Mariano Rajoy y el reto latinoamericano

Miércoles, 21 de Diciembre de 2011 13:40 EUROPA
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altMariano Rajoy asume como nuevo presidente del gobierno español y como encargado de trazar los lineamientos más importantes de la política exterior, entre ellos el que corresponde a la relación con América latina. El papel que le cabe al presidente de gobierno español en la configuración de la política exterior es muy importante, y en ocasiones más que la del propio Ministro de Asuntos Exteriores.

Por eso, la visión que sobre América latina tuvieron Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero marcó la evolución de las relaciones hispano-latinoamericanas a lo largo de las últimas décadas. Ahora le toca el turno a Mariano Rajoy quien como el resto de predecesores debe diseñar, dentro de la continuidad, el sendero por el que debe marchar esa relación.

Adolfo Suárez, el inicio de una nueva relación

Las bases de la actual política española hacia América latina se iniciaron con Adolfo Suárez (1976-1981). Se restablecieron las relaciones con México, se iniciaron los viajes al continente y los Reyes de España privilegiaron la apuesta latinoamericanista como una de las principales vetas de su diplomacia “real”.

El propio Adolfo Suárez fijó los ejes de la relación referidos al “vínculo que nos une a un pasado histórico y a un patrimonio cultural y espiritual comunes; vínculo que genera nuestra afinidad fraternal y motiva nuestras preferencias”.

El Presidente del Gobierno Adolfo Suárez y el Presidente del Consejo de Ministros Cubano Fidel Castro

Eduardo González Calleja en su trabajo “La ayuda al desarrollo de los gobiernos españoles hacia Latinoamérica, 1976–1992? recuerda que “precisamente durante sus primeros viajes oficiales a Latinoamérica, don Juan Carlos recuperó el término de Comunidad Iberoamericana o Comunidad Hispánica de Naciones, que había sido desarrollado por Martín Artajo como materialización política en la realidad cotidiana del viejo ideal de la Hispanidad. Ahora, por el contrario, se le intentaba dar un contenido más práctico, inequívocamente democrático y no intervencionista”.

Además, el 11 de octubre de 1979 nació Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) como organismo centralziador de la relación y la colaboración entre ambos lados del Atlántico y el 12 de octubre quedó constituido como fiesta nacional.

Fue el inicio de una época, que perdura hasta la actualidad donde España mantuvo una mirada global hacia la región, como señala Carlos Malamud del Real Instituto Elcano: “una de las principales virtudes de la política española hacia América Latina es que pensaba a la región como un todo…La política global hacia América Latina no es, ni ha sido, patrimonio de los gobiernos españoles, ya que los partidos políticos, cuando hablan de la región, algo que no siempre ocurre, suelen partir de las mismas consideraciones”. La marca de Suárez quedó para la posteridad.

Felipe González, la consolidación de la relación

Las relaciones entre España y América latina vivieron su momento dorado durante la gestión de Felipe González (1982-1996). El prestigio personal del presidente en la región le valió para tener un papel relevante en los años 80 sobre todo en la pacificación de Centroamérica.

Pero fue en los noventa cuando la relación cobró la forma que ha llegado hasta la actualidad. En 1991 comenzaron las Cumbres Iberoamericanas, el mayor proyecto de liderazgo español, compartido, en la región. Y en 1992 se celebró el V Centenario del Descubimiento de América. Como dice Susanne Gratius “sin duda, Iberoamérica es una construcción española. Fue Felipe González quien, en 1991, plasmó el pensamiento iberoamericano en la celebración de Cumbres anuales”.

Felipe González junto a Raúl Alfonsín

Felipe González impulsó una política exterior hacia América latina muy personalizada (gracias a sus relaciones de amistad con Carlos Andrés Pérez, Alan García, Raúl Alfonsín…) pese a lo cual como señala González Calleja se logró impuslar la institucionalziación de la relación: “la cooperación y la ayuda al desarrollo experimentaron un notable impulso, sobre todo en áreas como la educación, la cultura, las ciencias y las comunicaciones, hasta el punto de que, desde 1982 a 1992, el presupuesto de ayuda multisectorial a Latinoamérica se multiplicó por cuatro”.

