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La nueva tragedia griega: un ejemplo de golpe de mercado

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Por Leonel Fernández

(Publicado en Listín Diario el 14-10-2015)

Debido a esa política de austeridad, los sufrimientos del pueblo griego han sido inmensos. Entre los jóvenes, la falta de empleos alcanza 60%. Muchos pensionistas han visto sus ahorros evaporarse.

Como género literario, la tragedia nació en Grecia, más de 500 años antes de Cristo. Tuvo tres grandes maestros en Esquilo, Sófocles y Eurípides. En una primera etapa, se desarrolló a través de una trilogía, que incluía un prólogo, las distintas escenas y un exordio.

Ahora, asistimos a una nueva tragedia, en forma de un golpe de mercado, que verá escenificado uno de sus capítulos el próximo domingo, 20 de septiembre, con la celebración de elecciones anticipadas para escoger un nuevo gobierno.

Esta vez, sin embargo, el pueblo griego, en lugar de presenciar una pieza teatral, se enfrentará a los dictámenes de una troika, integrada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, quienes representan los intereses de los acreedores de Grecia.

La preocupación consiste en que la deuda griega luce impagable. En estos momentos, alcanza la astronómica cifra de 323,000 millones de euros, equivalente al 180% de su Producto Interno Bruto.

Todo eso, por supuesto, pone en pánico a los bancos de Alemania, Francia y otros países europeos, que además de ver sus créditos en peligro, temen que Grecia pueda salir de la zona euro, contagiar a otros países de la región, hacer tambalear el euro como moneda y provocar el desplome de la Unión Europea como institución.

La crisis de la deuda soberana en Grecia se destapó a fines del 2009, como una de las varias crisis de deuda soberana que se produjeron en Europa como resultado del impacto de la Gran Recesión global.

En el caso específico griego, esa deuda, que venía acumulándose desde la década de los 80, se vio afectada por factores estructurales internos; tipos de interés muy altos; pérdidas de ingresos fiscales; desequilibrios creados por fallas en el diseño de la Eurozona; y la falta de confianza ocasionada por la manipulación y ocultación de datos de la realidad financiera del país.

Primera escena: el rescate

En el 2010, una agencia calificadora de riesgo valoró la deuda soberana griega como bono basura, lo que equivale a decir que se encontraba en alta posibilidad de no pago. Eso, naturalmente, dejaba al país sin acceso a los mercados de capitales, a los fines de obtener los recursos necesarios para financiar su déficit presupuestario.

Para enfrentar esa situación, el gobierno de Grecia solicitó un rescate financiero por un monto de 110,000 millones de euros, prestados por 14 Estados miembros de la Unión Europea, representados por la troika.

Como consecuencia de ese plan de rescate, los acreedores, a través de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, exigieron la aplicación de un drástico plan de austeridad, que condujo a un aumento de los impuestos, reducción del gasto público, despido masivo de la administración, ampliación de la edad de retiro, aumento del desempleo y privatización de empresas del Estado.

Debido a esa política de austeridad, los sufrimientos del pueblo griego han sido inmensos. Entre los jóvenes, la falta de empleos alcanza 60%. Muchos pensionistas han visto sus ahorros evaporarse. El poder adquisitivo de la población ha disminuido. La pobreza se ha extendido. El Estado de bienestar ha sido desmantelado; y la angustia y la ansiedad se han apoderado de la inmensa mayoría de la población.

Para enfrentarse a ese estado de situación, surgió en Grecia, al igual que en otros países de la Eurozona en situación de vulnerabilidad económica, un fuerte movimiento de protestas sociales en lucha contra las políticas de austeridad, identificado como el Movimiento de los Indignados.

Segunda escena: la esperanza

A principios de enero del 2015, cinco años después del primer rescate y tres después del segundo, por un monto de 130,000 millones de euros, el pueblo griego, ilusionado con la construcción de una alternativa política más en sintonía con sus aspiraciones de crecimiento económico y redención social, votó a favor de Syriza, un partido con inclinaciones de izquierda, opuesto a la aplicación de políticas de austeridad.

Al frente de esa organización se encontraba Alexis Tsipras, un carismático y elocuente líder juvenil, quien rápidamente se convirtió en un símbolo de esperanza en las luchas del pueblo griego por rescatar su dignidad y soberanía nacional.

