funglode
Estas en: Home

ANALISIS


El mundo árabe no necesita de los Bin laden para su propia redención

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

altDurante la Guerra Civil española, un general bajo las órdenes del jefe “nacionalista” (fascista) Francisco Franco proclamó “¡Viva la muerte!” como consigna. José Millán Astray, que es como se llamaba este troglodita general gallego, fundador de la Legión Extranjera española, se hizo famoso por sus excesos verbales y reducido talento, lo que tuvo su conclusión final con el apóstrofe citado.

Se podía pensar que la invectiva había muerto de muerte natural, como su propalador y lejos se podía uno imaginar que ese canto lúgubre sería asociado, por la voluntad de un grupo de fanáticos, a una de las principales religiones del mundo. Bin Laden y sus pares, se supone que queriendo redimir faltas, le han hecho un daño incalculable al islam y a los millones de personas que se reclaman de esa antigua y respetable religión al crear un vínculo tenaz entre el islam, el terrorismo y la muerte.

Se puede entender que un Bin Laden le declarara la guerra a Estados Unidos, país considerado por él expresión máxima de lo satánico, pero, ¿por qué hacer pagar tan alto precio a quienes en resumidas cuentas no tienen ni arte ni parte? Los actos de suicidas, una de las particularidades del fanatismo “a lo Bin Laden”, siempre han parecido más dirigidos a imponer el terror entre los civiles que entre los militares norteamericanos allí donde se les combate. Es lo que algunos llaman, “terrorismo catastrofista”, cuyo basamento es que si no se puede derrotar al enemigo, se le hace el mayor daño posible, aunque eso también le haga daño a uno mismo.

El acto de terror del 11 de septiembre contra miles de personas civiles fue la expresión más acabada de esa línea de acción y las consecuencias han sido terribles para afganos, iraquíes y por ese camino se puede seguir mencionando a los pueblos más afectados por la espiral de guerra desatada por el atentado septembrino, casi todos musulmanes.

Bastante se ha hablado acerca de Bin Laden como fenómeno de masas y de su indiscutible influencia marcando los primeros años del siglo XXI. Claro, para pueblos que han sufrido tanto bajo déspotas locales como bajo dominaciones extranjeras, siempre es dable esperar reivindicaciones positivas, no recurso a la muerte, propia y ajena como medio de redención. Sea por la razón que sea, Islam y terrorismo se han conjugado en la percepción popular, siendo aceptado como tal por quienes ni siquiera tienen juicios preconcebidos frente a esa religión. 

Una de las explicaciones ofrecidas, especialmente por la anterior administración norteamericana, es que el terrorismo musulmán se originó en el “odio por los valores democráticos norteamericanos”. La explicación es naturalmente una falacia. Robert Klitzman perdió a una de sus hermanas en el atentado de las Torres Gemelas. A raíz de la muerte de Bin Laden, escribió algunas reflexiones sobre ese hecho, sobre su dolor personal por la muerte de su joven hermana y lo que sentía al saber que Bin Laden estaba muerto.

Y agregó Klitzman, que como respuesta al atentado del 11 de septiembre, Afganistán fue invadido y “bajo falsos alegatos” se invadió al Irak. “Miles de norteamericanos y un número indeterminado de civiles han muerto o han sido heridos. Los políticos han explotado las muertes del 11 de septiembre para sus propios fines”. Y concluye el autor, ¿por qué nos odian tanto? Muchos aquí piensan que se debe a que detestan nuestra “libertad”. Pero ¿no será que el imperialismo norteamericano, la rapacidad de las corporaciones, los abusos de poder en otros países y nuestro apoyo histórico a dictadores corruptos como Mubarak han creado un odio que desafortunadamente aún persiste?

El terrorismo en su variante siglo XXI fue inesperado porque se pensaba que una vez terminada la Guerra Fría y desaparecidos los bloques antagónicos, el mundo entraría en una era de paz y prosperidad. Es que se olvidaba que el frágil pero genuino equilibrio del mundo de los “enemigos iguales” fue lo que permitió que en suma esencialmente reinara la paz, aún fuera en algunos casos a costa del mundo en desarrollo. Pero lo principal estaba salvado.

Lo que altera ese esquema ideal, que era el que se pensaba que prevalecería una vez desaparecida la “malvada” URSS, es que quedaban numerosas materias pendientes, es más, eran las materias principales las que todavía faltaban. Y esas eran relativas al Tercer Mundo. Porque mientras el desarrollo y el progreso se convertían en sino distintivo del Primer Mundo, el atraso y la miseria, con el ingrediente nefasto de falta de libertades, despotismo y represión caracterizaban al mundo en desarrollo. Un mundo casi perfecto para unos y casi totalmente infernal para otros. Y en el fondo, la rivalidad y competencia de dos visiones ideológicas. 

En ese contexto, Estados Unidos, cuando se lanzó a prodigar recursos a los muyahidines que luchaban contra los soviéticos en Afganistán, lo único que les interesaba era poner en dificultades a la URSS. Lo que podría ocurrir después no les interesaba.

Y el después tenía que ver con esos muyahidines y uno de sus jefes, desde ya más emblemáticos. Bin Laden no era un desesperado más; no era un “palestino errante”, ni un miserable trabajador árabe de los que viajan interminablemente de un país a otro de ese conglomerado para sobrevivir mal que bien. Bin laden era un dechado de la fortuna que ponía sus recursos al servicio de una causa asumida con fanatismo y perseverancia.