Con España en la CEE desde 1986, el gobierno de González aspiró, no sin claras contradicciones, a actuar como portavoz de América latina en Europa, en temas comerciales y políticos.

A lo largo de los 90, la relación ya no fue solo política y cultural sino que se inició un nuevo tipo de vínculo económico con el desembarco de grandes empresas españolas (Santander, BBVA, Repsol, Endesa, Iberdrola, Telefónica etc.) y social con la llaga de emigrantes latinoamericanos a España.

Como señala Gonzalez Calleja “las inversiones españolas en Latinoamérica se multiplicaron en esos años, hasta trasformarse a la altura de 1992 en el mayor flujo inversor de los siete grandes países europeos presentes en la zona, con un nivel inversor conjunto de 23.000 millones de dólares”.

El Rey tomó en los 90 una decisión también muy importante pues impulsó la presencia del Príncipe Felipe (en 1996 asistió en Guatemala a la primera trasmisión de mando en un país de la región) quien empezó a viajar de seguido a distintos actos oficiales y en especial a las transmisiones de mando. Se trataba de una apuesta de futuro del Rey Juan Carlos I con vistas a mantener el vínculo entre la Casa Real y las repúblicas latinoamericanas.

La época de José María Aznar

En muchos sentidos, los gobiernos de José María Aznar (1996-2004) fueron de continuidad y profundización de las políticas socialistas con respecto a América latina. Por ejemplo, la inversión de las empresas españolas siguió aumentando de forma considerable.

Aznar apostó por revitalizar las Cumbres Iberoamericanas que tras un comienzo prometedor (1991-93) empezaron a decaer. Su propuesta de crear una Secretaría General Iberoamericana, que acabó ocupando Enrique Iglesias, se vio como un gran acierto. Aznar con esta medida venía a reforzar también su proyecto de situar a España como líder regional (la SEGIB estaba financiada principalmente por España y tenía su sede en Madrid).

Un liderazgo español encontró sus límites cuando Aznar trató en 2003 de convencer, por ejemplo, a Vicente Fox de que entrara en la II Guerra del Golfo en apoyo de Estados Unidos y sus aliados (el Reino Unido, Portugal y la propia España).

Como señala el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Pedro Pérez Herrero en una ponencia titulada “LAS RELACIONES DE ESPAÑA CON AMÉRICA LATINA DESDE 1808 HASTA LA ACTUALIDAD” presentada en Guadalajara (España) en noviembre de 2011 “el Partido Popular no sólo no fue capaz de mostrar el juego de cintura necesario para confeccionar una política de Estado alternativa con respecto a América Latina, sino que siguió insistiendo en la necesidad de aplicar con dureza las medidas neoliberales”.

Pérez Hererro añade en ese texto que “la visita de José María Aznar a México en julio de 2001 para tratar de convencer a Vicente Fox de que apoyara la guerra del golfo y la política bélica liderada por George W. Bush se saldó con un rotundo fracaso precisamente en un uno de los países gobernado por un partido de centro derecha como el Partido Acción Nacional. Las relaciones entre España y América Latina comenzaron a partir de entonces a enfriarse”.

No faltaron en esos años ciertas tensiones con Chile a raíz del apresamiento de Augusto Pinochet en Londres por orden del juez Garzón o con Venezuela, por el presunto apoyo de Aznar al gobierno golpista de 2002.

En el punto en el que más se diferenció la política de Aznar hacia América latina con respecto a la de su antecesor fue en la postura de dureza que defendió en el seno de la UE contra el régimen de Fidel Castro. Aunque irónicamente en el periodo comprendido entre 1996 y 2004, Fidel Castro visitó España en dos ocasiones y Aznar estuvo en la isla en noviembre de 1999 durante la Cumbre Iberoamericana.

Zapatero, en blanco y negro

Los años de José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011) fueron de grandes esperanzas en la relación con América latina pero de escasos frutos prácticos.

