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¿Ha Madurado Políticamente América Latina?

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“Adiós, Amigos”, con este título publicó el especialista Michael Shifter uno de sus escritos en el cual argumenta que a América Latina ya no le importa lo que se diga en Washington.
 
Ha habido cambios en el espectro político en cuanto al acercamiento y apertura de relaciones diplomáticas con países no tan bien vistos ante los ojos de Washington, así como la creación de nuevas instituciones regionales e intentos de integración hablan de la rebeldía “en el patio trasero de los Estados Unidos”.
 
América Latina sigue siendo muy heterogénea en varios aspectos fundamentales que van desde su historia hasta los procesos políticos internos vividos por cada país de la región. Ésta ha sufrido guerras civiles, derrocamientos de gobiernos democráticos y por supuesto, intervenciones norteamericanas. Todos estos factores no han impedido el nuevo giro que vive la región con respecto a Estados Unidos.
 
Sin embargo, es ampliamente sabido que existe un alto nivel de interdependencia entre la región y los Estados Unidos, dada la posición geopolítica e histórica interacción entre ambos, como lo fue las guerras hispanoamericanas; pero sobre todo la condición de principal socio comercial y fuente de inversión extranjera que representa Estados Unidos para el resto del continente, específicamente para América Central y el Caribe.
 
La postura política asumida por la región-aunque no como bloque- se presta para plantear la siguiente premisa: que América Latina ha madurado políticamente tanto que ha llegado a dar la impresión de que puede despejarse de los Estados Unidos políticamente hablando, tal como plantea Hakim.
 
Tomando en consideración este argumento, es preciso señalar que realmente han coincidido una serie de factores exógenos y endógenos que bien podrían llevarnos a la conclusión que existe algún nivel de “madurez política” en la región. Pero es muy audaz acatar tal planteamiento pura y simplemente, dada la heterogeneidad de América Latina y lo complejo y cíclico que es la política exterior americana, donde el interés nacional está por encima de incluso las ideologías políticas del gobierno de turno, ya sea demócrata o republicana.
 
Hemos sido testigos de un movimiento de tendencia izquierdista surgido en el espectro político del Hemisferio Occidental, como consecuencia de la elección de líderes con un perfil más socialista como es el caso de Ignacio Lula da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, y por supuesto, Hugo Chávez en Venezuela, quien ostenta el discurso más incendiario en contra de la política exterior de los Estados Unidos hacia la región.
 
Indiscutiblemente que el advenimiento de varios líderes de la tendencia arriba señalada, y la creación de organizaciones sin presencia de por lo menos los Estados Unidos, es una muestra de que la región está determinada a dar pasos firmes sin la participación de Washington como actor de primera. Así lo demuestran el surgimiento de la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) y la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), esta última teniendo como abanderado a Hugo Chávez. Es preciso destacar que, pese a los fuertes cuestionamientos a que es sometida la Organización de Estados Americanos (OEA), ésta sigue siendo el principal organismo de consenso político del Hemisferio Occidental. Así lo han demostrado los casos de disputa entre Costa Rica y Nicaragua sobre el río San Juan.
 
En términos particulares, Brasil lleva una política exterior agresiva, la cual no siempre converge con los intereses americanos, no solo en la región sino también a lo externo. Es el caso de la postura de este país con respecto al régimen de Teherán, con el que Lula en su último año de gobierno mantuvo muy estrechas relaciones y una postura complaciente con respecto al enriquecimiento de uranio por parte de Irán.
 
Obviamente, cada país vela por sus propios intereses en la arena internacional. Brasil, un gigante no solo en el Hemisferio Occidental, sino también a nivel global, ha logrado hacerse más visible en aras de hacer valer su condición de líder regional, y por qué no global. De hecho, hay expertos que debaten si ya este coloso del sur debe considerarse como un país en vías de desarrollo o como un país del primer mundo.
 
Su apoyo y fuerte presencia en la Misión Internacional de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) como muestra de apoyo y solidaridad con Haití; Su posición dentro del grupo de las llamadas economías emergentes, Brasil, India, China y Sudáfrica (BRICS), desde donde aboga por un asiento en el exclusivo y ya obsoleto Consejo de Seguridad de la ONU, le merece la condición de líder a escala global, pero no en representación del resto de la región.
 
En realidad, este no es el único país, ni la única acción que revela esta tendencia, pues la crisis económica en la que se encuentra “sumergido el capitalismo” hoy en día, ha sido reveladora de la habilidad que han tenido los países del sur para mirar hacia el pacífico en busca de nuevas opciones de diversificación de mercado. Este es el caso de Chile, Uruguay y Argentina, países que han fortalecido sus vínculos comerciales con China y otros países del sudeste asiático.
 
No menos interesante es el caso de Costa Rica que ha querido montarse en el tren de China, y para ello dejó de reconocer la soberanía de Taiwán y así formalizar lazos diplomáticos con China, aprovechando las oportunidades comerciales que ofrece Shang Hai como opción alterna a los estados Unidos.
 
Asimismo, República Dominicana ha enviado señales de solidez en su política externa al reconocer el derecho de existencia del estado palestino, pese a tener relaciones diplomáticas muy estables con el estado de Israel.
 
Definitivamente, que la presencia de China y el espacio que viene ganando paulatinamente en la región, más las muy buenas relaciones de Teherán con Brasilia y Caracas, en este último caso una estrecha relación entre Hugo Chávez y Mahmoud Ahmadinejad, generan malestar en los predios de Foggy Bottom (oficinas del Departamento de Estado).
 
En fin, América Latina luce de algún modo desafiante en sus pasos de consolidar una política exterior e interna, pero sin lugar a dudas, lejos de una eficiente y eficaz integración regional, pues, surgen organizaciones y declaraciones luego de cada conclave, pero al final no materializan pasos de integración. Con la salvedad del MERCOSUR.
 
Esta tendencia ha sido provocada por la propia naturaleza de la política exterior americana, la cual es cíclica.
 
Así lo expresa Harold Molineu, quien plantea que “en los últimos 160 años la política exterior americana hacia América Latina ha ido desde descuido a intervención, de cooperación a conflicto. Largos períodos de desatención pero seguidos por breves, pero intensos períodos de intromisión paternalista.” Además, PeterHakim también revela que la política exterior hacia la región ha sido inconsistente.
 
Sin embargo, a todo lo anterior hay que sumarle el auge de organizaciones clandestinas, actores-no estado-organizaciones terroristas- y por supuesto la resistencia del fundamentalismo islámico a la ideología de occidente, la guerra contra el terrorismo, sobre todo en Irak y Afganistán, han desviado la atención de los Estados Unidos sobre América Latina, por lo que la región se ve con mayor holgura para acercarse a nuevos y diferentes socios.
 
En fin, todo el proceso de cambio que se ha estado viviendo en la región no representa una seria amenaza a los intereses americanos en la región, de lo contrario la actitud seria otra.
En conclusión, la combinación de lo cíclico de la política exterior americana y lo heterogéneo de América Latina nos dicen que la política exterior de américa Latina debe ser vista de manera particular, más bien bilateral, es decir, como actúa cada país con los Estados Unidos.
 
América Latina sigue sus buenas relaciones con Washington, y avanza hasta un mayor nivel de consenso aunque lejos de la integración.
 
Graciano Gaillard
Analista del CDRI.- 

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