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Revueltas en Egipto: El Nuevo Tipo de Influencia de Egipto en su Región

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Protestas en la Plaza de la Liberación en el Cairo (Mohamed Abed/AFP) El problema principal, especialmente para Occidente, de las protestas que sacuden al mundo árabe, desde Egipto hasta Yemen, pasando por Argelia y quizás amenazando hasta a Libia, es que no está definido el liderazgo de las mismas. Los grupos tradicionalmente conocidos, incluso los islamistas, parecen no haber creído mucho en las posibilidades de estos movimientos, quizás porque realmente ninguno estaba enterado de la efervescente actividad que tenía lugar en el movimiento popular autónomo y sin partido. La consecuencia inmediata es que no solamente los gobiernos han sido sorprendidos, sino también los grupos opositores, por más virulenta que fuera su oposición.


Ese fenómeno no es nuevo; en República Dominicana por ejemplo, se han producido verdaderas revueltas populares al margen de las organizaciones, ya fuera en abril de 1965 (aunque allí, una parte del ejército fue el detonante), o en abril de 1983, cuando una “poblada” (como la definiera Juan Bosch) estuvo a punto de llevarse todo, incluidos los partidos políticos. Igualmente, los principales diplomáticos (en nuestro caso, el embajador norteamericano), aparecen como “estando en la luna” a la hora de tratar de explicar lo que pasa en sus demarcaciones. Se recuerda que en 1965, el embajador norteamericano en nuestro país, que solo frecuentaba a los golpistas, andaba de paseo por su pueblo cuando se produjo el estallido revolucionario del 24 de abril, del que no tenía la más vaga sospecha.

Eso es bastante parecido a lo que ocurrió en Túnez y está ocurriendo ahora, particularmente en Egipto, Jordania y Yemen, tres puntos bastante sensibles pues sus gobiernos son fuertes aliados de Occidente. En el caso tunecino, el embajador francés escribió la noche antes que comenzara la caída del dictador Ben Ali, que el mismo “podrá controlar la situación”. Los franceses fueron más expeditos que los norteamericanos en 1965 y horas después de la huída del dictador, su embajador en Túnez era enviado de vuelta a Paris, “a domar escritorios”, y suplantado por un diplomático de mayor experiencia.

Una de las mayores preocupaciones de Occidente, reflejada en reiterados comentarios, es que el renunciante (o renunciado) Mubarak en Egipto sea reemplazado por algo peor. Generalmente se cita que a un dirigente no religioso, como el Sha de Persia, le haya sucedido un régimen de ayatolas estableciendo en ese país una república religiosa, lo que no es mucha garantía de respeto de derechos, particularmente de las minorías y más especialmente todavía, de las mujeres.

Pero lo que se dice con relación a Irán cabe perfectamente para Irak. Hasta ahora queda por ver si quienes ocupan el puesto de Saddam Hussein son más progresistas o más respetuosos de los derechos de las mujeres o de la ciudadanía en general que el desaparecido dictador. Por el momento, sin citarlo mucho, es seguro que miles de iraquíes, incluso contra su voluntad, no dejan de añorar algo los años de Saddam, aunque eso no signifique que quieran volver atrás, sino simplemente que les agobian las inseguridades cada vez mayores, sin hablar ya de la incertidumbre del futuro y la prevaleciente intolerancia religiosa y de género.

Es cierto que esos cambios no siempre generan situaciones positivas. Pero Occidente debe también recordar los años en que sus intervenciones violentaron procesos democráticos y sentaron las bases para regímenes dictatoriales. Hablando de Irán por ejemplo, ¿acaso no fueron los norteamericanos (la CIA, para más señas) quienes organizaron la caída del gobierno electo del primer ministro Mohammed Mossadegh, abriendo las puertas a la monarquía de los Pahlevi y a lo que vemos hoy en Irán?

Igualmente, la falacia de que Irak, bajo Saddam tenía armas de destrucción masiva sentó las bases para la ocupación militar de ese país, por la que su población civil ha pagado con más de 110 mil vidas. Después que llegaron las tropas extranjeras, la existencia para el iraquí promedio se ha convertido en una especie de infierno sin que se vea “la salida del túnel”. En este caso, la intervención extranjera es la que ha pretendido promover los cambios, en nombre de la “democracia”. En cambio, lo que está ocurriendo en las calles del mundo árabe presagia que si cambios habrá, estos serán el resultado de la voluntad popular, no de la idea que acerca de la democracia se hacen los grandes países cuando la piensan para otras regiones.