Según ha escrito él mismo y sostienen algunos de sus apologistas, Bin laden no tuvo nunca nada que ver con la CIA, en la época en que esa agencia financiaba a los muyahidines, lo que hacía a través de los servicios de seguridad paquistaníes. Alega él mismo, que desde esa época tenía claro que la alianza circunstancial con los norteamericanos, se debía a que en ese momento la prioridad era derrotar a los soviéticos en Afganistán, pero que llegado el momento, Estados Unidos sería el “enemigo principal”. Dicho y hecho, al menos en la intención, y de ahí el formidable acto de terror del 11 de septiembre, que fue venganza y no redención.

Pero ¿qué devino después del artífice de tal audacia? Durante los primeros años, Bin Laden recorrió la imaginación popular islámica como en el siglo XIX lo había hecho el “fantasma del comunismo” en Europa y una figura legendaria como el Che Guevara en la América Latina. Ese es, dicho sea de paso, el único punto coincidente de esas tres instancias históricas. Pero lo de Bin Laden ha llegado más lejos que lo que pudo haber llegado el Che. La leyenda del guerrillero argentino era lejana, a tal punto que sus admiradores siempre tuvo entre los norteamericanos. Pero el Che no era un abanderado de la muerte ni del terrorismo.

Bin Laden le “abrió fuego” a la potencia sobreviviente de la Guerra Fría y quizás estaba él convencido que, como antes había dicho Mao Tse Tung, que “el imperialismo es un tigre de papel” y que solo bastaba ponerlo a prueba para probar el aserto. De papel o no, Estados Unidos no podía tolerar la ofensa suprema de que le atacaran en su propio territorio, algo nunca visto, y desde que fue identificado el autor del atrevimiento, su suerte estaba echada.

Bin Laden, al convertirse esencialmente en un perseguido, perdió considerablemente brillo. Quedaba la imagen y a la misma millones de musulmanes le rindieron tributo en su momento, no tanto por compartir sus método como por admirar el coraje de quien se atrevía a desafiar a Estados Unidos. En realidad, una cuestión de simbolismo, no de alternativa real para la generalidad de los musulmanes.

Para sustanciar esta afirmación basta con observar el movimiento democrático de masas con el que inició el universo árabe el año 2011. En Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Siria, se han desatado movimientos sociales que poco o nada tienen que ver con los postulados de fanatismo y terror de Bin Laden, porque estos nada tienen que ver con sus vidas y sus aspiraciones. Si a los manifestantes que mueren en las calles de Túnez, Yemen o Libia les preguntaran por Bin Laden, poco tendrían que decir, porque ellos luchan por la vida y la dignidad.

En otras palabras, Bin Laden en la práctica dejó de ser relevante desde hace tiempo. En términos prácticos, había dejado de existir. Ahora todas las especulaciones quedan abiertas en torno a porqué estaba tan campante en Paquistán. Una de las posibilidades es que el individuo era un “preso de confianza” de los servicios de seguridad de Paquistán, quienes le preservaban esencialmente para que su existencia justificara los cuantiosos recursos que Estados Unidos da al ejército paquistaní para ser empleados en la “lucha contra el terrorismo”.

También cabe la posibilidad de que Bin laden pudiera servirles en su guerra permanente contra India. En última instancia, a la hora de determinar algún tipo de solución para el conflicto en Afganistán, en el que Paquistán es una pieza clave, la cabeza del prófugo podía servir como moneda de intercambio. ¿Quién sabe?

Por el momento, la desaparición de Bin Laden crea tentaciones en el congreso norteamericano: si el hombre está muerto, entonces el problema terrorista comenzó a resolverse. Pero en realidad, hace tiempo que esos grupos perdieron buena parte de su efectividad, en parte por la presión sostenida de los norteamericanos, en parte por falta de apoyo popular. Eso explica que la periferia y no el centro sean los objetivos más afectados por actividades terroristas. Pero con o sin Bin Laden, terroristas seguirá habiendo mientras haya asomo de causa justificable.

Por último, queda el asunto “legal” en la muerte de Bin Laden. El procedimiento utilizado discrepa con lo que ocurrió en Nuremberg al final de la II Guerra Mundial, pero los criminales nazis que fueron allí enjuiciados y condenados nunca atacaron a Estados Unidos. En ese caso la justicia era más fácil que la venganza. Porque esto último fue el carácter de la ejecución del “enemigo público número 1” de los norteamericanos.

Quizás por eso se ha tratado de “importantizar” a Bin laden, atribuyéndole capacidades de dirección y planificación que probablemente ya no tenía, presentándole como a cualquier vecino buscando canales en la televisión, viviendo con mujeres e hijos a los cuales atendía y corregía y hasta mirando videos pornográficos. Al final del tiempo, Bin laden, con su imagen de santo telegénico a lo mejor termina produciéndole dinero a fabricantes de camisetas y cachuchas, sin que, como ya ha ocurrido, los compradores tengan una idea precisa de quién fue el personaje.

