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Francis Fukuyama y la Hegemonía del Liberalismo: Desafíos a "El Fin de la Historia"

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"El fin de la Historia", -tomado de la obra de Karl Max- es definido por Fukuyama como el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal de Occidente.’

Francis Fukuyama, un eminente académico de Chicago, escribió una de sus más discutidas obras titulada el ‘Fin de la Historia y el Último Hombre’, publicado en 1992. En este artículo, luego convertido en libro, Fukuyama se refiere al ‘fin de la historia’ como el fin de las guerras y el advenimiento de un nuevo modelo ideológico, el liberalismo, que deberían abrazar todos aquellos estados que aspiren al ‘inevitable progreso humano’. 

El presente artículo tiene como propósito analizar de forma sucinta el planteamiento de este brillante intelectual norteamericano, que argumenta que ante la desintegración de la Unión Soviética y la derrota del comunismo, Estados Unidos, promotora del liberalismo, se erigiría como la única superpotencia en el mundo. Además el modelo político y económico del liberalismo sería la máxima aspiración de cualquier estado.

Según Burshill ‘el liberalismo está basado en racionalidad científica, libertad y el inevitable progreso humano, además de constitucionalismo, democracia y la separación de los poderes del estado.’ Adicionalmente, este autor entiende que globalización y democracia son valores y principios del liberalismo, por consiguiente son equivalentes a americanismo. Esto convierte a los Estados Unidos en el súper modelo de democracia ideal.

Con la caída de la Unión Soviética y subsecuente descalabro del comunismo, el mundo occidental, liderado por los Estados Unidos, celebró el gran triunfo del liberalismo, consistente en economía de mercado y democracia. El triunfo del capitalismo sobre el comunismo. Se marcaba el inicio de una nueva era en la cual la ideología de los Estados Unidos primaría sobre cualquier otra, ya no habría antagonismos como los protagonizados entre aquellas dos superpotencias con ideologías en las antípodas, que llegaron a enfrascarse en guerras geopolíticas como lo fue en Afganistán en 1979 y en Cuba en 1962 .

Fukuyama plantea que el mundo había cambiado, porque ya los Estados Unidos, como hegemonía única del mundo, no tenía que preocuparse por enfrentar ninguna otra potencia ni mucho menos otra ideología que fuese adversa a sus principios y valores. Es la nueva etapa del estado de derecho, en la que Washington y su ideología del liberalismo no tendrían opositores.

Fukuyama va incluso más allá y sostiene que el nacionalismo, las diferencias culturales y religiosas no serían obstáculos para un mundo moderno, liberal y capitalista. Sin embargo, como otros autores han observado, el optimismo y la fe de Fukuyama en la influencia y liderazgo americanos no le permitieron tomar en consideración otros actores no-estados formales, dictaduras, estados fallidos, así como el caso de organizaciones clandestinas y el fundamentalismo islámico.

Scott Burchill establece que Fukuyama, pese a considerar el fundamentalismo islámico en su obra, de alguna manera subestimó el auge y resurgimiento de actores no gubernamentales generadores de violencia, que se resisten a acatar los principios y valores de occidente como estilo de vida y forma de gobierno, con un alto sentimiento anti americanista sobre todo en lo referente a la democracia y el estado de derecho.
Un ejemplo impactante de esta amenaza fueron los ataques del 11 de Septiembre del 2001 a las Torres Gemelas del World Trade Centre y el Pentágono, símbolos del poder hegemónico político, militar y económico norteamericanos.

Robert Gates, Secretario de Defensa norteamericano entre 2006 y 2011, constata que Estados Unidos no ha tenido que enfrentar a grandes y serios enemigos, después de la desintegración de la URSS, aunque el flagelo del terrorismo internacional representaría una seria amenaza.

En este sentido Estados Unidos como única súper potencia en el espectro internacional apelaría a su capacidad hegemónica para influir sobre los demás estados en el afán de pregonar y hacer efectiva su política de globalización a través de tratados de libre comercio (TLCs) combinando el ‘esparcimiento de la democracia con apertura de mercados’, y la guerra contra el terrorismo. 

En realidad, el periodo Post-guerra Fría no solo ha servido para que Estados Unidos lidere y promueva sus principios y valores pro liberalismo político y económico, sino que ha sido un escenario propicio para reafirmar su liderazgo al ‘reconocer el surgimiento de economías emergentes’ como es el caso de China, ya convertida en la segunda economía de más rápido crecimiento a nivel global. No debe subestimarse el continuo crecimiento económico de este gigante asiático en las últimas dos décadas, China viene desarrollando una estrategia de acercamiento comercial con socios y vecinos de los Estados Unidos, en el caso de América Latina, cabe mencionar la formalización de relaciones diplomáticas y consulares de Costa Rica y sus vínculos comerciales en África.