Al momento de escribir estos comentarios, el presidente Mubarak, de Egipto, “no cobrará el salario de febrero” (como bien dice mi padre), pues hasta militares de los apostados en las calles de las principales ciudades ya venían diciendo que “no dispararán contra egipcios” e incluso que la mejor solución es que “Mubarak se vaya”. Ese era un sentimiento tan expandido e incluso considerado tan inevitable que hasta en algunas capitales, diplomáticos egipcios, consultados fuera de record, sostenían la misma posición.

Un posible efecto domino, que quedaría confirmado una vez se ha producido la caída de Mubarak, pese a las diferencias entre su régimen y el que presidía Ben Ali en Túnez, inquieta a varios gobiernos de la región. A primera vista, el más amenazado, después de Egipto es Yemen, cuyo presidente ya anunció que no buscará la reelección cuando vence su mandato (2013) pero nada asegura que la paciencia popular aguante hasta entonces. Ese tipo de dinámica igualmente mantiene el desasosiego en los gobiernos de Argelia, Jordania, Siria, Arabia Saudita y hasta de Libia, aunque en el primer caso la figura más cuestionada no sea el presidente argelino Bouteflika (un excepcional sobreviviente de la Guerra Fría) cuyos poderes no parecen ser tan amplios como los de sus pares.

En el caso de Jordania, para evitar que las cosas pasen a peores, pues allí se puede jugar el destino de una monarquía, el rey procedió a revocar al gobierno entero. Pero las complicaciones pueden venir del hecho que la mitad de los jordanos son realmente palestinos refugiados de los Territorios ocupados por Israel o de otras situaciones calamitosas, como las originadas cuando Kuwait expulsó a varios centenares de miles de palestinos, una vez que el líder Yasser Arafat apoyara la invasión iraquí (bajo Saddam Hussein) a ese país. Si los jordanos, en sentido general, pueden sentir una natural reverencia hacia su monarca (nunca lo atacan en las manifestaciones; además, está prohibido hacerlo), no lo mismo puede esperarse de los palestinos, que se caracterizan por ser republicanos y menos religiosos.

En cuanto a Siria, su presidente, Bashar Al Assad, quien heredó el gobierno de su padre Hafez al-Assad, cuando murió después de 30 años de gobierno, (lo que no se puede hacer ahora ni en Egipto, ni en Yemen y quizás tampoco en Libia), asegura que su fuerte posición antiamericana y anti israelí le da un mayor margen para responder a cualquier protesta. Puede ser que así sea, pero no es tampoco seguro que esas credenciales sean suficientes cuando hay otros problemas que la gente le señala, tales como represión, falta de libertades y corrupción, y que son precisamente los que sirven de detonante a las presentes convulsiones.

Por el momento, sin embargo, fuera del mundo árabe, la situación más delicada la tiene Estados Unidos, entre otras cosas por la personalidad del presidente Obama y las esperanzas que indiscutiblemente generó su triunfo electoral en esa parte del mundo. Los ánimos enardecidos de estos días lo complican más, porque hasta personalidades moderadas como El Baradei han arremetido contra la administración norteamericana por esta no desligarse antes de Mubarak y por no llamar abiertamente a su reemplazo. Es muy probable, casi seguro, que de Obama haber llamado al reemplazo de Mubarak, la protesta habría sido en el sentido de acusarle de intromisión en los asuntos de un estado árabe.

Definitivamente no es nada fácil, aunque de todas maneras la percepción generalizada es que Mubarak, antes de hablar en público haciendo anuncios en estos días, previamente hablaba con el presidente norteamericano y, en sentido general, parecía estar siguiendo sus recomendaciones. Esa percepción cambió hace dos noches pues la persistente negativa de Mubarak a irse, indica que había prescindido de sus inseguros aliados occidentales apoyándose básicamente en el ejército. Y es precisamente esta institución la que finalmente le ha hecho entender a Mubarak “que su hora llegó”. Quizás ahora, una vez Mubarak fuera y evidente la formidable presión que ejerció la administración norteamericana, cambie para mejor la manera en que los egipcios perciben a Obama y su administración.

