, ya que otros aspectos —orografía, climas, patrones de poblamiento,…— también influyen. La densidad poblacional, por razones obvias, también debe ser considerada de manera particular, sobre todo en aquellos espacios especialmente concentrados y hacinados. En cuanto al tercer factor aludido, a juicio de quien escribe, por cuestiones de economía de escala y dotación de recursos —humanos y de materiales—, una coordinación centralizada, típica de los Estados unitarios, generalmente será más eficaz al momento de focalizar esfuerzos en el lugar que se requiera; mientras que, por el contrario, las federaciones y demás esquemas más o menos descentralizados, si bien pueden ser más ágiles en la respuesta, son más proclives a adolecer de medios y a fragmentar las acciones de forma descoordinada. Evidentemente, la falta de acuerdo entre entidades subnacionales contiguas se puede evidenciar en muchos órdenes; no obstante, en situaciones de emergencia la armonización de criterios es fundamental.

Desde la óptica de la propagación de las enfermedades, hay que atender, de manera particular, al nivel de los asentamientos humanos —o, acaso, a los espacios concretos de alta densidad de interacción de las personas—, y a la manera en la que el entramado de ciudades está conectado a nivel estatal. Paradójicamente, atendiendo al primer aspecto mencionado, la velocidad de propagación será siempre proporcional a la calidad y eficiencia del sistema de transporte público de las ciudades y a la mera existencia de áreas de contacto de muchas personas, sobre todo en espacios cerrados. En este sentido, resulta fundamental dar cuenta de las áreas interurbanas de contacto, sobre todo si hay contigüidad urbana entre diversos núcleos poblacionales o cuando hay presencia de asentamientos localizados en los márgenes de los viales que conectan tramos de carreteras entre ciudades. El segundo aspecto, especialmente vinculado con la propia estructura político-administrativa ya comentada, deriva de la conectividad de la red de comunicaciones terrestres del país, siendo la forma radial —aquella en la que una urbe actúa como punto de confluencia de la mayoría de los viales— la que mayor efecto potenciador de la difusión tendría a escala nacional.

Finalmente, en la confluencia de estas cuestiones comentadas se encontraría la morfología urbana ya que, dependiendo de sus configuraciones y de las dinámicas de movilidad de cada caso, este pudiera llegar a ser un factor relevante. En efecto, la planificación urbana de calles y espacios —(dis)continuidades, (des)orden en el uso del suelo, retícula, (ir)regularidades de trazado, diferencias en la dotación de servicios, ancho de los viales, trama… — de alguna manera también permite inferir, de manera general, algunos patrones de potencial difusión.

 

Mario Gallego Cosme