Los pobres de nuevo tipo

Martes, 21 de Febrero de 2012 13:27 ANALISIS
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altComo hace ya más de un siglo, “un fantasma recorre Europa”, pero esta vez no es el fantasma del comunismo, sino el de la pobreza. Y lo notable es que sea precisamente el Viejo Continente el más afectado por una crisis que desde 2008 azota al mundo pero golpea particularmente al añejo templo de bienestar europeo. No tiene gracia pensar que en África, por ejemplo, hay una alta tasa de mortandad debido al hambre, o que todavía en la crecientemente próspera China altos segmentos de la población ni siquiera se enteran de que su país compite con Estados Unidos por la posición de primera potencia del mundo.

Naturalmente, las carencias materiales no son algo completamente nuevo en el mundo desarrollado. Así, en Estados Unidos la institución del “pantry” es parte de la realidad nacional. En el país de los grandes contrastes, los millonarios más poderosos (alguno de ellos tiene hasta un yate con terreno de golf) coexisten con gente hasta muy pobre. No es que en los países desarrollados la pobreza tenga una cara tan “hereje” como en los países muy pobres, pero es real y hace daño. Esos contrastes, antes pensados como particularidad norteamericana, van ganando espacio en el resto del mundo desarrollado.

Es notorio que en las calles de la vieja y rica Europa, como en Estados Unidos, se haya hecho tan común el espectáculo de gente viviendo en las calles, pidiendo para comer (no para beber) y provocando constantemente un estremecimiento en las conciencias de quienes no están pasando por esa difícil situación (hay quien dice, ¡todavía!). Y que organizaciones como Caritas, cuya vocación original era la de proveer alimentos a pueblos desprovistos, generalmente en el tercer mundo (en Europa solo en situaciones de conflictos o desastres), ahora se ocupan de distribuir comida en iglesias y centros comunitarios.

Claro, la gente no está sentada “esperando ver pasa el cadáver” de la pobreza; en muchos casos asiste, atónita, al descalabro de su forma de vida, mientras sigue existiendo un reducido grupo al que esa nueva forma de enfermedad no afecta. En los años 30, un movimiento similar dio paso al fascismo y la guerra en Europa, mientras que en Estados Unidos, el “crack” financiero llenó los campos y ciudades de mendigos.

Entonces hubo dos tipos de respuesta. La una, en Europa fue una total pérdida de confianza en las instituciones y la entrega al aventurerismo militarista. En Estados Unidos, Roosevelt (FD) lanzó un formidable plan de construcciones financiadas con el dinero público que abrieron de nuevo las puertas de la prosperidad. Desgraciadamente, aquello que parece tan simple y que tan bien funcionó en Norteamérica, por alguna razón, que los economistas sin duda conocen, no sirve ni ha servido de nuevo como receta.

Los “indignados” originalmente españoles y luego universales (se pueden ver expresiones de esa protesta contra el egoísmo clasista en Roma o Edimburgo, Londres y por supuesto, Madrid) reflejan la reprensión frente a las iniquidades del sistema, pero son solo eso, una forma de condena moral cuyo alcance concreto todavía está por ver. Si en cierta forma despierta simpatía hasta en los poderes establecidos, la misma no pasa de ser puramente simbólica, sin manifestación palpable. Ni siquiera protestas de mayor envergadura como las huelgas a repetición que en las últimas semanas han sacudido a Grecia, han sido capaces de modificar un curso que establece que las políticas sociales de algunos gobiernos “han ido demasiado lejos”.

Es, naturalmente, una profunda crisis de desconfianza en el sistema, que no llega al extremo de cuestionar su pertinencia, pero sí de condenar su ineficacia distributiva. En ese contexto, el “maná” que se suponía sería el euro, que algunos soñaban hermanaría a los europeos en torno a la fortaleza del marco alemán, en otras palabras, ¡por fin!, la distribución de la riqueza sin que las fronteras significaran un obstáculo, deviene poco a poco en una pesada carga en la medida en que no hay manera de que un irlandés pueda mirar el futuro con la aparente serenidad con que lo hace el alemán.

Es que para un ciudadano de ese último país (ingreso promedio $40,000) pagar 1 euro por una botella de agua (minúscula) no significa gran cosa, pero sí para un griego ($27,000) o para un portugués ($23,000). No es de extrañar pues que en algunos pueblos de Galicia aparezcan letreros en comercios anunciando que aceptan pesetas o que en Lisboa los haya aceptando la “moneda antigua”, es decir, escudos. Es la nostalgia por un tiempo en que con una moneda pobre era más fácil vivir con poco que con el prestigio de ser parte de un mundo de ricos.

Por eso la presencia hasta cierto punto humillante (pero en fin de cuentas muy útil) de los centros de Caritas en países como España, donde hace apenas un lustro se navegaba en medio de una nueva riqueza, o en países insospechados como Francia y hasta Alemania. Eso es algo a lo que los europeos todavía no se acostumbran; a que haya gente tan pobre como para tener que depender de esas asistencias para poder completar el menú familiar. 

Lo que se juega finalmente en las sociedades desarrolladas es el destino de las capas medias de la población cuando la polarización llega a su punto extremo; solo hay muy ricos y pobres y los aparatos del Estado demuestran una gran incapacidad para jugar el papel de mediadores que de ellos se espera. De ahí que cambie el perfil de las capitales del mundo rico. Que por doquier aparezcan mendigos, gente sin hogar, centros de distribución gratis de alimentos y una creciente desconfianza hacia el poder político, porque hacia el poder económico hace rato que ya no existe.

Por esa vía se llega fácilmente al mundo de la fantasía y por eso cada vez más gente en el mundo desarrollado estaría tentada de seguir los consejos de Mark Boyle y proponerse vivir sin dinero, lo que sería una respuesta ejemplar a la crisis que, sin respeto por jerarquías nacionales, afecta a unos y otros. Este curioso personaje, que se define como “homeópata social” prepara su pasta de dientes, a base de concha de jibia (pariente del calamar), después de comerse la deliciosa carne (es un molusco, por supuesto). Pero quizás la cruzada de Boyle está más orientada a quienes sufren de “oniomania” (compradores compulsivos) que a quienes han visto su poder adquisitivo reducido tanto a causa de la crisis, como de la prudencia generada por la inseguridad.

Porque a todo esto, las respuestas disponibles poco tienen que ver con las necesidades y temores de las mayorías (que recuérdese, en los países de desarrollo alto o mediano no son los pobres, sino los sectores medios) y más con el temor que generan esos movimientos populares, aún más peligrosos en la medida en que sus reivindicaciones no son propiamente políticas sino meramente razonables. 

Eso asusta al poder en todas partes, aún cuando las agendas de esos movimientos populares sigan siendo imprecisas como en NY o Madrid, o con bases de sustentación como las protestas en Atenas. De todas maneras, las aceras de las grandes ciudades del mundo rico, con sus legiones de desamparados, nos muestran que por encima de cualquier análisis especializado, la miseria también es global y que vence tan fácilmente las fronteras como antes lo hizo el capital.

 

Sully Saneaux
Analista del CDRI.-