Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Experiencias de una visita a China (parte III)

Por: Emil ChirenoFotografía.

15 de julio de 2020.

[Tercera entrega de cuatro]

Al día siguiente iniciaba la primera reunión del comité ejecutivo de la Federación Mundial de Asociaciones de Naciones Unidas, grupo al que pertenezco tras ser elegido por la mayoría de los miembros en una reunión celebrada en 2015 en la ciudad de Vancouver, en Canadá. La sede del encuentro quedaba próxima al mausoleo de Mao y a varias instituciones gubernamentales de Beijing, en una zona muy exclusiva.

La Asociación China de Naciones Unidas nos dio el mismo trato que le daría a una élite de dignatarios. Nos llevaron a varias visitas culturales y encuentros sociales inolvidables. El más memorable fue auspiciado por la Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas de China en un hermoso restaurante que evoca los jardines del palacio imperial de la dinastía Ching: todos los empleados vestían como miembros de la corte, una experiencia, aunque muy turística, verdaderamente memorable.

Allí compartí con varios pequeños empresarios de industrias tan variadas como cerveza, equipamientos industriales, educación a distancia, aires acondicionados, entre otras. Como casi ninguno de los presentes hablaba inglés, necesitamos de una joven traductora que fue abrumada con todas las preguntas de los extranjeros y la elocuencia de los empresarios. Los emprendedores chinos son el ejemplo vivo del éxito comercial de ese país: todos los que conocí eran muy enérgicos, orgullosos de su madre patria y tenían una historia que comienza con orígenes humildes y culmina en riqueza. Casi todos muestran su nueva riqueza de forma no muy discreta.

El alcohol juega un rol prominente en los encuentros de negocios, por lo que naturalmente todas las conversaciones estaban precedidas y seguidas por un vigoroso ¡Ganbei! (¡salud! o ¡hasta el fondo!), frase que se repitió incontables veces durante toda la velada. Para los allí presentes era muy importante destacar “la apertura de China” y su deseo de incrementar los lazos comerciales con personas y empresas de todo el mundo. Esa misma impresión de “China is always open for business” es un tema de conversación recurrente de un pueblo que se siente cada vez más orgulloso de sus logros en las últimas cuatro décadas.

No podíamos salir de Beijing sin dar una vuelta por sus legendarios centros comerciales, y desde luego por la importantísima plaza de Tiananmén, el mausoleo de Mao Zedong y la Ciudad Prohibida. Como amantes de la historia, naturalmente priorizamos los lugares históricos. El itinerario se inició con la Ciudad Prohibida, sede de las dinastías Ming y Quing desde 1420 hasta 1924 y hoy uno de los lugares más visitados de China, que solo en 2019 recibió más de 19 millones de visitantes. Al llegar a cualquier obra maestra siempre me pasa lo mismo, me siento diminuto ante la majestuosidad propia de los palacios, como si fuera Gregorio Samsa frente al Angkor Wat.

Me sorprendió algo que también se repitió en todos los lugares turísticos visitados en China: la gran mayoría de los turistas eran chinos. Los occidentales o no asiáticos nos veíamos todos de lejos; aunque nos perdiéramos entre la muchedumbre humana, siempre nos encontraríamos. Otro dato sorpresivo para mí fue el poco cuidado puesto en los esfuerzos de conservación de las paredes, los adoquines y la madera… algo que uno no esperaría de un lugar tan emblemático para una nación con una historia milenaria… hasta que se piensa, en términos semióticos, que los emperadores y sus palacios solo forman parte tangencial del ethos comunista. Quizás por eso está mucho mejor conservado el Mausoleo de Mao que la Ciudad Prohibida.

Ese mismo día, armados de una ola inusitada de confianza, utilizamos el muy moderno sistema de metro de Beijing para dirigirnos a nuestro próximo destino. Como principio de viaje, siempre prefiero optar por el transporte público de las ciudades que visito, pues creo que es una buena oportunidad de observar al ciudadano en su cotidianidad, sin máscaras (aunque con mascarillas) y simplemente haciendo lo que todos hacemos sin importar raza, color ni credo: desplazarnos de un punto a otro. Dicho sistema de transporte, que comenzó siendo intimidante, se convirtió en ideal cuando un amigo me habló de una aplicación en inglés con todas las paradas que, combinadas con letreros de estaciones tanto en inglés como en mandarín, hacen el transporte fácil para los extranjeros. Quizás porque los occidentales somos pocos, quizás porque Beijing es una capital más política que comercial, o sencillamente porque mi fenotipo resultaba extraño, las miradas que recibí en el metro fueron poco sutiles, fijas y muchas. No sabía si sentirme extraño, juzgado o solo observado cuando devolvía miradas que no esquivaban la mía, sino que, por el contrario, permanecían inmóviles mientras yo prefería mirar a otro lado.

Como nota al margen, la modernidad y sofisticación del metro contrastan con la sofocante presencia de personal de seguridad. Me resultó muy chocante que en todas las entradas del metro siempre hubiera un chequeo de seguridad con rayos X compuesto de, al menos, tres policías. Cuando pregunté a mis amigos chinos el porqué de tanta seguridad, respondieron: “Esa es la norma en la capital”. Nadie me lo dijo, pero intuí que un gran aparato de seguridad pública es también un gran generador de empleos.

Si hay un lugar de visita obligada en la capital política de China, es la plaza cuyo nombre evoca la famosísima foto del activista desconocido que logró detener una formación de tanques de guerra durante las famosas en Occidente, y casi inexistentes en China, protestas de 1989, la icónica plaza de Tianamen. Una densa neblina filtraba los rayos del sol que se posaban sobre una plaza gris en la que se encuentra el Monumento a los Héroes del Pueblo, el Congreso del Pueblo, el Mausoleo de Mao y el Museo Nacional de China. En los alrededores de la plaza, pequeños escuadrones de soldados marchan incesantemente y al menos una docena de oficiales de seguridad vestidos de negro estaban de brazos cruzados en la entrada frontal del mausoleo, lugar donde descansan los restos embalsamados del padre de la China comunista… y de varios capítulos oscuros de la historia contemporánea de ese país.

***

Un encendedor me permitió comprender —en un aeropuerto en el que tomaría un vuelo de dos horas a Shanghái— el grado de interconexión de los sistemas de vigilancia en China. Inmediatamente llegamos al mostrador de la aerolínea, un joven con un inglés incomprensible revisó nuestros pasaportes e imprimió los boletos de embarque. Tras lanzar nuestro equipaje en la correa, caminábamos en dirección al control de seguridad cuando el sonido de una sirena justo detrás del mostrador de la aerolínea nos hizo detenernos. Al voltearme, el joven me pidió con un ademán que me acercara y me indicó que debía esperar al personal de seguridad para revisar mi maleta. Tan pronto la chica de seguridad mencionó la palabra lighter (encendedor), supe que se trataba de los dos encendedores que tenía en el equipaje junto a mis cigarros. Cuando me entregaron el equipaje me pidieron que les entregase el encendedor; como buen dominicano saqué ambos, pero solo les entregué uno pues el otro tenía un alto valor sentimental para mí. Al pasar mi equipaje por los equipos de rayos X, me permitieron seguir hacia el segundo chequeo de seguridad.

 

Emil Chireno.

 

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Nota: Artículo publicado íntegramente en la Revista Global.