Tsipras empezó por hacer resistencia a los nuevos proyectos de ajuste macroeconómico por parte de la troika. Promovía la necesidad de priorizar el crecimiento económico y la generación de empleos. Negociaba con gran pasión e intensidad frente los acreedores de su país. Su actitud valiente concitaba admiración y respeto, no solamente en Europa, sino en distintas partes del mundo.

Sin embargo, era objeto de continuas presiones. Se le hacía saber que de no acogerse a las condiciones de austeridad establecidas por los acreedores, Grecia sucumbiría en el abismo. Se le negaban nuevos créditos, se le empujaba hacia una falta de liquidez y hacia un virtual desplome de la economía de su país.

En medio de esas circunstancias, el líder de Syriza procuró ganar tiempo y disponer de mayor espacio de maniobra en las negociaciones. Decidió convocar a un referéndum o consulta popular, con la finalidad de que fuera el propio pueblo griego quien decidiera la suerte de su destino.

Así se hizo. En esa consulta, más del 60% de la sociedad helénica manifestó su apoyo a Syriza y a Alexis Tsipras. De esa manera sintió que había logrado asestarle un golpe a los causantes de su infortunio. Las esperanzas estaban cifradas en que pudiesen salvar al pueblo de la humillación y de la pesadilla. La euforia por el triunfo era contagiosa. La alegría, indescriptible. El liderazgo de Alexis Tsipras había llegado a un grado de éxtasis.

Sin embargo, no bien habían culminado los festejos, cuando el líder de Syriza, sometido al acoso, al hostigamiento y al acorralamiento, se vio forzado a negociar con los representantes de la troika en condiciones más lesivas para el pueblo griego que las previstas antes del referéndum.

Tercera escena: el golpe de mercado

Obviamente, se había consumado el golpe de mercado. Los mercados financieros habían demostrado tener más poder que los representantes políticos, respaldados por la voluntad popular.

El caso griego demostró que en el siglo XXI ya no se necesitan golpes de Estado militares para doblegar la autoridad de los que habiendo sido electos democráticamente, aspiran a ser genuinos representantes del interés nacional. Solo basta mostrar la capacidad destructiva que puede tener la exclusión de un país de los mercados financieros internacionales para que su voluntad se imponga.

Ante eso, el pueblo se sintió frustrado, defraudado, impotente. Syriza se vio estremecido por una rebelión interna. Un núcleo importante de sus miembros en el parlamento marcó distancia. La confusión política se esparció por diferentes sectores de la vida nacional.

Alexis Tsipras manifestó que en esas negociaciones se estaba escogiendo entre “mantenerse vivos o suicidarse”. A eso añadió que: “Tengo mi conciencia tranquila de que es lo mejor que pudimos obtener dentro del actual balance de poder en Europa, bajo condiciones de asfixia económica y financiera que se nos han impuesto”.

Con sus palabras, el jefe de gobierno griego estaba confirmando la nueva tragedia acaecida sobre su pueblo: la de la ejecución de un golpe de mercado. De esa manera también se demostraba que en las condiciones actuales, el poder de los mercados financieros humilla a los políticos, arrodilla a los gobiernos y le roba la dignidad a los pueblos.

A los pocos días de culminadas las negociaciones, Tsipras renunció a su condición de Primer Ministro de Grecia, y convocó a elecciones anticipadas a celebrarse el próximo 20 de septiembre.

De más de 36% obtenido en los comicios de enero de 2015 y un apoyo masivo en el referéndum, Syriza ha perdido 10% del electorado. Este se ha sentido decepcionado por el acuerdo suscrito por su líder, Alexis Tsipras, con los representantes de sus acreedores financieros, que resulta más perjudicial al bienestar del pueblo griego.

Por consiguiente, lo que estará en juego en el próximo certamen griego, no solo para Grecia y Europa, sino para todo el mundo, es cuál es el futuro de la democracia: si depende de la voluntad de los pueblos o del poder de los mercados.

Albergamos la esperanza de que al bajar el telón, la democracia salga triunfante y no sea posible escenificar una nueva tragedia griega en forma de golpe de mercado.

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