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El mundo árabe no necesita de los Bin laden para su propia redención

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altDurante la Guerra Civil española, un general bajo las órdenes del jefe “nacionalista” (fascista) Francisco Franco proclamó “¡Viva la muerte!” como consigna. José Millán Astray, que es como se llamaba este troglodita general gallego, fundador de la Legión Extranjera española, se hizo famoso por sus excesos verbales y reducido talento, lo que tuvo su conclusión final con el apóstrofe citado.

Se podía pensar que la invectiva había muerto de muerte natural, como su propalador y lejos se podía uno imaginar que ese canto lúgubre sería asociado, por la voluntad de un grupo de fanáticos, a una de las principales religiones del mundo. Bin Laden y sus pares, se supone que queriendo redimir faltas, le han hecho un daño incalculable al islam y a los millones de personas que se reclaman de esa antigua y respetable religión al crear un vínculo tenaz entre el islam, el terrorismo y la muerte.

Se puede entender que un Bin Laden le declarara la guerra a Estados Unidos, país considerado por él expresión máxima de lo satánico, pero, ¿por qué hacer pagar tan alto precio a quienes en resumidas cuentas no tienen ni arte ni parte? Los actos de suicidas, una de las particularidades del fanatismo “a lo Bin Laden”, siempre han parecido más dirigidos a imponer el terror entre los civiles que entre los militares norteamericanos allí donde se les combate. Es lo que algunos llaman, “terrorismo catastrofista”, cuyo basamento es que si no se puede derrotar al enemigo, se le hace el mayor daño posible, aunque eso también le haga daño a uno mismo.

El acto de terror del 11 de septiembre contra miles de personas civiles fue la expresión más acabada de esa línea de acción y las consecuencias han sido terribles para afganos, iraquíes y por ese camino se puede seguir mencionando a los pueblos más afectados por la espiral de guerra desatada por el atentado septembrino, casi todos musulmanes.

Bastante se ha hablado acerca de Bin Laden como fenómeno de masas y de su indiscutible influencia marcando los primeros años del siglo XXI. Claro, para pueblos que han sufrido tanto bajo déspotas locales como bajo dominaciones extranjeras, siempre es dable esperar reivindicaciones positivas, no recurso a la muerte, propia y ajena como medio de redención. Sea por la razón que sea, Islam y terrorismo se han conjugado en la percepción popular, siendo aceptado como tal por quienes ni siquiera tienen juicios preconcebidos frente a esa religión. 

Una de las explicaciones ofrecidas, especialmente por la anterior administración norteamericana, es que el terrorismo musulmán se originó en el “odio por los valores democráticos norteamericanos”. La explicación es naturalmente una falacia. Robert Klitzman perdió a una de sus hermanas en el atentado de las Torres Gemelas. A raíz de la muerte de Bin Laden, escribió algunas reflexiones sobre ese hecho, sobre su dolor personal por la muerte de su joven hermana y lo que sentía al saber que Bin Laden estaba muerto.

Y agregó Klitzman, que como respuesta al atentado del 11 de septiembre, Afganistán fue invadido y “bajo falsos alegatos” se invadió al Irak. “Miles de norteamericanos y un número indeterminado de civiles han muerto o han sido heridos. Los políticos han explotado las muertes del 11 de septiembre para sus propios fines”. Y concluye el autor, ¿por qué nos odian tanto? Muchos aquí piensan que se debe a que detestan nuestra “libertad”. Pero ¿no será que el imperialismo norteamericano, la rapacidad de las corporaciones, los abusos de poder en otros países y nuestro apoyo histórico a dictadores corruptos como Mubarak han creado un odio que desafortunadamente aún persiste?

El terrorismo en su variante siglo XXI fue inesperado porque se pensaba que una vez terminada la Guerra Fría y desaparecidos los bloques antagónicos, el mundo entraría en una era de paz y prosperidad. Es que se olvidaba que el frágil pero genuino equilibrio del mundo de los “enemigos iguales” fue lo que permitió que en suma esencialmente reinara la paz, aún fuera en algunos casos a costa del mundo en desarrollo. Pero lo principal estaba salvado.

Lo que altera ese esquema ideal, que era el que se pensaba que prevalecería una vez desaparecida la “malvada” URSS, es que quedaban numerosas materias pendientes, es más, eran las materias principales las que todavía faltaban. Y esas eran relativas al Tercer Mundo. Porque mientras el desarrollo y el progreso se convertían en sino distintivo del Primer Mundo, el atraso y la miseria, con el ingrediente nefasto de falta de libertades, despotismo y represión caracterizaban al mundo en desarrollo. Un mundo casi perfecto para unos y casi totalmente infernal para otros. Y en el fondo, la rivalidad y competencia de dos visiones ideológicas. 

En ese contexto, Estados Unidos, cuando se lanzó a prodigar recursos a los muyahidines que luchaban contra los soviéticos en Afganistán, lo único que les interesaba era poner en dificultades a la URSS. Lo que podría ocurrir después no les interesaba.