Por Sully Saneaux

El Sincretismo Cultural y el Islam en Rusia

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

Mesquita y Iglesia Ortodoxa en el Kremlin de Kazán, en TartaristánEl ataque terrorista en el Aeropuerto Domodedovo de Moscú el pasado 24 de enero ha dirigido la atención de la comunidad internacional hacia los problemas enfrentados por Rusia en su relación con el terrorismo islámico. Pese a la victoria del gobierno ruso en la última guerra de Chechenia y el aparente ambiente de seguridad y estabilidad establecido en Rusia bajo la dirección de Putin y su sucesor Medvedev, la amenaza del fundamentalismo islámico militante sigue en pie. Aunque sería tentador asociar este acto terrorista a ataques similares vividos en Madrid o en Londres en los últimos años, el caso ruso resulta ser mas complejo, puesto que se trata de terrorismo interno y de un islam endémico a Rusia. De hecho, la Federación Rusa consta de unos 20 millones de musulmanes, lo que equivale al 14% de su población total. Estos musulmanes se concentran en dos regiones: el Cáucaso del Norte (Chechenia, Daguestán, Ingusetia…), y la región de la Volga (Tartaristán, Bashkortostán…). A estos hay que agregar unos 5 millones de inmigrantes musulmanes provenientes de las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central y del Cáucaso—en particular de Tayikistán, Uzbekistán, y Azerbaiyán—la mayoría habitando centros urbanos tales como Moscú, San Petersburgo, y Nizhny Novgorod. Para comprender las raíces del terrorismo islámico en Rusia, es necesario entonces comprender la historia del Islam a lo largo de la evolución del estado ruso. Este artículo, el primero en una serie de artículos investigando la relación de Rusia con el Islam, investiga la historia de Rusia y el Islam desde la invasión de Rusia por los Mongoles en el siglo XIII hasta la caída del comunismo soviético en el siglo XX.

Desde sus inicios, la trayectoria rusa se ha visto entrecruzada con la historia de la religión islámica y de los diferentes pueblos musulmanes que han pertenecido al espacio imperial ruso. Desde la conquista de la Rus de Kiev por los Mongoles en el siglo XIII, y el establecimiento del Kanato musulmán de la Horda de Oro sobre las estepas de Eurasia, los principados rusos fueron subyugados durante tres siglos por un imperio islámico turco-mongol y sus estados sucesores tártaros. No fue hasta el siglo XVI que el Príncipe de Moscú, Iván el Terrible, conquistó los Kanatos Tártaros de Kazán, Astrakán, y Crimea para entonces proclamarse como el primer Zar de Rusia. Al regresar a Moscú, el primer Zar construyó la Iglesia de San Basilio frente al Kremlin en celebración de su victoria. Esta iglesia es reconocida internacionalmente como el monumento mas emblemático de Rusia; sin embargo, pocos reconocen la ironía que esconde esta iglesia, símbolo de la ambigua relación de Rusia con el Islam: en realidad, la iglesia de San Basilio tomó inspiración arquitectónica de la mezquita de Kazán, que constaba también de ocho torres y una cúpula central, y fue destruida por Iván el Terrible durante su conquista. Por consiguiente, es irónico que el monumento emblemático de Rusia por excelencia haya tenido como inspiración una mezquita tártara relegada al olvido. Sin embargo, esto no es más que un simple ejemplo del distintivo sincretismo cultural ruso, pueblo eslavo, ortodoxo y europeo que repetidamente culpó a su herencia “oriental”—mongola y tártara—por su “atraso”, y ha tratado repetidamente de “occidentalizarse” a lo largo de su historia.

Al momento del Imperio Ruso expandirse desde Europa hasta el Pacifico, y de Siberia a Asia Central y el Cáucaso, Rusia pasó a incluir cada vez mas pueblos musulmanes en su imperio, tales como los Cherquesos, Chechenos, y Daguestanos del Cáucaso, los Azerís y Turkmenos de la meseta persa, y los Uzbekas, Tayikos, Kazakos, y Kirguices de Asia Central. La era imperial rusa fue una época a la vez de violencia y convivencia entre religiones. Por un lado, Kazán, la capital tártara a orillas de la Volga, se volvió uno de los principales centros de manifestación del poder imperial ruso—en particular desde el punto de vista de la dominación rusa ortodoxa sobre los tártaros musulmanes. Mientras que “Nuestra Señora de Kazán” pasó a ser una madre patrona de los Rusos, habiéndosele dedicado gloriosas catedrales en Moscú y San Petersburgo, los tártaros de la Volga sufrían persecuciones religiosas mientras que se les prohibía la construcción de mezquitas. No fue hasta el siglo XVIII, bajo la autoridad de Caterina la Grande, que se construyó la Mezquita Märcani en Kazán, la primera desde la conquista rusa. Esto se realizó en el contexto de una apertura hacia la tolerancia religiosa, mediante el decreto del Sínodo Sagrado “Sobre la Tolerancia de todos los Cultos Religiosos” de 1773, y el reconocimiento oficial de la libertad de culto para los musulmanes en 1788. Sin embargo, el siglo XIX vio la prolongación de esta ambivalencia entre tolerancia y represión. Por un lado, la conquista del Cáucaso se tornó en un baño de sangre: los Cherquesos, habitantes musulmanes originales del Cáucaso del Noroeste, fueron en su gran parte masacrados, y la mayoría de los sobrevivientes huyeron al Imperio Otomano, sus descendientes habitando hoy en día en Turquía, Siria y Jordania. Estos reclaman hasta el día de hoy el reconocimiento internacional del “Genocidio Cherqueso.” Por otro lado, los vasallos de Asia Central, y en particular los Kanatos de Jiva y Bujará, gozaban de un alto nivel de autonomía, y continuaron con su tradición literaria y religiosa perso-islámica hasta la llegada del comunismo.Verde Oscuro: Repúblicas Musulmanas en la Federación Rusa; Verde Claro: Ex-Repúblicas Soviéticas Musulmanas; Morado: Resto de Rusia; Rosado: Ex-Repúblicas Soviéticas Cristianas

La era Soviética llevó a una reconfiguración radical de la relación entre cristianos y musulmanes dentro de la superpotencia socialista. Por un lado, el ateísmo soviético limitaba el culto religioso tanto entre musulmanes y cristianos. Por otro lado, el gobierno central soviético reescribió las historias de todas las naciones constituyentes de la Unión Soviética bajo un cuadro marxista de lucha entre clases, para así formar una identidad supranacional soviética. De este modo, las culturas uzbeka, tayika, azerbaiyana, armenia, georgia, kazaka, y tártara—para solo mencionar algunas—aportaban cada una a la diversidad nacional, cultural y étnica del imperio soviético. Las autoridades soviéticas cursaban una fina línea entre la definición nacional de sus repúblicas y la dominación de estas por el estado centralizado en Moscú. Mientras que en algunos momentos las autoridades centrales impulsaban sentimientos nacionalistas en sus repúblicas musulmanas, tal y como sucedió en Azerbaiyán durante la Segunda Guerra Mundial en un esfuerzo soviético de anexar las provincias iraníes de población azerbaiyana, las autoridades soviéticas también recurrían a castigar colectivamente otros pueblos que acusaban de “chovinismo,” tal y como sucedió con los tártaros de Crimea, deportados en su mayoría hacia Asia Central.

