Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Experiencias de una visita a China (parte IV)

Por: Emil ChirenoFotografía.

17 de agosto de 2020.

[Cuarta entrega de cuatro]

Tratando de burlar el sistema, se me ocurrió vaciar el contenido de butano del encendedor en el baño y ponerlo en mi bulto de mano. Para mi sorpresa, al llegar al área de revisión de equipajes de mano, la persona que me atendió lo primero que me preguntó fue por el ligther. Ignoré aviesamente la pregunta y, mientras me quitaba el cinturón, otra persona (el cuarto empleado del aeropuerto con el que interactuaba) de nuevo dijo la palabra mágica, abrió mi equipaje de mano y se quedó con mi encendedor. Mi intento de burlar la seguridad del aeropuerto fue un fiasco total, tanto que incluso antes de abordar el avión la empleada de la aerolínea al escanear mi boleto me miró y con una sonrisa extraña dijo: “No lighter”; nunca sabré si la sonrisa fue de burla, de advertencia o de molestia.

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Muchas frases están tan adheridas al argot popular que en ocasiones las utilizamos sin entenderlas. Así, cuando una cosa es muy distinta a otra, nos gusta decir que “esos son otros quinientos”, pues Shanghái definitivamente son otros quinientos. Beijing resulta monocromática, mientras que Shanghái es colorida; la una luce planificada, la otra orgánica; en una vi pocos rostros occidentales, en la otra encontré varios. Beijing es el centro de poder político, hermético, discreto y muy nacionalista, mientras que Shanghái es la capital comercial abierta, ultratecnológica e internacional.

El eje que divide la ciudad en oriente y occidente es el río Huángpǔ, el último afluente del titánico Yangtzé, previo a su desembocadura en el mar del Este. Su ribera luce como una serpiente y en ella se encuentra el famoso distrito financiero y la aún más famosa y exclusiva zona de Pudong, la más lujosa de la ciudad. Esta parte evoca el pasado colonial chino, y prueba de ello es no solo el estilo neoclásico del Waldorf Astoria con sus paredes exteriores talladas o el art déco del Fairmont Peace Hotel con sus formas geométricas y metálicas, sino el desproporcionado tamaño de la embajada británica que aún se encuentra en la zona. Si la importancia de los países se midiera en función del lujo de sus embajadas, los ingleses quizás tienen más comida china en el plato de la que pueden masticar.

Llegamos una mañana soleada y lo primero que me hacía agua la boca era comer en algún restaurante estilo Sichuan, mi preferido entre los diversos estilos de cocina china. Luego de un copioso festín de langostinos picantes y cerveza, se imponía una extensa caminata y así lo hicimos alrededor del Huángpǔ con destino a la famosa Shanghái Tower, que se caracteriza por tener el elevador más rápido del mundo y por ser el segundo edificio de mayor altura (632 metros).

En unos 45 segundos, a una velocidad de 73.8 kilómetros por hora, una caja metálica te lleva del piso 1 al 118. Desde la cima, a una altura de 555 metros, se puede apreciar la serpiente de agua dulce que divide la ciudad. Durante la potente subida, el cuerpo apenas percibe lo que ocurre por un leve zumbido en el oído, ese que se siente en las cabinas presurizadas de los aviones cuando se está aterrizando. En las dos horas que pasamos en el piso 118, una colorida silueta de metal y modernidad abrumó todos mis sentidos, me sentí como un dron en piloto automático, me resultaba difícil concentrarme: el todo era tanto que lo específico resultaba por momentos irrelevante. De nuevo, me sentí como Gregorio Samsa, pero esta vez volando a más de 500 metros de altura, con el viento a mi favor, pensando que todo es posible. Sentí por momentos que los únicos límites son los que nosotros mismos nos imponemos, me sentí poderoso y al mismo tiempo ínfimo viendo desde arriba esa enorme y colorida selva de cemento.

Luego de cansarnos de la vista, de reflexionar y, claro, de tomar muchísimas fotos, decidimos conocer la otra cara de la capital comercial, su exclusiva vida nocturna. Al descender pensé que había agotado “mi cuota” de fotografías, pero, cual turista ignorante, todavía no había visitado el famoso Bund, una zona de edificios situados a orillas del río Huángpǔ. . Sin poder usar Uber, me aventuré a tomar un taxi amarillo; tan pronto lo abordé —con una oscura sonrisa el chofer apagó el taxímetro y me dijo “I take you”—, supe que me cobraría mucho más de lo adecuado. Tras desmontarnos del taxi, lidiando todavía con esa leve ansiedad de sentirme, como buen turista dominicano, chapeado, caminamos por el frente de la monumental embajada británica. Me llamó mucho la atención la cantidad de soldados estacionados en varias esquinas de la zona…, pues no parecían seres humanos: sus espaldas vestidas con chaquetas verdes estaban tan rectas como una mesa, sus rostros resultaban impenetrables como el diamante y sus cabezas cubiertas por quepis rojos eran estáticas como las de una estatua.

Mientras una brisa fría proveniente del mar tocaba mi rostro y los militares inmunes al viento seguían en su posición, pensé que Shanghái indudablemente era la ciudad del futuro, donde te sientes ínfimo frente a miles de toneladas de concreto con luces de todos los colores, pero al mismo tiempo extremadamente vigilado. Si en Nueva York el cemento y la muchedumbre son sinónimo de anonimato, en Shanghái la ultramodernidad se siente como una mirada constante que todos racionalizan con una frase que usamos mucho los dominicanos: el que nada debe, nada teme.

Con tantas lecturas de Le Carré y películas basadas en sus obras, nunca pensé que el comunismo sería sinónimo de abundancia, riqueza material y vanguardia tecnológica, pero tras diez días de imponentes edificios, calles congestionadas, robots, millones de transeúntes, cientos de cámaras, personas que me observaban y claro, mi primer y único negroni comunista frente a los modernos edificios del Bund, me convencí de que pasase lo que pasase regresaría a Shanghái, no solo con una mochila grande, sino con un bulto de mano, una chaqueta y un suplidor local, pues ella es el futuro.

 

Emil Chireno.

 

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Nota: Artículo publicado íntegramente en la Revista Global.