Hubo decisiones acertadas como la creación de una Secretaría de Estado para Iberoamérica pero la gestión de Trinidad Jiménez, como secretaria de Estado para Iberoamérica no logró conferir una dirección clara y con contenido a las relaciones. Además, con la llegada de la crisis una de las primeras víctimas fue precisamente esa secretaría.

Zapatero apostó, como Aznar, por establecer “alianzas estratégicas” con determinados países de la región como Chile, Argentina, Brasil, Colombia y México. Pero la firma de esas alianzas no pasó de un mero gesto para la galería pues finalmente carecían también de contenido.

Además, la política con respecto a América latina fue un motivo de fuertes querellas internas pues la presunta cercanía del gobierno Zapatero con respecto a gobiernos como el de Hugo Chávez o Evo Morales, fue utilizada por el PP para lanzar fuertes críticas al ejecutivo.

Zapatero además deja el gobierno con un fuerte sabor amargo. En 2010 no acudió a la Cumbre Iberoamericana, algo inaudito en la historia de estos foros, y en 2011 el de su despedida, 10 gobernantes latinoamericanos no acudieron a la reunión en Paraguay.

Ese es el panorama en que se encuentra Mariano Rajoy.

Uno de los retos del nuevo presidente en su relación con América latina estará en detener el profundo deterioro en el que han entrado las Cumbres Iberoamericanas, sobre todo tras el fracaso de la de Asunción en 2011.

Como señala un Informe de Carlos Malamud para el Real Instituto Elcano, la cumbre del año que viene en Cádiz se antoja crucial: “esta Cumbre debería marcar el principio de una profunda reflexión sobre el significado de la relación iberoamericana, una relación que debe darse en múltiples direcciones, actuando todos los participantes en pié de igualdad y de forma responsable. En este sentido Cádiz será una cita clave para determinar el rumbo futuro del sistema iberoamericano, ya que bien puede marcar el inicio de la recuperación o ser el principio de un prolongado declive”.

Malamud añade que para evitar ese declive “hay que repensar todo el mecanismo de las Cumbres, auspiciando su bienalidad, pero sabiendo que eso soluciona muy poco. Hay que ir más allá y repensarlo todo de arriba abajo, comenzando por el papel de España. Hay que descentralizar todo el entramado iberoamericano, dando mayor protagonismo y responsabilidades, incluyendo los aportes económicos, a los latinoamericanos. Son muchas las cosas que se pueden y se deben hacer, pero para ello es necesario abrir un período de reflexión y potenciar, por encima de todo, la relación entre los países ibéricos y América Latina”.

En esa línea, el propio Rajoy, en el debate de investidura del lunes, señaló a la Cumbre de Cádiz de 2012 como “el mejor marco para estrechar lazos” y renovar el vínculo atlántico: “no olvidaremos tampoco la necesidad de reforzar el vínculo iberoamericano y del papel de la lengua española como nexo de unión e instrumento económico de primer orden. En este sentido, creemos que el Bicentenario de la Constitución de Cádiz es el mejor marco para estrechar estos lazos, trasladando al mismo tiempo el mensaje del valor de la cultura en español y la calidad de nuestra democracia”.

Para el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Pedro Pérez Herrero, estas palabras no hacen sino confirmar que “España deberá reformar a su vez el discurso hispanista con respecto a América Latina a fin de acomodarlo a los nuevos tiempos. La Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno (programada para otoño de 2012 en Cádiz) servirá de termómetro para comprobar la eficiencia de la política diseñada por el gobierno de Mariano Rajoy con América Latina”.

El reto latinoamericano de Mariano Rajoy requiere de importantes decisiones e ideas novedosas para modernizar la propuesta española hacia la región. La incógnita es si un gobierno monopolizado, lógicamente, por la crisis tendrá margen de maniobra para emprender o acometer otros retos.

El reto latinoamericano puede definir cuál es la posición de España en el mundo, algo a lo que el propio Rajoy da enorme importancia: “tenemos que resolver qué lugar queremos que España ocupe en el mundo. Tenemos que resolver cómo insertarnos con ventaja en un escenario global, más poblado, más competitivo y más exigente”. 

Artículo de la Secretaria General Iberoamericana (SEGIB).-