Sin embargo, este balance entre impulso nacionalista (en un proceso denominado “arraización”) y represión cultural (la denominada “rusifiación”) se rompió en la última década soviética, cuando la crisis económica y el estancamiento soviético se manifestaron en el creciente resentimiento de las repúblicas hacia el gobierno central. Los subsecuentes movimientos de movilización nacionalista llevaron a la caída del estado soviético y su fragmentación en 15 repúblicas independientes. Esto ha tenido dos impactos mayores sobre la Rusia de hoy en día. Por un lado, la movilización nacionalista anti-soviética no se limitó a las 15 repúblicas socialistas soviéticas, sino que también se expandió entre los sujetos federales de la República Rusa. Dos sujetos federales rusos, la República de Chechenia y la República de Tartaristán, declararon simultáneamente su independencia de Rusia, y aprovecharon del caos reinante para establecer sus propias relaciones diplomáticas en el extranjero como estados independientes. Por otro lado, millones de ciudadanos de las nuevas repúblicas independientes de Asia Central y el Cáucaso—las áreas mas pobres y con mayores conflictos armados en el espacio post-soviético—emigraron masivamente hacia Rusia, país al que consideraban que aún pertenecían. Así nacieron los retos de los movimientos secesionistas y de la inmigración que marcan fuertemente hoy en día el panorama de la nueva Rusia frente al Islam.

Por Marino Auffant, Miembro Local del CDRI

Las Relaciones Exteriores de Indonesia

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

altIndonesia, oficialmente la República de Indonesia, es un país insular ubicado entre el Sureste Asiático y Oceanía. El archipiélago indonesio comprende cerca de 17.508 islas, donde habitan más de 237 millones de personas, convirtiéndolo en el cuarto país más poblado del mundo. Además, es el país con más musulmanes del planeta.
Es una república presidencialista, con un poder legislativo y un presidente elegidos por sufragio. El actual mandatario es Susilo Bambang Yudhoyono. El gobierno tiene su sede central en la ciudad de Yakarta, la capital. Pese a ser un archipiélago, el país comparte fronteras terrestres con Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental y Malasia. Otros países cercanos a Indonesia incluyen a Singapur, Tailandia, Filipinas, Palau, Australia y el territorio indio de las Islas de Andaman y Nicobar.
A través de sus numerosas islas, el pueblo indonesio está conformado por distintos grupos étnicos, lingüísticos y religiosos. Los javaneses son el grupo étnico más grande y políticamente más dominante.

 

altRelaciones Exteriores
Desde su independencia el 17 de agosto de 1945, la política exterior indonesia ha seguido una línea libre y activa, en busca de jugar un papel protagónico en los principales asuntos regionales, pero esquivando verse implicada en conflictos entre las principales potencias. La denominada política de “Nuevo Orden” del gobierno del Presidente Suharto se distanció de la línea crítica estridente anti-occidente y anti-norteamericana de su predecesor Sukarno. Según el principio del “Nuevo Orden”, los vínculos externos de Indonesia se basan en la cooperación económica y política con las naciones occidentales. Incluso, en la aplicación de tal visión, el gobierno de Suharno dio un giro en la postura de Indonesia –calificada anteriormente de principios- en el Movimiento NOAL, el cual hizo evidente cuando presidió ese conglomerado de países de 1992 a 1995. Tras la expulsión del poder de Suharto en 1998, el gobierno indonesio conservó, sin embargo, los lineamientos generales de su política exterior independiente y moderada, y de mayor acercamiento a Occidente, en particular a Estados Unidos, con el cual mantiene lo que denomina asociación integral. Preocupaciones y complicaciones de tipo interno, no han impedido que sucesivos presidentes hayan viajado al exterior y que este país participe en múltiples foros. La invasión indonesia de Timor Leste en diciembre de 1975 y sus posterior anexión en 1976, así como el posterior referendo sobre independencia en agosto de 1999 luego de un movimiento independentista de resistencia nacional en esa pequeña nación insular, tensó las relaciones de Yakarta con la comunidad internacional. En los últimos 3 años, el gobierno indonesio ha asumido una postura de buena vecindad con Timor Leste.
Actualmente, Indonesia mantiene estrechas relaciones con sus vecinos en Asia y es un miembro fundador de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), de la cual es su presidente durante este año y sede de su secretaría general, y la Cumbre de Asia Oriental. En 1990, el país restauró las relaciones con China, después de que Suharto congelara las relaciones con los países comunistas. Indonesia es miembro de las Naciones Unidas desde 1950, y fue uno de los fundadores del Movimiento de Países No Alineados (NOAL) y de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) en la cual ha ejercido una influencia de moderación. Igualmente, es sede de la secretaría general del Foro de Cooperación América Latina-Asia del Este (FOCALAE) en el cual se muestra muy activo como anfitrión de varias citas regionales. Además, Indonesia es signatario del acuerdo del Área de Libre Comercio de la ASEAN, el Grupo Cairns y la Organización Mundial del Comercio, así como integrante del foro de la APEC y participa en el G-20, y en múltiples organizaciones y agencies de la ONU. Anteriormente, Indonesia formaba parte de la OPEC, pero se retiró en 2008, debido a que ya no es un exportador neto del crudo.


