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Libia, petróleo ¿y qué más?

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altLas crisis en el mundo árabe no solamente están modificando las coordenadas del poder en esos países; también afectan a los demás países. Por más de una razón. Públicamente los más afectados son los franceses que, pese a sus viejos lazos con esa parte del mundo, parecían “estar en el limbo”, sin darse cuenta de lo que se cocinaba en países como Túnez. El asunto es tanto más grave que los servicios de seguridad occidentales siempre han descansado mucho en las habilidades y recursos galos cuando se trata de bregar con África; tienen viejas raíces en esos países y sus agentes figuran entre los pocos que hablan con soltura las lenguas locales. Pero en otra debían estar pensando pues fueron tan sorprendidos como el que más por los estallidos populares, pese a que unos 25 mil franceses viven en Túnez y más de medio millón de tunecinos residen en Francia.
Por espectacular que sea este asunto, es apenas una anécdota que cubre algo mucho más serio: el anunciado fracaso de la política antiterrorista y de seguridad nacional de Estados Unidos, pero también de Europa. Esto así porque es notable la tremenda simpatía generada entre las masas árabes a favor de los movimientos progresivos que han tenido lugar en Túnez y Egipto primero y ahora también en Libia. Lo más notable es que esos movimientos no se están produciendo con una agenda extremista y mediante el uso de la violencia, sino enarbolando reivindicaciones democráticas y dejándole la violencia al poder asediado por las protestas. En términos concretos, eso significa que, como ya han temido algunos especialistas, las obsesiones occidentales con el llamado “terrorismo islámico” no se corresponden con lo que está ocurriendo en las calles del mundo árabe.
En todo ese fenómeno Egipto ha brillado más, no solamente por la importancia poblacional y territorial de ese país, sino por el papel que ha jugado en la estrategia norteamericana en los últimos 40 años y además, porque ha de recordarse que el movimiento popular que llevó al poder al coronel Nasser, se convirtió posteriormente en paradigma. El mismo Gadafi, sin ser el único, tuvo como modelo a Nasser y su liderazgo en el objetivo de devolver a los árabes su dignidad, no solamente frente a Israel, sino también frente al despotismo ambiental. Esos pueblos de la región, tan inspirados por lo ocurrido en enero y febrero de este año, no pueden aspirar a formas peores de gobierno que las que han tenido y contra las que se rebelan.
Una vez encaminados los procesos tunecino y egipcio, les siguen otro en turno, ahora Libia, pero más allá de este país e independientemente de su importancia por estar entre los principales diez productores de petróleo del mundo, lo que más preocupa es lo que puede venir después. Un experto en temas petroleros decía hace unos días que el precio del crudo dependía enormemente “de lo próximo más allá de lo próximo que vendrá después de lo próximo”. Una forma simpática de describir una dinámica que fácilmente escapa del control de todo el mundo. Aunque eso de “todo el mundo” es mucha gente puesto que siempre hay ganadores (los mismos) y perdedores (los mismos). Como dicen pues los especialistas, “es suficiente con el temor de que pase algo, para que los precios se disparen”.
En las presentes circunstancias, la volátil situación de Libia, crea tal nerviosismo, por aquello de “lo próximo”, que los precios del petróleo han comenzado a subir pese a que no hay escasez e incluso que la OPEP anunció que entre Arabia Saudita y la organización, se encargarían de suplir la demanda de los clientes de Libia, ubicados especialmente en Europa. Los sauditas hasta están preguntando a Europa el tipo de petróleo que desean refinar para enviárselos y así reemplazar el de Libia, o sea que por el momento, las incertidumbres políticas en los países árabes es lo que determina el alza de los precios del petróleo, no que esté faltando el crudo ni mucho menos que haya aumentado de repente el consumo.
