Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Experiencias de una visita a China (parte II)

Por: Emil ChirenoFotografía.

30 de junio de 2020.

[Segunda entrega de cuatro]

Al llegar al hotel me topé con una realidad más fácil de entender por la experiencia propia que por la ajena: un mundo sin WhatsApp, sin Google ni todos sus servicios y sin las redes sociales occidentales. Welcome to China, my friend, pareció decir mi celular. En el lobby del hotel, tras un saludo en un inglés de difícil comprensión, noté un letrero en el mostrador que indicaba que en China están prohibidas las aplicaciones que mencioné anteriormente, algo para lo que yo creía estar preparado. En efecto, preocupado por mi privacidad y cansado del bombardeo de políticos dominicanos en internet, decidí en 2019 adquirir un servicio de VPN (Virtual Private Network), que me permite conectarme a servidores de internet en todo el mundo.

Vivimos en lo que algunos llaman el “capitalismo de la vigilancia”, pues nuestros datos son un commodity muy valioso sobre el que se construyen imperios exitosos como el de Facebook y Google (la necesidad de controlar una pandemia relega temporalmente a un segundo plano las discusiones sobre privacidad en línea, pero eso es tema de otro artículo). En China han convertido los datos en una herramienta de política pública extraordinariamente poderosa… y de propaganda política. En teoría, los VPN en China te permiten acceder al internet sin los “filtros” que aplica el Gobierno. Sin embargo, en la práctica, son muy inestables, constantemente se caen, por lo que requieren un grado de atención que un turista como yo prefirió dedicar a su alrededor y no a la pantalla de su celular. La justificación que escuchamos de algunos locales es que “eso se hace por seguridad nacional”, un eufemismo que esconde realmente dos palabras: censura y proteccionismo, pues para cada aplicación prohibida hay una alternativa local: para Whatsapp es WeChat, para Google es Baidu, para Twitter es Sina Weibo, y así sucesivamente.

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El segundo día nos dirigimos a la Gran Muralla, la visita obligada de cualquier turista en Beijing. El guía del viaje fue el primer angloparlante fluido que conocimos durante nuestras primeras 18 horas en China. Así como el taxista, era una persona humilde, afable, elocuente, siempre sonriente y profundamente orgullosa de su tierra y su gente. Atinadamente nos indicó que noviembre es una muy buena época para visitar la muralla, pues en otoño la naturaleza es una paleta de colores y la vegetación pasa del verde al naranja, al carmesí, hasta terminar en ocre.

Hay múltiples puntos en los que se puede visitar la inmensa muralla, pero, por recomendación de un pasajero norteamericano que conocimos en el vuelo de ida, nos decidimos por el Mutianyu, ubicado a unos 65 kilómetros de Beijing. Es una de las secciones mejor conservadas y supuestamente con menos turistas (como muchas cosas en China, lo primero resultó ser cierto; lo segundo, no tanto). Tanto ha escuchado uno sobre la muralla que, en el camino, flotaban en mi mente imágenes de su complejidad, grandeza y extensión, pero no de lo primero que encontré en la entrada: un Kentucky Fried Chicken, un Subway y un Baskin Robbins.

Para iniciar el ascenso lo recomendable es abordar un funicular que conduzca directamente a la elevada estructura. El trayecto está organizado en función de múltiples torres de vigilancia, de las cuales las que van desde la 14 a la 21 son accesibles al público. El camino de ascenso es hermoso, y la muralla estaba franqueada de montañas otoñales forradas de hojas tiznadas extendiéndose como una serpiente interminable en el horizonte, imponente y ondulante. Una vez allí, un camino angosto, rocoso, elevado y repleto de asiáticos, caucásicos, y sus respectivos celulares en ristre, se extendía a lo lejos. Como ocurre siempre cuando nos encontramos ante una obra maestra de ingeniería antigua, es más fácil entender el por qué que el cómo. Ello es especialmente cierto en la muralla, una obra que requirió el desplazamiento de miles de toneladas de roca muy pesada a lo largo de miles de kilómetros de un territorio montañoso. Nada de ello es posible sin una ambición inmensa, una disciplina férrea y, claro, un elevadísimo costo humano.

Al llegar a la torre 21 nos encontramos con que el camino se encontraba en reparación y su acceso al público estaba prohibido. Como buenos dominicanos, la palabra prohibido sirvió de aliciente y decidimos, cual niños huyendo de una pela en el barrio, saltar una pared que nos permitió continuar hasta un segmento de la muralla en el que solo contamos cuatro personas… a diferencia de las hordas de selfies y celulares que llevábamos horas viendo. Como otros monumentos históricos de Beijing (salvo el hipervigilado mausoleo de Mao), la Gran Muralla es un lugar de escasa vigilancia (por lo menos visible). Así que, haciendo caso omiso de la prohibición de paso, encontramos la paz y el silencio necesario para apreciar a plenitud la grandeza de la obra que impactaron estos ojos caribeños.

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Luego de terminar nuestro recorrido por la muralla, el tour contratado nos condujo unos 50 kilómetros fuera de la capital para conocer las trece tumbas de la dinastía Ming, lugar declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco y construido por el tercer emperador de la dinastía Zhu Di. El recorrido que comúnmente se realiza es de unos cinco kilómetros y está franqueado a ambos lados por estatuas de varias figuras de la mitología china, soldados e incluso consejeros de la corte de los distintos emperadores que allí descansan.

La ruta de las estatuas es también conocida como “el camino sagrado” pues, según la mitología china, ese fue el camino recorrido por el primer emperador, Ming, conocido como “el hijo del cielo”. Las 36 estatuas de camellos, elefantes, leones, mamuts e incluso tortugas eran las favoritas del mítico Mao Zedong.

En medio de una breve explicación que el guía nos ofrecía sobre unas estatuas, alguien del grupo se echó a reir. Hasta entonces el guía había sido afable y alegre, pero de pronto se mostró extrañamente hosco y con una sonrisa hostil le preguntó al burlón la razón de su risa. Al no poder responderle este, el guía prosiguió con sus explicaciones. Ahí percibí algo que se repetiría constantemente, la gran sensibilidad de la gente a la crítica realizada por extranjeros. Es como si el orgullo fuese un estandarte y el nacionalismo estuviera todo el tiempo a flor de piel, y ahora más que nunca, ya que China ha retomado su lugar bajo el sol. El recorrido culminó con una entrada compuesta por tres puertas arqueadas que daban a un gran mausoleo, las que, según el guía, representan las tres grandes necesidades del ser humano en la vida. A modo de juego, nos pidió elegir la puerta de aquello que nos faltase en la vida. Las opciones eran dinero, salud y felicidad.

 

Emil Chireno.

 

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Nota: Artículo publicado íntegramente en la Revista Global.