El Ministerio de Asuntos Exteriores de Indonesia se ha fijado nueve objetivos o misiones para el período 2010 al 2014:
1. Mejorar las relaciones bilaterales y regionales, así como una cooperación en varios sectores, a fin de promover los intereses nacionales.
2. Asumir un papel más significativo y de liderazgo en la cooperación dentro de la ASEAN, y participar en el proceso de integración de la Comunidad ASEAN, prevista para el 2015 la cual beneficie a Indonesia y contribuir a que sea independiente, desarrollada, unida, democrática, segura, justa y próspera.
3. Incrementar la diplomacia multilateral para lograr una Indonesia más segura, más pacífica, independiente, desarrollada, justa y próspera.
4. Crear una imagen más positiva de Indonesia a través de la diplomacia pública.
5. Optimizar la diplomacia con la confirmación de los instrumentos legales y los acuerdos internacionales, en un esfuerzo para proteger el interés nacional.
6. Brindar mejores servicios, que sean rápidos, corteses, simples, transparentes y responsables en sus dependencias protocolares, consulares y diplomáticas, así como en la protección de los ciudadanos indonesios y sus las entidades del país en el exterior.
7. Formular y seguir una política exterior dirigida a lograr los intereses nacionales.
8. Mejorar la supervisión interna a fin de crear un aparato limpio y organizado en el Ministerio.
9. Mejorar la administración del Ministerio, para que sea transparente, responsable y profesional, en aras de que apoye el éxito en la implementación de la política exterior.
Actualmente, Yakarta acoge a 89 embajadas, al tiempo que otros 45 países mantienen concurrencias con embajadores acreditados desde otras capitales.


En los últimos 15 años, aunque signadas por la distancia geográfica, Indonesia ha incrementado sus relaciones con América Latina, y existe un creciente comercio, en particular con Brasil, México, Chile y últimamente con Venezuela. También, Indonesia posee una desarrollada industria ebanista, y vende muchos muebles a destinos del Caribe, especialmente para hoteles de playa, y unos de estos es la República Dominicana que goza de un creciente comercio en esta rama del negocio del turismo.
Nueve países latinoamericanos tienen embajadas en Yakarta: Argentina, Brasil, Chile, Cuba, México, Panamá, Perú, Surinam y Venezuela, mientras Bolivia, tiene Embajador acreditado concurrentemente desde Beijing; Colombia y El Salvador desde Nueva Delhi; Ecuador, Paraguay y Jamaica desde Tokio; Guatemala, Nicaragua y la isla de Dominica desde la ONU en Nueva York; Santa Lucia y San Vicente y las Grenadinas desde Washington y Uruguay desde Kuala Lumpur, en Malasia.
Por su parte, Indonesia opera embajadas en 11 países de América Latina: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Panamá, Perú, Surinam y Venezuela.
Existe una emigración javanesa en Surinam desde los tiempos holandeses y de ahí los lazos cercanos entre estos dos países.
En 2000, Indonesia realizó un intento por establecer relaciones diplomáticas con la República Dominicana, pero nunca se llegó a concretizar el acuerdo de formalizacion de las Relaciones, y no se firmó en esa ocasion, el gobierno dominicano ha insistido recientemente en reactivar esa iniciativa de Indonesia, aun no se ha logrado formalizar las relaciones diplomaticas bilaterales, aunque existe una ctivo Comercio entre ambos paises.
A principio de mayo, Indonesia fue la sede de la Cumbre de la ASEAN como su presidente este año, la cual representó una oportunidad para que Yakarta pudiera mover sus piezas en la consecución del objetivo de jugar un protagonismo en la región, en particular cuando ese bloque se encamina a crear la comunidad –para el 2015, pero fue a su vez constituyó un fuerte desafío debido al conflicto desatado por la disputa territorial entre Tailandia y Cambodia. Incluso, Yudhoyono se reunió en privado con los primeros ministros Abhisit Vejjajiva y Hun Sen al margen del evento. Luego de ingente mediación, que incluyó, además, un encuentro entre el ministro camboyano de Asuntos Exteriores Hor Namhong, y su homólogo tailandés Kasit Piromya, las partes en conflicto acordaron permitir el despliegue de observadores indonesios en la zona de la frontera que ambos países se disputan para verificar el alto el fuego, y así encauzar una solución del conflicto que ha desencadenado combates entre sus respectivas tropas con saldo de decenas de muertos por ambos lados. Este resultado representó sin dudas un punto a favor de la política exterior de Indonesia.
De hecho, en aras de lograr establecer la comunidad, la región necesita apuntalar la paz y la estabilidad en la región, expandir el comercio como base del desarrollo y convencer a sus propios pueblos de la relevancia de esta identidad regional, y al tanto de tales necesidades, Indonesia actuó en consecución durante la Cumbre ASEAN.