Una publicación especializada describe el fenómeno de la siguiente manera: los corredores de la Bolsa están sentados frente a sus computadoras, trabajando con escenarios supuestos, generalmente problemáticos (¿de qué otra manera ganarían mucho dinero si no es con problemas?). Si en el esquema aparece que “el Papa estornudó” o mejor aún, que “al rey de Jordania le preocupa la situación del área” eso se traduce de inmediato por un alza del precio del petróleo. Según la publicación, no es necesario que esté ocurriendo efectivamente nada, solo que haya indicios de que puede ocurrir para que se inicie “la danza de los millones” para las firmas que trafican con esos valores.
De manera que, aparte de los países productores de petróleo, que reciben mucho dinero por la venta de su riqueza, los grandes grupos intermediarios son los grandes beneficiarios. Así, ya vamos viendo que los consumidores están al final del camino y son quienes terminan pagando por el petróleo y por las comisiones de los intermediarios. Y no siempre los productores y distribuidores se ponen de acuerdo. Por eso no es de extrañar que mientras Arabia Saudita aumenta la producción para suplir cualquier escasez por lo de Libia, Goldman Sachs, que es uno de esos principales especuladores, advierte que el temor por escasez de petróleo dispara un alza continua del producto, mientras que Paribas ya aumentó su previsión del precio del petróleo.
Así pues, según el esquema previsto, “lo próximo” es la situación de virtual guerra civil que tiene lugar en Libia. Un escenario donde la claridad no reina. Las agencias de prensa, preocupadas de que se les acuse de estar “al servicio” de quien sea si dan su propia versión de los hechos, se limitan a recoger lo que dicen unos y otros. Pero hay una cierta decisión, compartida por africanos y árabes, de que el tiempo de Gadafi ya terminó. Y eso que, pese a sus alocadas y disparatadas presentaciones ante el público, no se puede decir que en Libia ha ocurrido una masacre; ni siquiera se puede decir con propiedad que Gadafi y su camarilla estén utilizando profusamente sus recursos militares para aplastar la importante rebelión en importantes áreas del país, entre los cuales la aviación.
Gadafi, librado a una operación de relaciones públicas a contracorriente, incluso acusa a Al Qaida de ser responsable de sus actuales tribulaciones (contradiciendo así a sus defensores Fidel Castro y Hugo Chávez quienes, por razones que les son propias, prefieren acusar a Estados Unidos), aunque precisa, como para que todo el mundo lleve algo, que si Occidente ataca su país, “habrá un baño de sangre”. Ya, decenas de miles de personas huyen hacia Túnez, creando un drama humano de grandes proporciones. Pero ¿qué pasará cuando muchos de esos refugiados y otros que se les sumarán, comiencen a cruzar el Mediterráneo para irse a tierras más seguras en Europa? Sin duda que se pensará con algo de pesar que Gadafi ayudaba también a resolver ese problema.
Como sus viejos socios occidentales le están haciendo la vida difícil y para dar una idea de lo que está diciendo acerca de lo que puede ocurrir si se le presiona demasiado, sus aviones han estado lanzando cohetes a instalaciones petrolíferas. Lo que nos lleva de nuevo al tema del petróleo.
Ya más de uno de quienes sospechan siempre lo peor de los norteamericanos (la historia pasada les da toda la razón), les acusan de estar prestos a atacar e invadir a Libia, con el propósito de “quedarse con su petróleo”, pero en el 2007, una compañía norteamericana llamada Colony Capital, adquirió el 65% de Tamoil (el otro 35% sigue en manos del estado libio) que se ocupa de la distribución y mercadeo del petróleo de Libia en Europa y Asia (principales clientes del crudo libio). El negocio exceptúa las operaciones de Tamoil en África, que siguen bajo el control del gobierno libio. Siendo así las cosas, como ya se ha dicho antes, a Occidente le convenía más que fuera Gadafi quien siguiera gobernando en Libia, una vez que sus viejos discursos antiimperialistas dieron paso a fructuosas negociaciones con los emporios de los imperios. A menos que el proyecto no sea dividir a Libia, un nuevo estado surgido en el este del país (donde se concentran los yacimientos), dejándole la parte menos favorecida a la familia Gadafi, pero eso es demasiado especulativo y poco sustentable.