Huelga señalar el caso de Brasil, un gigante regional y global, que ya es una de las grandes economías del mundo, aun en medio de la crisis financiera global.

Brasil junto con India, Rusia, China y Sudáfrica, mas países como *México y Turquía, conforman el grupo BRICS que aparte de ser economías emergentes , abogan por una reforma del sistema de Naciones Unidas en el cual estos estados miembros pasarían a desempeñar un rol más relevante, en el exclusivo y ya obsoleto Consejo de Seguridad.

Indiscutiblemente estos países de una forma u otra han entrado en consonancia con las políticas de apertura de mercado, estado de derecho y sobre todo democracia, que constituyen el liberalismo. Sin embargo, los casos arriba mencionados no dejan de ser motivo de preocupación para los Estados Unidos, ya que vínculos comerciales eventualmente representaría presencia política.

Estados Unidos, como líder y promotor de esta ideología, ha tenido que enfrentar a la URSS y el comunismo en América Latina, evidentemente, las décadas de los 70s y 80s, en plena Guerra Fría , cuando la presencia del comunismo o alguna potencia europea en el Hemisferio Occidental eran de las más grandes amenazas que podía enfrentar la política de seguridad de los Estados Unidos, han quedado anquilosadas en el tiempo.
Varios presidentes norteamericanos, incluyendo a Ronald Reagan, George H. Bush, y hasta un gran demócrata como lo ha sido Jimmy Carter, no solo dedicaron tiempo, sino también grandes recursos económicos para prevenir y en el -peor de los casos- erradicar el comunismo de América Latina.

Basta una mirada retrospectiva y observar la política exterior del presidente John F. Kennedy, quien a través de la Alianza para el Progreso sembró los cimientos del liberalismo en América Latina para combatir al comunismo. En consecuencia, el 13 de Marzo de 1961, Kennedy lanzó este plan decenal con el objetivo fundamental de ‘combatir las desigualdades de la región’.

Indiscutiblemente, que este plan del presidente Kennedy solo vino a reforzar uno de los aspectos fundamentales de la política exterior de los Estados Unidos basada en la Doctrina de Monroe: mantener el continente americano libre de presencia europea alguna y combatir el comunismo que amenazaba con instalarse en el ‘patio trasero’ de Washington.

Sin embargo, poco más de tres décadas después, sin serias amenazas como lo fue el comunismo, la batalla que libra los Estados Unidos es más compleja aún, ya que tiene que enfrentar enemigos no tradicionales con guerras no convencionales, en aras de liberar a otros pueblos y establecer o restablecer regímenes democráticos.

Hoy en día se libran lo que Robert O. Keohane ha denominado las guerras asimétricas, en las que un estado no necesariamente enfrenta a otro, sino más bien a una organización clandestina. Dejando así de lado las guerras convencionales, siendo una de las últimas la guerra de las Malvinas en 1982, a la sazón Argentina y el Reino Unido se enfrentaron por la soberanía sobre las Islas Malvinas o Falkland Islands. El argumento de Keohane queda evidenciado en las guerras que libra Estados Unidos en contra de Al Qaeda y los Talibanes, Israel contra Hezbollah, entre otros.


En fin, Estados Unidos y el liberalismo les han ganado sendas batallas a la otrora Unión Soviética y al comunismo, pero no así (aún) al terrorismo internacional propagado por organizaciones clandestinas financiadas por algunos estados incluidos en el denominado Eje del Mal, como es el caso de la Siria de Bashar Al Assad, el Irak de Sadam Hussein; y el régimen teocrático de Teherán y Ahmadinejad, así como el gobierno de Yemen, entre otros.

En conclusión, el mundo avanza, moderno, liberal y capitalista, prevalece el liberalismo y más países adoptan la democracia parlamentaria como forma de gobierno. Esto, gracias al estado de derecho y ‘el inevitable progreso humano’ que se vive en pleno siglo XXI a través del vertiginoso desarrollo tecnológico, democracia y apertura de mercados.

No obstante, la presencia de grupos terroristas con alcance internacional, y estados fallidos que protegen y financian actividades clandestinas, sigue representando un desafío no solo para los Estados Unidos sino para comunidad internacional en su conjunto.

El fundamentalismo religioso pregonado por grupos terroristas y los arriba mencionados estados integrantes del denominado Eje del Mal (Irak, Irán, Corea del Norte, y Siria) siguen representando amenazas latentes a los valores promovidos por occidente.

Aparentemente, Fukuyama tiene razón en su planteamiento sobre la diseminación y adopción del liberalismo, la globalización de los valores y principios norteamericanos, pero subestimó el impacto que tendría los nuevos actores globales sobre el ‘Fin de la Historia’.

 

Por Graciano Gaillard
Analista del CDRI.-

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