Economíaalt
Indonesia es la economía más grande del sudeste asiático por su numerosa población, aunque en términos proporcionales de índice de desarrollo en su entorno está por debajo de Singapur, Malasia, Tailandia y Brunei. Es miembro del G-20 y su Producto Interno Bruto (PIB) sobre precios corrientes se estima en 776.976 millones de dólares, con un crecimiento del 6.2% en lo que va de año, una inflación del 5.8% y un desempleo del 7%. El PIB nominal per cápita se calcula en unos US$ 3.270 y el PIB PPA per cápita de US$ 4.647. El sector de servicios es el sector económico más grande, representando el 45.3% del PIB. Este es seguido por la industria (40,7%) y la agricultura (14,0%). Sin embargo, la agricultura emplea a más personas que otros sectores, ocupando el 44,3% de los 95 millones de trabajadores del país. Esto es seguido por el sector de los servicios (36,9%) y la industria (18,8%). Las industrias principales incluyen la petrolera y del gas natural, la textil y la minería; mientras que entre los principales productos agrícolas se encuentran el aceite de palma, el arroz, té, café, especias y goma. En los servicios, el turismo juega un papel preponderante. El 35 por ciento de los turistas extranjeros que visitan este inmenso archipiélago proceden de los países de su entorno, en particular de los estados de la ASEAN. El resto básicamente provienen de China, Japón, Australia, Europa y Estados Unidos.
Indonesia fue el único miembro del G-20 que registró un crecimiento durante la crisis financiera global de 2008-09. La administración del presidente Yudhoyono introdujo significativas reformas para animar el crecimiento económico. Entre ellas estuvieron el desarrollo de capital de mercado, el uso de los bonos del Tesoro, así como reformas tributarias y aduanales para incentivar el comercio. Durante el 2009, Indonesia exportó un volumen de 115 mil 600 millones de dólares, el cual fue inferior a los 139 mil 300 millones de 2008. El valor de las importaciones también decreció de 116 mil millones de dólares en 2008 a 86 mil 600 millones en 2009. Para evitar un desbalance de la cuenta corriente, y así impedir un aumento del déficit comercial, tradicionalmente los gobiernos indonesios han restringido las importaciones en épocas de baja en las ventas al exterior.
Los principales mercados de exportación de Indonesia son Japón (22,3%), Estados Unidos (13,9%), China (9,1%) y Singapur (8,9%); mientras que la mayoría de las importaciones provienen de Japón (18,0%), China (16,1%) y Singapur (12,8%). El país posee una amplia variedad de recursos naturales, incluidos el petróleo crudo, gas natural, estaño, cobre y oro. Las principales importaciones de Indonesia incluyen la maquinaria y equipos, productos químicos, combustibles y productos alimenticios.
Japón se mantiene como su principal socio mercantil y como el principal inversionista extranjero. En 2008, firmaron el Acuerdo de Asociación Económica, que es el primer convenio de libre comercio de Indonesia. En virtud de ese pacto, los productos de Indonesia gozan de exenciones tributarias del 90% en el mercado nipón.


