Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Globalización: ¿adiós o hasta luego?

Cooperación Sur-Sur

Por: Emil Chireno

19 de mayo de 2020

 

Los cambios pueden venir de dos formas: brusca o gradualmente. Usualmente nuestra filosofía política y en palabras del psicólogo Jonathan Haidth nuestra ‘‘matriz moral’’, tiene una fuerte incidencia en nuestra inclinación hacia el cambio (lo nuevo) y el status quo (la tradición). Ese binomio, aunque reduccionista es un buen comienzo para entender los procesos cognitivos que subyacen en el pensamiento de un liberal y un conservador. Esa dualidad actúa como un prisma que desnuda los colores de la realidad y en consecuencia filtra nuestra percepción de todas las cosas.

El mundo hoy se encuentra en un período de cambios tan convulso que resulta muy difícil saber cuál es el norte de la humanidad. Como siempre algunos pensarán que eventualmente retornaremos a la ‘’normalidad’’ para fines de este texto entendida como el sistema de comercio global construido sobre las premisas fundamentales del neoliberalismo globalizador mientras otros creen nos acercamos a una ‘‘nueva normalidad’’, muy distinta. En el primer caso es fácil argumentar sobre la históricamente probada capacidad de adaptación del intercambio comercial, equiparada incluso a la propia adaptabilidad del ser humano a cualquier circunstancia. Así pasamos del capitalismo industrial de principios del siglo pasado con su veneración absoluta de los principios gerenciales (y su profundo impacto en las relaciones sociales empleado-empresa, núcleo familiar) a un capitalismo postindustrial en el que la industria de servicios, especialmente en las economías más avanzadas genera más riqueza que la manufactura y hoy navegamos las turbias aguas de lo que lúcidamente describe Shoshana Zuboff como el capitalismo de la vigilancia.

Se continúa la idea de que nada cambiará agregando a la evolución del capitalismo otra verdad que algunos consideran cuasi absoluta: la globalización no es un proceso que pueda detenerse, no es una realidad coyuntural, es la esencia misma del intercambio económico y por lo tanto puede cambiar, pero nunca desaparecer, es indetenible. Un argumento histórico a modo de ejemplo utilizado para ilustrar ese punto es el de la historia de la industria del azúcar en el caribe relatada brillantemente por Sidney Mintz en Sweetness and Power. En efecto, para el autor la azúcar es el primer producto verdaderamente global producido con ‘‘mano de obra importada’’ (esclavos), por ‘’inversionistas extranjeros’’ (colonialistas) y dirigido a un mercado distinto al de su origen [1]. Esa misma lógica, argumentan, ha prevalecido desde entonces hasta nuestros días: producir donde resulte más económico sin importar dónde.

Al final lo importante es producir al menor costo posible y vender al mayor precio posible, y para ello siempre primará la lógica de mejorar el primer pilar, la eficiencia, para aumentar el segundo, las utilidades. Agregan a ello que los flujos migratorios humanos son otra constante histórica inmutable pues mientras antes ocurría por razones medioambientales, en nuestros días ocurre por presiones demográficas pues todos necesitan migrantes y económicas, la necesidad de mano de obra barata. Por eso el mundo post pandemia, concluyen, será uno en el que continuará la globalización como la conocemos, es sencillamente un asunto de tiempo para que retorne el caudal al rio.

En el ala opuesta se encuentran los que consideran podemos despedirnos de la globalización como la conocimos hasta este año pues los dos pilares de eficiencia y utilidades cederán ante el interés nacional en nombre de la ‘’seguridad’’ y la autonomía. En pocas palabras: las cadenas de producción de muchos productos, especialmente en industrias sensibles como la médica y la farmacéutica moverán gradualmente sus líneas fuera de China y quizás de Asia aunque eso signifique productos más caros para el consumidor. La resiliencia de la producción es el nuevo norte, la dramática disrupción ocasionada por la pandemia dejó boquiabiertos a muchos CEOs y oficiales públicos en todo el mundo… incapaces de satisfacer la demanda de productos básicos en momentos de emergencia nacional.

