Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

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Experiencias de una visita a China (parte I)

Por: Emil ChirenoFotografía.

30 de enero de 2020.

 

Viajar es vivir. Hace 2 años, en ocasión de la celebración de mi primer aniversario de bodas y la llegada de los treinta se nos ocurrió planificar las mejores vacaciones de nuestras vidas: un periplo de 35 días que nos llevó a Tailandia, Laos, Vietnam y Camboya, los cuatro países que componen la península del sudeste asiático.

Producto de lo profundamente marcado que me dejó esa experiencia decidí escribir una serie de artículos, al estilo memoria de viaje, que relataban lo allí vivido. Al año siguiente, en 2018, nuestras vacaciones anuales fueron al oeste de los Estados Unidos, en California, Arizona y las Vegas. Sobre dichos destinos probablemente es tanto lo que conocemos por la pantalla grande y la chica estadounidense que preferí sencillamente confinar nuestra experiencia al nutrido archivo fotográfico que ellas nos legó.

No obstante, en 2019 decidimos volver a Asia, región que en nuestro primer viaje no solo robó nuestros corazones, sino que nos mostró que el péndulo de la historia sin duda se inclina a su favor. Esa sensación de inmensidad e inevitabilidad del crecimiento económico asiático, solo puede ser apreciada en su entera magnitud cuando se conoce de cerca el mayor milagro económico de la región: China.

Dentro de los muchos rasgos característicos del isleño, uno que compartimos todos es nuestro limitado espectro con las distancias: como para muchos el mundo termina en la frontera, lo que está más allá de ella es lejano. Pero también es lejano un viaje de punta a punta de su isla, sin importar su tamaño: se sorprenden de igual forma un dominicano, un boricua y un balinés cuando les hablas de recorrer en vehículo de punta a punta, aun cuando se trate apenas de 7 horas para los dominicanos, 3 para los puertorriqueños y 3 en Bali. Por ello no debe extrañar entonces, que este isleño quedara anonadado cuando viendo su boleto entendió que llegar a su hotel en Pekín tardaría aproximadamente lo mismo que dos viajes consecutivos de ida y Vuelta a Pedernales. En un mismo día.

Al llegar al aeropuerto PEK en Pekín, luego de catorce horas trancado en una jaula de metal, me esperaron un cielo gris, una temperatura más que templada y un deseo ardiente de comunicar a mi gente que había llegado a China. A nuestra salida del avión, nos esperó el típico frenesí de los empleados de aeropuertos de grandes ciudades que con ademanes constantes intentan guiar el eterno rebaño perdido de ovejas que deben pasar por el filtro de migración.
Me resultó interesante que el internet inalámbrico del aeropuerto (el único disponible) a pesar de ser gratis, solo permitía conexión a aquellos que se identificaran con su número de teléfono. Por alguna razón desconocida, eso fue un presagio de lo que incontables veces había leído: China encarna la manifestación contemporánea más eficiente y quizás macabra del Big Brother, el Estado que todo lo ve y todo lo sabe. Ese fue un hecho que, como relataremos posteriormente, se manifestó en todas sus dimensiones.

Similar a las que vi por vez primera en EEUU, las máquinas de captura de huellas digitales fueron el primer paso, seguido inmediatamente por un control migratorio en el que de nuevo el proceso iniciaba con la captura de huellas. Tan pronto el oficial escaneó el pasaporte, el sistema identificó que ese barbudo era nacional de un país hispanohablante, razón por la cual una grabación en español (ya sabrán ustedes con qué acento) me dio la bienvenida a China. Posteriormente al retirar las maletas (entre nosotros: mochilas) al salir lo primero que procuramos fue una casa de cambio. Ello porque en China en el día a día no es común comerciar con dólares, y es indispensable la moneda local. Por recomendación de un amigo, me dirigí inmediatamente a procurar el taxi que nos llevaría al hotel y ahí comenzó el asunto.

Uno pensaría que siendo China el titán comercial que todos conocemos, sería mucho más fácil encontrar angloparlantes en el lugar por donde pasan todos los extranjeros que allí llegan, el aeropuerto. No obstante, ese no fue el caso. Luego de pulular unos minutos y leer uno que otro letrero, una joven, en un inglés de difícil comprensión, me indicó que podría procurarme un taxi a un costo que cuadruplicaba lo que otros amigos que habían viajado a Pekín me habían indicado. Como dominicano al fin, chivo antes que león, una bandera roja onduló en mi mente e inmediatamente intenté explorar opciones alternativas. El metro resultó intimidante al principio por lo que terminamos tomando un taxi convencional, con un chofer que varias veces me dijo ‘’welcome to China’’ y solo le entendí a la cuarta (gracias a mi esposa).

El chofer resultó extremadamente ameno, con uno de los cuatro celulares que tenía fijados en el tablero de su humilde vehículo hablaba a su celular en mandarín y este a su vez me leía en voz alta en inglés. De esa forma hablamos por más de una hora, descubrí su inmenso orgullo por su patria, su humildad y también su intenso deseo de aprender sobre mi país. Sentí una calidez humana que todos los empleados del aeropuerto juntos no podían equiparar.

Beijing es inmensa, es gris, frenética, uniforme, planificada, organizada, una gran fortaleza vigilada y amurallada. La avenida Guanghua es una de las arterias que atraviesa el distrito de negocios central de la ciudad, lugar que alberga edificaciones sencillamente impresionantes, como la sede central de famosa CCTV, el principal canal de televisión estatal del gigante asiático.

En ambos lados de la Avenida decenas de inmensas edificaciones, todas organizadas de forma simétrica, parecían competir una con otra por la atención de ojos locales y extranjeros. Los rascacielos pekineses definitivamente no son un fenómeno orgánico y espontáneo, pues la forma en que están organizados es indicativa de una distribución planificada y pensada para hacer un uso eficiente del espacio maximizando el impacto visual.

Cuando le pregunté al taxista sobre el pesado tráfico que estaba ante nosotros, la respuesta que tradujo su celular a mi pregunta fue ‘’en Beijing siempre estamos en hora pico’’. La nueva afluencia de las elites chinas y su pujante clase media con deseos (y poder) de consumo al estilo occidental, hace que todos quieran tener su vehículo. Y cuando todos son 22 millones en una sola ciudad, es de esperarse que las vías públicas y el aire estén ambos congestionados: las primeras por todos los vehículos y el segundo por la contaminación que generan dichos vehículos y las industrias de los alrededores.

Emil Chireno.