Por Hans Dannemberg Castellanos, Coordinador Regional del CDRI para Asia

El Nuevo Estado de Sudán del Sur y su Impacto Regional

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

altA raíz del referendo de autodeterminación organizado en enero 2011, Sudan del Sur accederá a la independencia de la República de Sudán el próximo 9 de julio de 2011. La separación del norte y sur se impuso con 98,83% de los votos y con una participación de más del 80% de los electores inscritos. El nuevo estado tiene como capital la ciudad de Juba, y tendrá fronteras con Etiopia al este, Kenia, Uganda y la República Democrática del Congo al sur, la República centroafricana al oeste y Sudán al norte.
Al analizar el caso de Sudan, es importante remontar a su historia colonial para esclarecer las razones que conllevan a la división del país más grande del continente africano. Durante su período pre colonial, Sudan ha estado dividido entre el norte de tradición y cultura árabe, y el sur de identidad africana. Estas dos regiones han coexistido divididas en términos lingüísticos, religiosos, raciales y económicos lo cual ha generado tensiones étnicas en repetidas ocasiones a lo largo de su historia. La marginalización geográfica de los pueblos del sur de Sudan de la capital del norte, Jartum, también ha impedido la integración de esa región en la vida política, económica y social del país.
La ocupación del Imperio Británico en Sudan, que inicia en 1899 hasta 1955, tuvo un impacto determinante en la historia del país. Luego de que las tropas inglesas lograran unificar las tribus del país tras campañas sangrientas como fueron la revuelta nacionalista del líder religioso Muhammad ibn Abdalla, el Mahdi o el Mesías, en la cual el General británico Charles George Gordon fue asesinado en 1885, y la batalla del General Horatio Kitchener en Omdurmán en 1898, la cual consolidó el dominio inglés, se puso en marcha un programa de reformas y modernización del estado el cual estuvo concentrado mayormente en la capital Jartum. El Imperio Británico fue el primero que trazó oficialmente la línea divisoria entre norte y sur estableciendo administraciones gubernamentales separadas para cada región.
En la década de los años 20, el gobierno colonial desligó inexorablemente el norte y el sur imponiendo una serie de medidas restrictivas como fueron el uso de pasaportes para pasar de una región a la otra, y la exigencia de permisos laborales especiales para llevar mercancía entre una región y la otra. Durante este periodo, los ingleses también fortalecieron las diferencias étnicas y culturales instituyendo el uso oficial del idioma árabe e inglés en el norte, y el uso de idiomas tribales y el inglés en el sur. La religión islámica no fue prohibida durante esta época, pero si era desalentada por el imperio, que al mismo tiempo permitía la labor de misionarios cristianos en el sur. Gradualmente, el gobierno colonial desplazó a los mercaderes y funcionarios árabes del sur hacia el norte y finalmente, en 1930, el gobierno colonial emitió una directiva mediante la cual el pueblo del sur era considerado étnicamente diverso (a diferencia del norte musulmán) y por ende debía ser integrado dentro la colonia imperial del Este de África (East Africa Company) – el objetivo del poder colonial era establecer el norte como estado independiente y anexar el territorio del sur de sudan a sus colonias en el este de África.
En 1953, Egipto y el Reino Unido concluyeron un acuerdo bajo el cual establecía la independencia y autodeterminación del gobierno sudanés y el país obtuvo su independencia en 1956. Como era de esperarse, el sur se vio ampliamente sub representado en el nuevo gobierno, ocupando un 2 por ciento de los puestos del nuevo gobierno. Poco tiempo después, las autoridades en Jartum renegaron su promesa de establecer un gobierno federal representativo lo cual fue visto en el sur como un acto de traición. Por consiguiente, el país sucumbe a una larga y sangrienta guerra civil que durará diecisiete años (1955-1972).
Durante el periodo de la primera guerra civil, se suceden una serie de gobiernos liderados por la mayoría musulmana que no logra ningún avance en la reconciliación de ambas regiones y cuyas medidas exacerban las diferencias étnicas. En 1969, a raíz de un golpe de estado, el Coronel Jafaar Numeiri llega al poder y en 1972 logra la formación de un gobierno de unidad nacional impartiendo una serie de medidas conciliatorias que incluyen la liberación de prisioneros de guerras y la inclusión de representantes del sur en las primeras elecciones parlamentarias en más de tres décadas. No obstante, el sur no logra representación significativa en el nuevo gobierno y las luchas internas perduran. En 1983, Numeiri instituye la sharia, ley islámica, en la constitución lo que conduce al estallido de la segunda guerra civil en Sudán (Numeriri sale del poder en 1985).
En 1989, Omar Al Bashir asume el poder como representante del Frente Islámico y la guerra entre norte y sur continua hasta el 2003, cuando un nuevo levantamiento surge en la región occidental de Darfur a manos de un grupo de rebeldes que acusaron al gobierno central de descuidar la región. El gobierno logra aplacar a los rebeldes en 2005, con ayuda de las milicias “janjaweed”, las cuales según organizaciones internacionales humanitarias fueron responsables de la masacre de miles de sudaneses. Cabe destacar que en 2009 la Corte Penal Internacional emitió una orden arresto contra el Presidente Omar al Bashir con el cargo de genocidio responsabilizándole por las atrocidades cometidas contra los rebeldes en Darfur.
Luego de un progreso substancial en las negociaciones entre el norte y el sur durante 2003 y 2004 con la mediación de la comunidad internacional, finalmente se logra la firma de un tratado de paz en 2005 que estipulaba, entre otros puntos, un periodo de seis años de autonomía para el sur de Sudan culminando en un referendo sobre la secesión en 2010. El referéndum de 2011, el cual transcurrió en un ambiente pacífico, puso fin a una de las guerras civiles más sangrientas de la historia entre el norte, de mayoría árabe y musulmana, y el sur, rico en petróleo y de población negra con creencias tradicionales africanas y cristianas. Según las Naciones Unidas, cerca de dos millones de personas murieron a causa del conflicto y más de cuatro millones resultaron desplazados. No obstante, antes de la oficialización del nuevo estado de Sudan del Sur el próximo 9 de julio, ambas partes aún deberán negociar la repartición de los ingresos del petróleo, la única fuente de divisas del sur, que a su vez carece de acceso al mar. En los últimos meses, estas negociaciones han sido entorpecidas por una nueva oleada de violencia en ciudades ubicadas en la frontera de los dos estados.