Independientemente de cómo terminen las cosas en Libia, que lo más probable es que terminen mal o relativamente mal para Gadafi y compartes dado el “cansancio” ambiental con él y su familia, ¿qué viene después? Ni Occidente ni nadie lo sabe y eso no significa tranquilidad alguna para Estados Unidos y sus aliados. Es más, ya los analistas hablan de lo catastrófico que resultará que armas del ejército de Libia en desbandada, terminen en manos de grupos “informales”. Algo parecido a lo que ocurrió cuando el gobierno de Estados Unidos armó a bandas de fanáticos para que lucharan contra el ejército soviético ocupante de Afganistán. Al final muchas de esas armas, entre los cuales los temibles “Stinger” (que sirven para tumbar aviones) aparecieron en manos de militantes de Al Qaida. Lo que sí les debe estar preocupando es “lo más allá de lo próximo”, que en las presentes circunstancias puede ser Bahréin y, lo más grave, Arabia Saudita. Entonces ¿qué hacer? ¿Intervenir militarmente en Libia?
Hace poco, un oficial del ejército libio convertido en rebelde explicaba, “la experiencia nos dice que cuando EEUU interviene todo se complica un poco más”. Esa declaración retrata de cuerpo entero las dudas que asaltan a los libios, por mucho que estén contra Gadafi, a la hora de pedir o aprobar una acción militar extranjera. Y peor sería si de aérea, pasa a ser terrestre. Porque si aún es improbable que Al Qaida tenga mucho que ver con las revueltas populares contra Gadafi, se convertiría en una referencia de primer orden. Eso quizás no lo tengan claro los congresistas norteamericanos, la mayoría de los cuales no se interesan mucho por las cuestiones internacionales pero que tienden a pensar que su ejército lo puede todo, en todas partes y siempre teniendo la razón.
Sin embargo, los generales norteamericanos, encabezados por su ministro, Robert Gates están haciendo todos los esfuerzos para explicarles a los congresistas (y a los políticos civiles de la administración) que una acción militar contra Gadafi, del tipo que sea, no sería exactamente un picnic y que mantener una veda de movimientos aéreos sobre el cielo libio, tendría que comenzar con actos de guerra, es decir, bombardeos sobre las defensas antiaéreas libias. Eso costaría vidas (probablemente de los dos lados) y cuantiosos recursos.
Pueden llevarse a engaño quienes al leer los cables de prensa notan hasta ahora la poca participación de la fuerza aérea en los combates, como prueba de que Gadafi y su camarilla han perdido el control. Como bien señalaba un especialista francés, pese a sus alocadas declaraciones de prensa, Gadafi y su gente hasta ahora han dado muestras de relativa moderación, en la medida en que en Libia no se han producido masacres y tampoco se ha utilizado, extensivamente, el recurso a la fuerza aérea. Es un manejo de relaciones públicas de Gadafi a contracorriente, que incluye echar a Al Qaida la culpa de lo que acontece en Libia (pese a que sus amigos Fidel Castro y Hugo Chávez prefieran como culpable a los Estados Unidos), al tiempo que, por si acaso, previene a los norteamericanos de las consecuencias que tendría una acción militar directa de la gran potencia contra su país y para el resto de la región.
Porque si con la importancia relativa de Libia, Estados Unidos corre el alto riesgo de involucrarse militarmente en ese país, ¿qué se podría esperar si se ve en peligro la monarquía de Bahrein, donde está la Quinta flota y el Comando Naval Central norteamericano?, o, lo peor de lo peor ¿si Arabia Saudita se viera amenazada siendo el principal proveedor de petróleo de Estados Unidos? Eso sería lo que vendrá “después de lo próximo”.

Por Sully Saneaux

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