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Tensión Entre Irán E Israel Altera Cuadro Regional

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Últimamente se ha hecho bastante popular entre algunos expertos en temas internacionales un juego llamado « la incursión persa ». Aunque sea un juego, su autor alega que las informaciones contenidas en el mismo son de absoluta veracidad, al menos desde el punto de vista de su fuente informativa, que parece provenir desde los servicios secretos israelíes.


Según el esquema del juego, hay dos bandos, Irán siendo uno de ellos e Israel siendo el otro. Luego hay una serie de actores secundarios (en el juego), tales como Estados Unidos, Rusia, China, Naciones Unidas (que engloba a los segundones, incluida Europa en esa categoría) y algunos de los países árabes, Arabia Saudita, los estados del Golfo.
El juego es como el Monopolio, pero solo con dos jugadores, los cuales pueden prepararse para la guerra, ya sea Irán comprando armamento chino y asegurándose apoyo político ruso, mientras Israel confirma sus pedidos de aviones bombarderos norteamericanos y consigue una promesa de neutralidad de parte de los sauditas.


La importancia de este juego radica en que sus presupuestos son más reales que los del simple juego de Monopolio (¿se imagina usted realmente comprando un edificio en Madison Avenue?), ya que con la creciente tensión en la región, especialmente desde que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) emitió su informe sobre la posibilidad de que Irán está tratando efectivamente de dotarse de un arma nuclear, el escenario del juego « la incursión persa », pasa a la categoría de posibilidad.


Como es lógico, en los debates semanales de los aspirantes Republicanos a la candidatura presidencial (los canales de televisión están haciendo “su agosto” organizándolos), el tema de Irán ha tomado fuerza y las opiniones vertidas radican casi todas en torno a la necesidad de destruir las instalaciones nucleares iraníes, que hasta donde se sabe, son todavía de carácter experimental.


Para los iraníes, esas no son simples disquisiciones de campaña, pues hay algún precedente. En efecto, en 1981, Israel envió sus aviones a pulverizar una base posiblemente nuclear en Irak y en el 2007, la aviación israelí bombardeó un sitio de Siria donde se sospechaba que ese país experimentaba para una posible bomba nuclear. Aparentemente en este último caso se trató de una iniciativa únicamente israelí, pero como se ha revelado posteriormente, el entonces vicepresidente norteamericano Dick Cheney (lo escribe él mismo en sus memorias “In My Time”) presionó fuertemente en las reuniones presidenciales para que Estados Unidos bombardeara las instalaciones sirias.
Según el mismo Cheney, cuando el presidente Bush preguntó quién respaldaba esa propuesta, Cheney se quedó solo, pues Bush tampoco era partidario de la operación. Algunos meses más tarde Israel se ocupó de la faena, pero no solamente los iraníes se deben preguntar si para hacerlo Israel no contó con la luz verde norteamericana.


Como respuesta, Siria acusó a la “comunidad internacional” de ignorar las acciones militares israelíes, sin más, al tiempo que negaba que el lugar bombardeado fuera una base de experimentación nuclear. Pudo haber respondido al ataque, pero los sirios sabían, como todo el mundo, que Israel no busca armas nucleares porque ya las tiene y puede utilizarlas.
En ese contexto comienzan a entrar las hipótesis planteadas en el juego que, como bien se supone, obedecen efectivamente a las que de seguro han diseñado los estados mayores militares y de inteligencia de los países concernidos. En efecto, ya desde el otoño de 2010 Wikileaks revelaba que Arabia Saudita había expresado por la voz de su representante en Washington, su excelente disposición a entender que se atacara militarmente a Irán.


Esto adquiere toda su importancia si se sabe que, según el juego « la incursión persa », si Israel decidiera atacar a Irán, necesitaría de la aprobación saudita o turca para que sus aviones puedan llegar hasta Irán. Pero como las relaciones de Turquía con Israel se han deteriorado por el asunto de Gaza (y en el trasfondo porque Turquía necesita establecer con claridad su emergente liderazgo en el mundo musulmán), a Israel sólo le quedaría la opción saudita.


Este potencial y aún hipotético conflicto se origina en el más viejo entre Israel y sus vecinos árabes a causa de los palestinos. Grosso modo es así. Y de hecho la injusta situación que afecta a ese pueblo ha sido el telón de fondo de la perenne crisis en el Medio Oriente. Pero más allá de la obligada solidaridad de árabes y musulmanes con la causa palestina, existe la rivalidad entre varios poderes regionales, a saber, Arabia Saudita, Egipto, entre los árabes, pero también Irán y Turquía. Y cada uno promueve su agenda de manera diferente, tratando de ocupar en el mundo musulmán un liderazgo que en Occidente hace tiempo se definió.


