funglode
Estas en: Home Análisis El “supermercado global” y el comercio justo.

El “supermercado global” y el comercio justo.

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

altDurante el curso “América-China: una visión de futuro”, organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Georgetown University y apoyado en República Dominicana por al Instituto Global de Altos Estudios en Ciencias Sociales y el Consejo Dominicano de Relaciones Internacionales, hemos podido asistir a una excelente clase magistral dictada por el Presidente de la República Dominicana, Dr. Leonel Fernández.

En su exposición, el Presidente Fernández analizó diferentes aspectos de las relaciones entre China y América Latina, abordándolas desde una perspectiva global. La tendencia hacia un entramado de relaciones interregionales, a pesar de la estrecha vigilancia de lo que definió como el “G2” (Estados Unidos – China), es lo que estamos presenciando hoy en día y también a lo que muchos países pequeños aspirarían involucrarse, para poder incursionar exitosamente al llamado “supermercado global”.

Este gran supermercado ya es una realidad: muchísimos productos se producen y se intercambian entre lugares muy lejanos. Se utilizan las materias primas de un continente, se procesan en otro, se ensamblan en un tercero y llegan a consumirse en todo el planeta. Grandes superficies como Carrefour, Walmart, Lidl o Ikea abren sus tiendas en cualquier ciudad del mundo y venden los mismos productos donde sea. Además, casi al mismo precio, poco importa el costo de la vida o los niveles salariales de los distintos países. Y la paradoja es que a veces los mismos productos son más caros en países de renta más baja; el caso de Ikea Santo Domingo es paradigmático.

En el supermercado global se globalizan las marcas, se globalizan los precios (¡ojo!, no los salarios), se globalizan los ritmos de trabajo (¡ojo! no los derechos de los trabajadores), y al mismo tiempo se uniforman los sabores, los colores, las formas; se monetarizan las relaciones de intercambio, las relaciones de confianza y las relaciones humanas. Lo mismo acontece en el supermercado de la esquina, donde acuden solo aquellos que viven en la ciudad, o mejor dicho que viven en ciertos lugares de la ciudad, porque muchas veces a los cordones de pobreza no llegan las grandes superficies. Villas miserias fruto de una urbanización descontrolada, sin planificación, sin respecto de los derechos básicos de la población pobre inmigrante pero que, sin embargo, sigue tomándose como indicador de mejoría de las condiciones humanas. ¿De verdad estamos seguros que amontonarnos en espacios reducidos e insalubres, donde las carreteras restringen o hacen desaparecer las aceras, o donde quedarse entaponados por lo menos una hora al día es mejorar nuestras condiciones de vida?

El gran guardián de este supermercado global debería ser la Organización Mundial del Comercio (OMC) que, supuestamente, garantizaría a través de sus reglas (ampliamente aceptadas y cotidianamente ignoradas) el libre comercio para todos: grandes, medianos y pequeños. Pero la realidad, como sabemos, es totalmente diferente. El comercio mundial no es libre y solo los grandes siguen beneficiándose de la apertura de todos los demás. El estancamiento de la Ronda de Doha es la demonstración. El mismo Presidente recordó como este proceso de negociaciones está totalmente paralizado, pero más que paralizado deberíamos hablar de “boicoteado”. Y esta vez no son sus opositores (los que los grandes medios de comunicación llamarían “antiglobalización”) quienes lo boicotean abiertamente, sino son sus mismos creadores, quienes lo desconocen en la práctica. ¿Quién nos asegura que con el pasar de los años, las condiciones no estén favorables para que otros países (¿emergentes?) no empiecen a proteger sus productores nacionales como lo hacen hoy la Unión Europea o los Estados Unidos?

 

Según el economista coreano Ha-Joon Chang[1], los países industrializados están literalmente “retirando la escalera”[2] a los países en vía de desarrollo. A través de un análisis histórico de las estrategias desarrollistas de países como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia, Suiza, Bélgica, los Países Bajos, Japón, Corea y Taiwán, durante los siglos XVIII, XIX y XX, Chang demuestra como ninguno de estos países adoptó un sistema de comercio verdaderamente libre durante sus fases de desarrollo. Todos defendieron sus industrias nacientes a espalda de las colonias y los países empobrecidos. La incapacidad y la falta de voluntad política para crear y mantener una industria nacional que permita agregarle valor añadido a la producción interna, es algo que caracteriza a todos los países en vía de desarrollo. Por un lado es un ligado colonial y, por el otro, es la consecuencia tanto de la división internacional del trabajo como de una clase política y empresarial que no sabe apostar por el cambio y que sigue acomodándose al status quo.