Sumado a lo anterior, los que dudan si retornaremos a un status quo ante destacan cómo el coronavirus dejó claro que depender de un solo suplidor asiático y gigante para cualquier cosa puede ser peligroso. Tomemos el caso de los equipos de protección de la boca y nariz incluidos mascarillas, gafas y viseras: en 2018 China suplió el 63% y 59% respectivamente de la demanda global de esos productos [2]. De igual manera se construye el argumento sobre la muy evidente crisis de gobernanza global juega un rol importante en el uso de medidas proteccionistas sin temor a consecuencias legales pues el otrora árbitro de último recurso para los asuntos comerciales hoy se encuentra en una inercia burocrática crónica. En efecto, tal es la suerte del órgano de solución de diferencias de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que, por diferencias en la designación de sus árbitros entre los miembros de la organización, se encuentra incapacitado.

Naturalmente la ausencia de consecuencias es solo la punta del iceberg de incentivos para proteger las industrias nacionales. Sumado a ello, datos preliminares de la actual coyuntura económica brindan un amargo aperitivo de lo que se avecina: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo prevé una caída del 30-40% en los flujos de inversión extranjera directa y de un tercio de la actividad comercial global mientras por otro lado el Banco Mundial prevé una caída de un 20% en las remesas este año [3].

 

Los tres golpes y el nocaut

El estado del libre comercio internacional era muy precario mucho antes de la llegada de la actual crisis. Luego de una década globalización acelerada en el frente comercial e incluso migratorio a inicios de este nuevo milenio la crisis financiera de 2008 marcó un antes y un después en la narrativa del libre comercio. La agresiva desregulación de los ochenta y noventa en los Estados Unidos empezó a generar fricción intelectual y política, la subsecuente crisis económica en la unión europea por vez primera tensó los lazos de ‘solidaridad’ que legitiman su existencia y, justo cuando el mundo menos lo necesitaba, Estados Unidos se decantó por la vía del estímulo y Europa por la de la austeridad. Esa respuesta no coordinada tuvo consecuencias importantes en los flujos de capitales globales y en los dogmas inmutables del libre comercio.

Un segundo golpe fue asestado a inicios de la segunda década de este milenio por el ascenso de los populismos de todos los colores, idiomas y nacionalidades cuyo discurso de ‘’tomar el control’’ de realidades económicas quizás incontrolables, dieron al traste con los liderazgos políticos moderados en economías avanzadas, fundamentales a nuestro juicio para la cooperación internacional y el comercio global. Luego la llegada de Trump a la casa blanca acelera estrepitosamente poderosas fuerzas del discurso político norteamericano que hoy hace del retorno a las fronteras, los muros, el proteccionismo y la guerra comercial su estandarte. He aquí el tercer gancho al rostro de la globalización como la conocemos.

A pesar de que se sobreestima el impacto en el corto plazo que ha tenido la guerra comercial sino-americana, el cambio real está en las consecuencias de largo plazo de dinámicas coyunturales: para nadie en Washington cabe la duda de quién es el adversario principal de la hegemonía económica y militar norteamericana. La guerra arancelaria de los chinos y los americanos no hace bien a nadie, disminuye la generación de riqueza para ambas partes y también aumenta los precios al consumidor. Lamentablemente esas dos cosas son cada vez menos importantes en la retórica beligerante de Trump y sus homólogos chinos.

No obstante, en enero de este año entraría en vigencia la primera fase un acuerdo comercial tentativo entre China y EEUU cuyo cumplimiento será difícil pues requiere que China aumente significativamente sus importaciones norteamericanas justo en el medio de la fuerte ralentización económica causada por el coronavirus. Esta pandemia puede ser a mi juico el nocaut de la ya cuestionada y golpeada globalización económica pues acelera de forma dramática los incentivos estatales para debilitar el comercio global y proteger a las industrias nacionales. El coma económico inducido por este virus no tiene precedente alguno en la historia del capitalismo de la posguerra y por tanto demanda de medidas contundentes de los políticos que a los ojos de sus agobiados ciudadanos, deberán al menos prometer controlar los flujos migratorios, los flujos de capital, los flujos comerciales y los flujos tecnológicos.

En ese mundo de control, nacionalismo recalcitrante y menos cooperación, millones serán menos libres y la globalización como la conocemos cambiará para siempre, por lo que no sé si decirle adiós o hasta luego.

 

Referencias:

[1] Comillas del autor en este párrafo.

[2] Chad P. Brown, «How the G20 can strengthen access to vital medical supplies in the fight against COVID-19«.

[3] The Economist, «Covid-19’s blow to world trade is a heavy one«.

 

Emil Chireno