Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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El retorno de las Naciones Desunidas

Por: Emil Chireno.

26 de marzo de 2020

 

La rutina de la vida en confinamiento pandémico usualmente comienza por una dosis diaria de cafeína y noticias, las cuales usualmente incluyen palabras clave como ‘’contagios’’, ‘’ventiladores’’ o ‘’infecciones’’, seguidas de ríos de letras sobre las extraordinarias medidas adoptadas por los gobiernos de todo el mundo.

Sí, los gobiernos, no los actores no estatales, tampoco las ONG y mucho menos los organismos multilaterales, los gobiernos. El gobierno grande y fuerte volvió para quedarse. Un notable ausente en el vacío de liderazgo global en la lucha con la pandemia es los Estados Unidos, por razones que ya todos conocemos. No obstante, creo el más notable de todos los ausentes no es un líder, sino una organización: Las Naciones Unidas.

Desde hace un buen tiempo vengo conversando (y muy pocas veces escribiendo) lo que en la última década mi trabajo desde la sociedad civil dentro del sistema de Naciones Unidas me ha permitido apreciar: una erosión continua y significativa en la relevancia y eficacia de la organización en todos los frentes. Quizás una de las pocas áreas donde de su trabajo dependen realmente millones de vidas es en lo relativo al trabajo de las agencias especializadas y programas de asistencia humanitaria y seguridad alimentaria, como la Organización de de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el evidente trabajo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como fuente legítima de información sobre una pandemia en medio de una saturación de informaciones falsas.

La importancia de mecanismos fuertes de gobernanza global no radica solo en la coordinación internacional, irónicamente más necesaria que nunca en medio de una pandemia y una crisis climática. Se trata también de espacios de generación de ideas que real y efectivamente redefinan el camino a seguir para enfrentar los retos más apremiantes del mundo. Por ejemplo, la legitimidad académica e internacional del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en los últimos 30 años fue sólida, de él surgieron muchos aportes significativos tanto cualitativos como cuantitativos sobre cómo medimos el desarrollo.

Su famoso informe de desarrollo humano era probablemente uno de los informes más esperados todos los años. Hoy el otrora liderazgo de dicho programa se encuentra fragmentado en varias otras organizaciones y think tanks que por igual han tomado la delantera analítica. Ni hablar del anémico Consejo de Seguridad, de manos atadas por una agenda temática repetitiva, una burocracia esclerótica, una clara erosión de su rol como órgano de legitimación de la acción militar internacional y una membresía correspondiente a un panorama geopolítico que casi cumple los 75 años.

En la época de las ideas disruptivas la ONU parece ser más una organización que urgentemente necesita una profunda disrupción que un lugar donde verdaderamente surgirán las pautas que definirán el rumbo de la humanidad en los próximos 20 años. Convertirse meramente en el administrador de la generosidad de bolsillos profundos, es una degradación lastimosa para una organización que otrora jugó un rol fundamental de árbitro moral que difícilmente logre en la actualidad.

Mi impresión sobre la reconfiguración del ajedrez político global post pandemia es una de mucha preocupación. No veo ninguna acción que me permita intuir el liderazgo político global tendrá incentivos para fortalecer las Naciones Unidas, por el contrario, mientras los problemas y sus soluciones se entiendan primero como nacionales, no habrá necesidad alguna de apostar por la cooperación o el fortalecimiento de una burocracia multinacional.

Más aún, en una época donde el pensamiento individualista y nacionalista de algunos como Trump raya en megalomanía, ¿por qué atribuir logros globales a una burocracia foránea? Mejor hacerla objeto de ácida crítica como un monumento al status quo, un dinosaurio ineficiente que no logra captar el commodity más importante de la nueva política: la atención de los ciudadanos.

Aunque me encantaría estar equivocado, el declive de la ONU es inexorable, su crisis ya es existencial. Solo con un profundo cambio de liderazgo y estructural quizás se pueda rescatar una organización que parece hoy una máquina de escribir en la época de los teléfonos inteligentes.

 

Emil Chireno