Tanto a las instituciones públicas como a los grandes empresarios de la economía tradicional, no les interesa cambiar el modelo porque esto significaría básicamente una redistribución interna de la riqueza y del poder; por tanto, una disminución, en todas sus dimensiones, de la desigualdad que, por el contrario, es funcional al actual sistema de producción y consumo basado en el mito del crecimiento económico sin límites.

Una redistribución se realizaría también a nivel global si las reglas del comercio fueran más justas. No se trata de un comercio libre; sabemos muy bien que, en este mundo, si todos comerciamos bajo las mismas reglas quienes seguirían ganando son los grandes; los pequeños seguirán perdiendo y la distancia entre los que más se han enriquecidos y los que estos últimos han empobrecido se volvería abismal. Este escenario no está tan lejos. Se trata, por el contrario, de crear un comercio justo en igualdad de oportunidades, porque la igualdad de condiciones no existe. Chang defiende a Fridrich List, padre de la teoría sobre la industria naciente, según el cual “el libre comercio es beneficioso entre países con niveles similares de desarrollo industrial… pero no entre países con diferentes niveles de desarrollo”[3]. De lo contrario, no hace falta ser economistas para entender lo que sucedería.

El arquitecto, pensador y visionario estadounidense Richard Buckminste​r Fuller solía decir “jamás cambiaría las cosas combatiendo contra la realidad existente. Para cambiar algo, ¡construye un nuevo modelo que haga la realidad obsoleta!”. Es un mensaje que los movimientos sociales de todo el mundo han aprendido muy bien y ponen en práctica cotidianamente, en lo local y globalmente. El movimiento por un comercio justo es uno de estos movimientos “glocales” que está construyendo otra realidad desde abajo. Esto no significa que no deje de luchar por el cambio de las injustas reglas del comercio desde arriba, pero su construcción de una sociedad “otra” se concretiza en las relaciones comerciales directas, solidarias y transparentes entre pequeños productores en países en desarrollo y consumidores conscientes y comprometidos en los países del llamado “Norte”.

Estos pequeños productores en desventaja económica son los actores que siempre han sido excluidos de lo que hoy, como subraya el Presidente Fernández, podemos llamar “supermercado global”. A pesar de que en los últimos años también el Comercio Justo haya englobado en sus circuitos a grandes superficies y grandes plantaciones[4], o que multinacionales como Starbucks o Nestlé se sirvan del comercio justo para sus estrategias de mercado (y lavado de imagen), quienes defienden la posición originaria del movimiento siguen trabajando únicamente con pequeños productores y a través de organizaciones que se dedican exclusivamente al comercio justo. Estas organizaciones deciden auto-excluirse del “supermercado global” porque, al contrario de aquello, no monetarizan sus relaciones, crean asociaciones de productores gestionadas (no por un dueño sino por sus miembros) de manera democrática y participativa, mantienen lazos de confianza y de largo plazo entre productor y consumidor, informan la opinión pública sobre las necesidades de mayor equilibrio en los mercados locales e internacionales, abogan por un desarrollo comunitario incluyente, por un cambio en los patrones de producción y consumo, y defiende un tipo de producción amigable con el medio ambiente (orgánica) y digna para los seres humanos.

El comercio justo, en su versión originaria, no forma parte del “supermercado global”, sino construye desde abajo un mercado “otro” donde priman otros valores. Los que todos reconocen que se han perdido, pero que pocos tienen el coraje de recuperar para darle, en la actual coyuntura mundial, un nuevo sentido de emancipación.

La Real Academia Española, define la palabra “oxímoron” como “combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”. ¿Quieren algún ejemplo? Comercio justo, economía solidaria, finanzas éticas.


Marco Coscione.

CDRI.-

[1]Véase: http://www.hajoonchang.net

[2]Kicking Away the Ladder – Development Strategy in Historical Perspective (2002), Anthem Press, Londres. Edición en español: Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica (2004), Los Libros de la Catarata, Madrid.

[3]Ha-Joon Chang (2004: p. 37).

[4]Es noticia de estos últimos meses que la organización estadounidense Fair Trade USA salió de la sombrilla internacional representada por la Fair Trade Labelling Organization, la organización de sello (certificación) que agrupa a productores e importadores de comercio justo de todo el mundo. La principal razón es que la Fair Trade USA está apostando por ampliar su impacto involucrando a más empresas y plantaciones en sus circuitos comerciales. Véase: http://fairtradeforall.com/q-and-a/making-it-happen/traducciones-al-espanol-2/

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar