Elecciones Legislativas en Egipto: Resignación o Esperanza?

Sábado, 05 de Febrero de 2011 22:06 ANALISIS
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Estudiantes de la Universidad del Cairo protestan en contra de las Irregulares en las Elecciones Congresionales de Egipto (Amr Abdallah Da lsh / Reuters)La celebración de las dos vueltas de las elecciones generales egipcias, en los días 28 de noviembre y 5 de diciembre, confirma que el compromiso del Presidente Hosni Mubarak de ampliar el círculo de la participación política, garantizar la celebración de elecciones libres y transparentes, y facilitar la labor de las organizaciones de la sociedad civil para supervisarlas no se ha cumplido. Las recientes elecciones ratifican lo que se venía observando desde tiempo atrás: que el régimen del Presidente Hosni Mubarak no quiere dejar abierto ningún espacio para que la oposición islamista pueda instalarse en el sistema y hacerse aún más visible de lo que ya es. El problema es que esta política no sólo afecta a los islamistas, sino que también impide cualquier grupo o formación política que no sea el Partido Nacional Democrático.

 El Egipto del que hablamos hoy no es el gran país líder del mundo árabe de otro tiempo, su población de 80 millones de habitantes tiene a unos 25 millones de ellos viviendo por debajo del nivel de la pobreza, y la ubicación del país como Estado pragmático con quien se contaba para contrarrestar la radicalización islámica deja mucho que desear.

El panorama de hoy día, al menos en la escena política, es poco optimista. El régimen del Presidente Mubarak, queda definido como uno mayormente autoritario que prepara una sucesión dinástica (su hijo Gamal Mubarak) en lo que judicialmente es una República; por un Presidente que gobierna desde 1981 utilizando como instrumento principal una ley de emergencia que en ningún momento ha sido suprimida desde entonces; y por una oposición reducida a unos islamistas con una creciente influencia en la sociedad ante la represión ciega del régimen.

Las condiciones de las elecciones ciertamente no fueron ideales. Para empezar, el cambio en la ley electoral que permite un sistema multipartidista apenas se anunció en febrero, dejando poco tiempo para que la oposición se pudiera organizar. Las elecciones no pudieron monitorearse ya que la ley egipcia prohíbe la presencia de observadores extranjeros - el único equipo de monitoreo consiste en una pequeña fuerza de voluntarios movilizados por una coalición de organizaciones no gubernamentales. La decisión del gobierno de limitar el gasto de campaña a menos de 90,000 dólares también significó que los candidatos de la oposición que no tienen acceso a los medios de comunicación, casi todos en propiedad del estado, no pudieron diseminar sus mensajes a las masas.

La fecha final para registrarse fue el pasado diciembre 2009, antes que se anunciara la reforma electoral de febrero 2010. Por ende, muchos que hubieran votado en unas elecciones con varios candidatos decidieron no registrarse en absoluto. Otro problema añadido es la exclusión de casi 2,2 millones de expatriados egipcios por todo el mundo que podrían haber favorecido a los candidatos más reformistas.

En las elecciones anteriores, celebradas en un contexto definido por la presión estadounidense hacia la apertura democrática, grupos como los Hermanos Musulmanes aprovecharon para hacerse visibles en el Legislativo. En efecto, el movimiento islamista pudo entrar en el Parlamento egipcio con candidatos “independientes”, ya no está legalizado como partido político. En estas elecciones, de un total de 508 escaños, el Partido Nacional Democrático obtuvo 494 y solo 14 fueron a partidos de la oposición. Los Hermanos Musulmanes obtuvieron solo 1 escaño (en contraste a los 88 que habían obtenido en las pasadas elecciones).

Los partidos políticos que participaron en las elecciones como los veteranos liberales de El Wafd, los también liberales de El Ghad, y los izquierdistas de Tagammu, afirman que en las elecciones se han falsificado votos y censos, se han retirado urnas, y que el nivel de abstención ha sido extremadamente alto: votaron menos del 20% de los inscritos en la primera vuelta y menos del 10% en la segunda. Ambos El Wafd y El Ghad se retiraron de la segunda vuelta, y los Hermanos Musulmanes aseguran que más de 1,200 de sus miembros, incluidos ocho candidatos al Parlamento, fueron arrestados durante la campaña. Por su lado, Mohamed El Baradei, ex Director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, quien levantó mucho entusiasmo hace unos meses, se mantuvo virtualmente desaparecido de la escena durante las elecciones. Su capacidad para liderar toda la oposición unida es un sueño lejano que choca con los partidos mayoritarios quienes cuestionan su marcada ausencia de la realidad nacional por tantos años.

La oposición, y gran parte de la población egipcia, califican las elecciones como un ejercicio diseñado para complacer a las superpotencias, que a pesar de todo, siguen apostando por la continuidad del régimen de Hosni Mubarak. Y aunque los llamados a huelgas y protestas post elecciones de parte de la oposición se han intensificado, hasta el momento la policía mantiene estricto control en las calles de El Cairo.

No obstante, las elecciones en Egipto necesariamente no se deben descartar como un simple fracaso. Aunque la evolución democrática del país se encuentra en sus primeras etapas, no todo es negativo. Uno de los resultados desastrosos del golpe de estado militar de 1952 por Gamal Abdel Nasser fue la destrucción de la clase media egipcia en nombre de un gobierno socialista que nunca vio el día. En consecuencia, miles de familias de clase media huyeron de Egipto y muchos de los que permanecieron se hundieron en la pobreza y la fragmentación política. Durante las dos últimas décadas, sin embargo, gracias en gran parte a la liberalización económica, una nueva clase media urbana ha resucitado en Egipto. Su impacto ya es revelador - de hecho merecen parte del crédito de las reformas modestas anunciadas hasta la fecha. El grupo disidente conocido como Al-Kifayah (¡Basta!), integrado mayormente por miembros de esta clase, sacó a Egipto de su letargo convocando manifestaciones a diario en El Cairo, acelerando las reformas que por tanto tiempo no se habían materializado.

Transformar Egipto de un estado árabe típico gobernado por el ejército y la élite de seguridad en uno moderno y democrático, en el que las nuevas clases medias abiertas a la globalización lleven la iniciativa no es fácil. Los hábitos culturales del despotismo necesitan tiempo para ser olvidados, y muchos egipcios tienden a ser aprehensivos al cambio.

En las últimas elecciones, por ejemplo, solo uno de cada ocho egipcios ejerció su derecho al voto. Los ciudadanos se muestran apáticos a la política ya que para ellos su gran preocupación es satisfacer las necesidades básicas diarias. Se percibe un gran sentimiento de resignación frente al futuro. Y claro está, este es el mejor escenario para los islamistas radicales marginados del poder, que como siempre, se aprovecharán de la desesperanza del pueblo para alentar su revolución islámica.

Siguiendo los recientes acontecimientos en Túnez, donde esa población se encuentra en pleno proceso político tras 23 años de dictadura, nos preguntamos si la “revolución del jazmín” podría tener lugar en Egipto? Particularmente cuando el Presidente Mubarak ha anunciado que se postulará, a sus 84 años, para su sexto mandato en las elecciones presidenciales que tendrán lugar en noviembre de este año.


Por Maria Gabriela Bonetti, Coordinadora Regional del CDRI en África.