Irán fue durante las décadas de poder de la monarquía (y de la Guerra Fría) un importante peón en el tablero norteamericano en un área neurálgica, gracias a su cercanía geográfica con la Unión Soviética. Pero en la medida en que crecía el odio popular contra el Shah de Persia, igualmente crecía en dirección a Estados Unidos, sostén principal de la monarquía. Ya se conoce lo que ocurrió entre ambos países de 1979 en adelante. Esa animosidad se ha mantenido.
Y así como una circunstancia determinada favoreció que Estados Unidos ajustara cuentas con el Irak de Saddam Hussein y la Libia de Gadaffi, Irán, que humilló a los norteamericanos ocupándole su embajada y manteniendo secuestrado a su personal durante tres años, sin que estos pudieran hacer nada sino negociar, tiene que suponer que Estados Unidos está acechando la ocurrencia de cualquier circunstancia que les permita “meterle mano” a los insolentes mullahs de Teherán.
En cuanto a Israel, los iraníes han dicho y repetido que la “entidad sionista” debe ser “borrada del mapa”, declaración que forma parte del arsenal de la simple propaganda, porque Irán conoce sus limitaciones y una de ellas es la imposibilidad militar de ser el atacante de Israel. De hecho, la fortaleza iraní es esencialmente de carácter defensivo, no necesariamente porque esa sea su filosofía, sino porque sus potenciales enemigos, sea Israel o Estados Unidos, son superiores. Pero si Irán se dota del arma nuclear, Israel puede suponer que la tentación sería muy grande de pasar de la retórica a los hechos.


Con ese cuadro, imposible de ignorar, el régimen iraní se ha lanzado a una guerra de nervios, ambigua por conveniencia, en la que alcanzar la bomba nuclear es un objetivo nacional y que cuenta con respaldo popular. Es que ser opositor al régimen no significa necesariamente para un iraní estar de acuerdo con los poderes extranjeros. Precisamente ese argumento ha sido utilizado por quienes se oponen a una acción militar llamada “preventiva” para poner fuera de servicio las bases de experimentación nuclear iraníes.


De producirse, la humillación sería resentida por toda la nación y cabe esperar que un nuevo régimen, aún rompiendo con la dictadura religiosa, tendría que satisfacer la expectativa popular de responder en algún momento hasta lavar la afrenta. El peligro, sin embargo, de que se produzca un ataque militar israelí es tan real que no solamente el propio presidente israelí, Shimon Peres ha alertado contra el mismo, sino que el secretario de Defensa norteamericano igualmente dio su opinión contraria.


Se ha supuesto y se sigue suponiendo que Israel, cercado por el triunfo de revueltas populares en varios países árabes, necesita tomar la iniciativa y mover el centro de interés desde el conflicto israelo/palestino hacia otras latitudes donde el consenso es más difícil. Así las cosas, sus abiertas amenazas de bombardeo de los sitios nucleares iraníes buscarían, en primer lugar conseguir que nuevas sanciones sigan debilitando al gobierno de ese país, al tiempo que se desvía el centro de atención fuera del expediente Israel/Palestina.


Expertos piensan que en realidad Israel podría convivir perfectamente con un Irán poseedor del arma nuclear, de la misma manera que Corea del Sur lo hace con Corea del Norte, su irascible vecino, que por lo demás es mucho más imprevisible que Irán. Igualmente son parte del club nuclear dos enemigos con relaciones muy tensas, India y Pakistán. E incluso se citan las décadas en las que Estados Unidos y la URSS, ambos poseedores de armas nucleares se enfrentaron en los más variados escenarios sin hacer uso de la temible bomba.


Para cerrar el cuadro, a la luz de lo acontecido con Gadaffi, que negoció la destrucción de sus bases de experimentos nucleares, pensando que sus excentricidades podrían entonces ser aceptadas ad infinitun por Occidente (la situación de los libios no les interesaba particularmente a esas potencias desde que tuvieran a Gadaffi neutralizado) para luego verse destruido y eliminado por la intervención de los bombarderos de la OTAN, da mucho que pensar a los iraníes, que prefieren verse en el espejo norcoreano que en el de Libia.


Eso quiere decir que Irán no renunciará a seguir buscando su bomba nuclear, incluso bajo la amenaza de bombardeos israelíes limitados. En efecto, Israel podría contar con la inofensiva indignación saudita si traspasa su espacio aéreo para bombardear a Irán una vez, pero no una segunda vez porque a ese país tampoco le interesa ser blanco de vengativos ataques iraníes.


A eso, los expertos agregan que si Israel destruye o daña las instalaciones nucleares iraníes, ese país puede en 18 meses recuperar lo perdido. Y siendo así, lo más racional es coexistir con un Irán armado, que de todas maneras estará consciente de que usar el arma nuclear puede tener un precio demasiado alto para todo el que la tenga y la use.

 

Por Sully Saneaux
 

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