Consejo Dominicano de
Relaciones Internacionales

Consejo Dominicano de Relaciones Internacionales

Crisis diplomática entre España y Marruecos: errores y bandazos en la cuestión saharaui

Por: David Bernabé MeloFotografía.

28 de julio de 2021.

 

En verano de 1921, en plena guerra del Rif, se producía uno de los episodios más tristemente célebres en la historia de España: una acción mal planificada desde la comandancia española de Melilla permitía al líder guerrillero marroquí Abd-el-Krim atacar la posición de Annual, defendida por tropas hispanas poco organizadas que huyeron precipitadamente. El desastre de Annual fue un duro revés para una España que, tras las pérdidas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, había orientado su maltrecha política colonial hacia el norte de África. Esta derrota socavó definitivamente el ya cuestionado régimen de la Restauración y puso de manifiesto la crisis sin solución que atravesaba la política española.

El pasado mayo, casi exactamente cien años después de la batalla de Annual, las autoridades de Marruecos volvían a dejar en evidencia al gobierno español, esta vez no mediante las armas, sino de una forma más sutil: la cuestión migratoria. Entre 10.000 y 12.000 inmigrantes ilegales –la mayor cifra desde que se tienen registros– conseguían traspasar la frontera española en Ceuta durante las jornadas del 17 y 18 de mayo, siempre con la complicidad de las autoridades marroquíes, que con su pasividad permitían y en ocasiones hasta alentaban estas avalanchas humanas. A modo de ejemplo, cabe mencionar que Rabat incluso viralizó el rumor de que Cristiano Ronaldo jugaba en Ceuta para que miles de niños y adolescentes ingenuos se sumaran a la estampida hacia la frontera española.

¿Pero cuál es el motivo que subyace detrás de esta estrategia hostil de Marruecos para con España? Evidentemente las razones ya no son las mismas que las de hace un siglo en Annual (el colonialismo de España y su afán por controlar, junto con Francia, el territorio marroquí), sino que hay que buscarlas en otras acciones impulsadas por el gobierno español que no han sentado demasiado bien en Rabat. De hecho, y aun cuando el gobierno marroquí evitó pronunciarse de forma inequívoca, la embajadora de Marruecos en España, Karima Benyaich, declaró que “hay actos que tienen consecuencias y se tienen que asumir”. Se refería la diplomática magrebí a la acogida por parte de España de Brahim Ghali, el líder del Frente Polisario, el hombre fuerte en el movimiento de liberación del Sahara Occidental, el cabecilla que había declarado la guerra a Rabat, en definitiva, el gran símbolo político saharaui. Al parecer, Ghali había enfermado de cáncer, a lo cual se le había sumado una infección de coronavirus. El Jefe de Estado Mayor de Argelia, gran aliado del Polisario, intercedió para que Ghali recibiera atención médica en Europa y, ante la negativa de algún que otro estado europeo, fue precisamente España la que accedió, trasladando al líder del Polisario en avión bajo una falsa identidad a la pequeña ciudad de Logroño, donde las autoridades españolas confiaban en que no sería reconocido. Craso error, pues los servicios de inteligencia marroquíes recibieron sin duda el chivatazo.

En este contexto, y con la monarquía alauita envalentonada por los recientes acuerdos de cooperación con Estados Unidos en los que Rabat reconocía a Israel y a cambio Washington reconocía al Sahara Occidental como parte de Marruecos, Mohamed VI comenzó a presionar, y qué mejor manera para ello que con la cuestión migratoria, una herramienta sencilla para Marruecos, pero muy molesta para España. Se trata, al fin y al cabo, de lo que en geopolítica se denomina táctica de zona gris, es decir, aquel conflicto estratégico que no llega a ser guerra abierta, pero que emplea tácticas hostiles con el objetivo de debilitar o presionar al actor contrario.

Por su parte, la respuesta del gobierno español ante la provocación de Rabat fue sorprendentemente paradójica: por un lado, desplegó al ejército en Ceuta en un ejercicio de demostración de fuerza frente a Marruecos, y diversos miembros del Consejo de Ministros, entre ellos la titular de Exteriores, Arantxa González-Laya, y la de Defensa, Margarita Robles, dejaron claro que España no cedería ante ningún “chantaje” y que “la integridad de España no es negociable”. Por otro lado, el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, anunció una subvención de 30 millones de euros en favor del reino alauita para “ayudar a controlar las fronteras”, lo cual puede interpretarse como un ejemplo de política de apaciguamiento en poca sintonía con la postura de firmeza de sus compañeras de gobierno.

Precisamente esta cuestión, la de qué postura adoptar frente a Marruecos, fue objeto de intensa discusión en la opinión pública española desde que estalló la crisis diplomática. Mientras que las facciones más izquierdistas de los medios y de la política abogaban por la mano dura frente a Marruecos y defendían la acogida de Ghali –la causa saharaui es uno de los grandes mantras de partidos como Podemos e Izquierda Unida, socios de gobierno del Partido Socialista–, la oposición criticaba la estrategia del gobierno a la hora de acoger al líder del Polisario y el enfriamiento de las relaciones con Marruecos y Estados Unidos. Incluso parte de la vieja guardia socialista como José Bono, ex ministro de Defensa, defendió la importancia de tener a Marruecos como aliado y destacó la colaboración que siempre ha prestado el reino alauita con España en temas tan cruciales como el terrorismo yihadista.

Sea como fuere, y quizás motivado en parte por la salida del Gobierno del vicepresidente Pablo Iglesias –quien fuera uno de los principales apoyos del Frente Polisario–, el presidente Pedro Sánchez parece haber dado marcha atrás en su política de firmeza frente a Marruecos con la nueva remodelación de su Consejo de Ministros el pasado 10 de julio. Entre otras, destaca la destitución de la ministra de Asuntos Exteriores, González-Laya, a la que Rabat culpabilizaba del caso Ghali y que ha sido sustituida por el hasta ahora embajador en París, José Manuel Albares. El nuevo titular de Exteriores tiene entre sus misiones la de resolver la crisis diplomática con Marruecos, y en este sentido Albares ha llegado a su nueva cartera con un guiño al “amigo Marruecos”, manifestando que entre sus prioridades está “reforzar las relaciones con el vecino del sur”, si bien aún no hay noticias de Marruecos en su agenda y las relaciones con el país del Magreb siguen siendo gélidas.

 

Conclusiones

Si algo pone de manifiesto la crisis hispano-marroquí, es el cúmulo de errores que ha cometido el gobierno español no solo en la gestión de la misma, con posturas contradictorias y poco efectivas en el seno del propio gobierno, sino sobre todo en la decisión de dar acogida al líder del Polisario, rompiendo así la postura de neutralidad y el statu quo imperante desde hace décadas en la cuestión saharaui entre los distintos actores regionales: Marruecos, España, Francia, Argelia y el Polisario.

También demuestra esta crisis que la cuestión migratoria es uno de los talones de Aquiles de la Unión Europea y que estados como el Marruecos de Mohamed VI o la Turquía de Erdogan son socios incómodos de la UE que saben cómo jugar con sus debilidades y chantajear a los estados miembros a su antojo. Por todo ello conviene ante todo ser cautos, jugar de forma inteligente y conservar a Turquía o a Marruecos como aliados, pero sin que por ello los estados miembros de la Unión tengan que ceder a las presiones de estos estados que, a menudo, muestran una total falta de moralidad en asuntos como la migración o el respeto a las libertades fundamentales.

 

David Bernabé Melo