Y el después tenía que ver con esos muyahidines y uno de sus jefes, desde ya más emblemáticos. Bin Laden no era un desesperado más; no era un “palestino errante”, ni un miserable trabajador árabe de los que viajan interminablemente de un país a otro de ese conglomerado para sobrevivir mal que bien. Bin laden era un dechado de la fortuna que ponía sus recursos al servicio de una causa asumida con fanatismo y perseverancia.

Según ha escrito él mismo y sostienen algunos de sus apologistas, Bin laden no tuvo nunca nada que ver con la CIA, en la época en que esa agencia financiaba a los muyahidines, lo que hacía a través de los servicios de seguridad paquistaníes. Alega él mismo, que desde esa época tenía claro que la alianza circunstancial con los norteamericanos, se debía a que en ese momento la prioridad era derrotar a los soviéticos en Afganistán, pero que llegado el momento, Estados Unidos sería el “enemigo principal”. Dicho y hecho, al menos en la intención, y de ahí el formidable acto de terror del 11 de septiembre, que fue venganza y no redención.

Pero ¿qué devino después del artífice de tal audacia? Durante los primeros años, Bin Laden recorrió la imaginación popular islámica como en el siglo XIX lo había hecho el “fantasma del comunismo” en Europa y una figura legendaria como el Che Guevara en la América Latina. Ese es, dicho sea de paso, el único punto coincidente de esas tres instancias históricas. Pero lo de Bin Laden ha llegado más lejos que lo que pudo haber llegado el Che. La leyenda del guerrillero argentino era lejana, a tal punto que sus admiradores siempre tuvo entre los norteamericanos. Pero el Che no era un abanderado de la muerte ni del terrorismo.

Bin Laden le “abrió fuego” a la potencia sobreviviente de la Guerra Fría y quizás estaba él convencido que, como antes había dicho Mao Tse Tung, que “el imperialismo es un tigre de papel” y que solo bastaba ponerlo a prueba para probar el aserto. De papel o no, Estados Unidos no podía tolerar la ofensa suprema de que le atacaran en su propio territorio, algo nunca visto, y desde que fue identificado el autor del atrevimiento, su suerte estaba echada.

Bin Laden, al convertirse esencialmente en un perseguido, perdió considerablemente brillo. Quedaba la imagen y a la misma millones de musulmanes le rindieron tributo en su momento, no tanto por compartir sus método como por admirar el coraje de quien se atrevía a desafiar a Estados Unidos. En realidad, una cuestión de simbolismo, no de alternativa real para la generalidad de los musulmanes.

Para sustanciar esta afirmación basta con observar el movimiento democrático de masas con el que inició el universo árabe el año 2011. En Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Siria, se han desatado movimientos sociales que poco o nada tienen que ver con los postulados de fanatismo y terror de Bin Laden, porque estos nada tienen que ver con sus vidas y sus aspiraciones. Si a los manifestantes que mueren en las calles de Túnez, Yemen o Libia les preguntaran por Bin Laden, poco tendrían que decir, porque ellos luchan por la vida y la dignidad.

En otras palabras, Bin Laden en la práctica dejó de ser relevante desde hace tiempo. En términos prácticos, había dejado de existir. Ahora todas las especulaciones quedan abiertas en torno a porqué estaba tan campante en Paquistán. Una de las posibilidades es que el individuo era un “preso de confianza” de los servicios de seguridad de Paquistán, quienes le preservaban esencialmente para que su existencia justificara los cuantiosos recursos que Estados Unidos da al ejército paquistaní para ser empleados en la “lucha contra el terrorismo”.

También cabe la posibilidad de que Bin laden pudiera servirles en su guerra permanente contra India. En última instancia, a la hora de determinar algún tipo de solución para el conflicto en Afganistán, en el que Paquistán es una pieza clave, la cabeza del prófugo podía servir como moneda de intercambio. ¿Quién sabe?

Por el momento, la desaparición de Bin Laden crea tentaciones en el congreso norteamericano: si el hombre está muerto, entonces el problema terrorista comenzó a resolverse. Pero en realidad, hace tiempo que esos grupos perdieron buena parte de su efectividad, en parte por la presión sostenida de los norteamericanos, en parte por falta de apoyo popular. Eso explica que la periferia y no el centro sean los objetivos más afectados por actividades terroristas. Pero con o sin Bin Laden, terroristas seguirá habiendo mientras haya asomo de causa justificable.

Por último, queda el asunto “legal” en la muerte de Bin Laden. El procedimiento utilizado discrepa con lo que ocurrió en Nuremberg al final de la II Guerra Mundial, pero los criminales nazis que fueron allí enjuiciados y condenados nunca atacaron a Estados Unidos. En ese caso la justicia era más fácil que la venganza. Porque esto último fue el carácter de la ejecución del “enemigo público número 1” de los norteamericanos.

Quizás por eso se ha tratado de “importantizar” a Bin laden, atribuyéndole capacidades de dirección y planificación que probablemente ya no tenía, presentándole como a cualquier vecino buscando canales en la televisión, viviendo con mujeres e hijos a los cuales atendía y corregía y hasta mirando videos pornográficos. Al final del tiempo, Bin laden, con su imagen de santo telegénico a lo mejor termina produciéndole dinero a fabricantes de camisetas y cachuchas, sin que, como ya ha ocurrido, los compradores tengan una idea precisa de quién fue el personaje.

Por Sully Saneaux

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