Los tunecinos no tienen la misma apreciación frente a Obama que los egipcios en las calles de Cairo, Suez o Alejandría. Pero Túnez ni tenía ni tendrá para los norteamericanos la misma importancia que Egipto, país árabe más poblado y punto central en la estrategia norteamericana de contención de los grupos terroristas regionales y de acercamiento a Israel. Por algo es el cuarto receptor de ayuda norteamericana (especialmente militar). La administración norteamericana no tiene, como no la tiene nadie, una idea clara de lo que pasaría en Egipto si, como ya ocurrió Mubarak sale del escenario principal, aunque temen el vacío que, de acuerdo a una vieja estrategia norteamericana, podría ser ocupado por “los malos de la película”. Esa realidad obliga a la mayor de las prudencias. Pero también exige apertura, para no descartar la eventualidad de que grupos como la Hermandad Musulmana queden asociados a un futuro gobierno egipcio. En ese caso, es preferible tener canales de comunicación abiertos. Ni la Franja de Gaza es Egipto, ni Hamas es la Hermandad Musulmana.

Estados Unidos tiene una buena parte de responsabilidad en ese difuso cuadro, porque nunca hicieron lo necesario para presionar a su aliado Mubarak (ni a ningún otro), en el sentido de permitir algún tipo de oposición que asegurara un relevo en calma. En las presentes circunstancias, el ejército surge en la cabeza de todo el mundo, aparte claro está, del espectro llamado “Hermandad Musulmana”. Quizás el nombre y los antecedentes asusten más de lo que realmente representan en la sociedad egipcia. Según Al Baradei la fuerza electoral de la Hermandad anda por el 20%, lo que es mucho en un país donde no se sabe por donde anda el 80% restante.

Egipto es un país donde por tradición, los valores seculares han tenido mayor peso que en Irán, por ejemplo, y donde el fanatismo religioso no ha logrado mucho espacio. Lo que es aplicable a la sociedad civil lo es igualmente al ejército egipcio (existe el servicio militar obligatorio), de manera que persiste la incertidumbre de lo que haría ese cuerpo, si el otro componente con fuerza propia, es decir, la Hermandad Musulmana se impusiera políticamente y tratara de imponer una república religiosa, como esperan ansiosos los ayatolas de Teherán, dispuesto a romper el status quo de convivencia con el vecino israelí.

Esa es una de las piezas más controversiales en el actual tablero: ¿hasta qué punto, un cambio de gobierno en un país como Egipto, puede cuestionar sus relaciones de vecindad y cooperación con Israel, especialmente cuando de estas depende una ayuda anual de cerca de 1,500 millones de dólares provenientes de Estados Unidos? Como esa ayuda favorece particularmente al ejército y a los servicios de seguridad, la decisión no podría ser tomada por el componente civil de un futuro gobierno, aún este lo controle la Hermandad Musulmana. De todas maneras, uno de los principales dirigentes de la Hermandad hablaba con el Washington Post y aseguraba que “el Egipto post Mubarak respetará todos sus acuerdos”, alusión directa al firmado con Israel y que es motivo de creciente inquietud en Tel Aviv, Washington y las capitales europeas..

En Israel, la generalidad de la gente, por supuesto, ve con simpatía el movimiento popular egipcio, pues los israelíes disfrutan de condiciones de libertad individual que son únicas en la región. (Esto no debe confundirse, por supuesto, con el papel que juega Israel como nación ocupante de otros territorios, poblados por personas que no son israelíes y cuyos derechos son regularmente violados por el ejército ocupante). Pero ese sentimiento es naturalmente ambivalente: los egipcios merecen vivir en libertad, pero al mismo tiempo, ¿qué les garantiza a ellos que el gobierno que respete las libertades de los egipcios no entienda que también debe cambiar su actitud frente a Israel? Tremendo dilema.

En el presente cuadro, lo más aceptable para todo el mundo podría ser un gobierno de transición, dirigido por una figura independiente como El Baradei no totalmente conocido ni apreciado en su país, pese al premio Nobel de la Paz, de sostenidas credenciales críticas hacia Estados Unidos (poco populares en el área con o sin Mubarak) y compuesto por tecnócratas y miembros de la Hermandad Musulmana, en atención a su aceptada fuerza política. La tarea de ese equipo de transición sería la de organizar elecciones creíbles, so pena que, de no hacerlo, entonces ese ejército que se mantiene aparentemente al margen decida que ha llegado, de nuevo, su hora de actuar. La tenaz aunque ya vencida resistencia de Mubarak y la no existencia de un sólido y organizado frente opositor, con liderazgo reconocido, hacen más actual que nunca la posibilidad de una intervención de los militares, algo parcialmente confirmado por el hecho de que por el momento, el vacío lo están llenando ellos y más nadie.

Por Sully Saneaux

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