IMPACTO DEL REFERENDUM
El referéndum se considera como un evento de una importancia capital en el continente africano ya que por la primera vez se cuestiona el artículo 4b de la Carta de la Organización de los Estados Africanos que proclama el carácter irreversible de las fronteras heredadas de la colonización. La única excepción a este principio había sido la Independencia de Eritrea en 1993. Sin embargo, esta excepción era solo aparente, ya que por un lado la Eritrea italiana había sido desde su creación en 1890 una colonia italiana separada de Etiopía. Los intentos de secesión en 1961 de Katanga en el Congo y en 1967 de Biafra en Nigeria fueron un profundo fracaso tanto en la práctica como en la aceptación de la comunidad internacional de la secesión. Igualmente los intentos de independencia de dos antiguas colonias, el Sahara español y el Somaliland británico, aun no han podido obtener el reconocimiento de su estatuto y han sido anexadas por sus vecinos.
El caso de Sudán se manifiesta como una decisión radical en el sentido de que se trata de un territorio que nunca fue una colonia con un perímetro definido y que accede a la Independencia a raíz de un acuerdo de paz internacionalmente reconocido. Esta independencia no ha sido fácil de aceptar dentro del seno de la Unión africana. Como lo planteó el Presidente de Chad, Idris Déby, meses antes del referendo: “El problema es que todos tenemos nuestros Sudán del Sur”. El Presidente Déby se refiere a los movimientos separatistas africanos como el de Ambazonia en Camerún, Casamance en Senegal, Cabinda en Angola, la franja de Caprivi en Namibia, entre otros.
Aunque el referéndum contó con el apoyo de la comunidad internacional, y en particular de los países africanos, el concepto de una paz duradera entre norte y sur parece ser poco realista. Pues si bien antes del referendo se consideraba que Sudan del Sur, de lograr su independencia, sería un estado fallido compuesto de una multitud de etnias y arropado por tensiones ya palpables, ahora se evoca el riesgo de desintegración de Sudán del norte. A raíz de las revoluciones egipcias y tunicina se podría ver una oposición democrática enfrentada al gastado poder islamista en el norte. Por otro lado se podría esperar el recrudecimiento de las reivindicaciones de las fuerzas regionalistas del norte inspiradas por la independencia del sur.
Los países vecinos como Etiopía, Eritrea, Kenia, Uganda, Chad, República Democrática del Congo observan desde muy cerca la evolución del proceso post referéndum, pues la fragilidad del nuevo estado representa un riesgo en términos de seguridad. Varios de estos países temen un conflicto interno en el Sur de Sudán y temen aún más la incapacidad del nuevo gobierno de controlar efectivamente su territorio y que este sea usado por rebeldes como base para resguardarse y atacar. Un ejemplo de esto es el caso de Uganda que recién posicionó fuerzas militares en el interior del Sur de Sudán ya que teme que los rebeldes del Lords Resistance Army (LRA) utilicen el nuevo estado como base desde la cual lanzar sus ataques contra el gobierno de Uganda.
Muchos consideran que el conflicto en Sudán esta aun lejos de su fin dada la reciente decisión de los dirigentes del sur de suspender el diálogo con el Presidente Omar El Bashir acusando a éste de complotar contra la independencia definitiva del país prevista para julio 2011. Esta última acusación surge luego de la muerte de más de 100 personas en Malakal, capital del estado del Alto Nilo en Sudan del Sur en enfrentamientos entre facciones armadas del sur y del norte. Recientemente, las tensiones han escalado a un nivel más crítico tras la amenaza del Gobierno del Sur de cortar el suministro de petróleo al norte, en represalia a la masacre de Malakal. (Aproximadamente 80 por ciento del petróleo de Sudan es extraído en los pozos del sur y exportado vía conductos hacia el norte donde es refinado).
Otra amenaza a la paz en Sudan es la problemática del estatus de Abiyei, una región petrolera de unos 10.000 kilómetros cuadrados situada entre Sudán y Sudán del Sur, quien debía haber celebrado un referéndum en febrero sobre si se sumaba a la independencia del Sur o permanecía en Sudán. Sin embargo, las discrepancias han impedido hasta ahora la consulta. Los recientes conflictos en esta región, que elevan el numero de víctimas a más de 800 y han destrozado la ciudad y desplazado a decenas de miles de personas, pudieran arrojar a Sudan a una nueva guerra civil debido a la amenaza que impone el conflicto sobre el acuerdo de paz firmado en 2005. Las partes en conflicto, el Partido Nacional del Congreso (NCP) y el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (SPLA), son los mismos que firmaron el acuerdo de paz hace cinco años. Sin embargo, la región de Abyei continúa siendo el aspecto más delicado del acuerdo. Y tanto la Unión Africana como la comunidad internacional han puesto una presión sobre ambas partes para el retiro completo de sus tropas.
Recientemente en un informe presentado ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el Coordinador Regional de la Misión de las Naciones Unidas en Sudan, David Gressly, expresó su profunda preocupación por la escalada de conflictos entre las facciones armadas, y en particular, por la escalada de violencia en la región de Abiyei. En su reporte al Secretario General, declaró que “la violencia que se evidencia en la región del Alto Nilo continua siendo una de las preocupaciones urgentes de nuestra Misión. La causa principal de esta última ola de enfrentamientos se debe al fracaso total de reintegración de estas fuerzas luego de dos décadas de guerra civil entre el norte y el sur del país.” Las declaraciones del Sr. Gressly arrojan múltiples dudas sobre la voluntad política de los dirigentes de ambas regiones de poner fin a la guerra e iniciar la reconstrucción de sus respectivos estados.

Por Maria Gabriella Bonetti, Coordinadora Regional del CDRI para África

¿Qué son los BRICS?

Escribir un correo electrónico Imprimir PDF

altBRICS es el acrónimo que identifica a un grupo, que hoy integran cinco países, y que originalmente formaron Brasil, Rusia, India y China. Este año, luego de obtener en 2010 estatuto de observador, Suráfrica lo integró como miembro pleno. Desde el punto de vista económico, los cinco están en un estado similar de mercado emergente por su desarrollo económico.

El comercio entre los miembros del BRICS de 2001 a 2010 creció 15 veces, y actualmente asciende a 230 mil millones de dólares. Entre los cinco países tienen una población total de casi tres mil millones de habitantes, que equivale al 43 por ciento de toda la población mundial de dólares, y su territorio abarca el 25 por ciento del globo terrácleo. Además, sus economías generan 11 millones de millones de dólares, que representa el 16 por ciento del Producto Interno Bruto del mundo. Así mismo, mueven un comercio por un valor de cuatro millones 600 mil millones de dólares, igual al 15 por ciento del flujo comercial internacional.

Su relevancia económica tiene cada vez más un mayor peso en la economía mundial, al tiempo que aumenta su influencia política en los asuntos internacionales. Los cinco integran el Grupo de los 20, que reúne a las principales economías del planeta. Estos cinco países se recuperaron rápidamente de la crisis global que estalló en 2008, lo cual demostró que no son tan vulnerables a las “decaídas” de Estados Unidos y Europa. Ante un mundo industrializado afligido económicamente que evade hacer negocios, estas cinco naciones optaron entonces por comerciar entre ellas y otras economías en desarrollo, lo cual los salvó de las peores consecuencias del colapso económico global. En ese camino, buscan cada vez más tener una influencia política en la arena internacional, como por ejemplo lo evidencia la declaración que emitieron en su Cumbre en la isla china de Hainan sobre la crisis y la intervención militar de la OTAN en Libia, en la cual rechazaron el uso de la fuerza en la solución de los conflictos, al reiterar su preocupación por los acontecimientos en el Medio Oriente y África del Norte y Occidental.

Estos cinco países no integran una alianza política, como la Unión Europea o cualquier otra asociación comercial como la ASEAN. Sin embargo, han dado pasos para incrementar su cooperación política, en especial como una vía para influir sobre la posición de Estados Unidos en acuerdos mercantiles de envergadura, o para conseguir concesiones políticas de Washington, como el convenio de cooperación nuclear que selló la India con Estados Unidos, con el cual Nueva Delhi logró retornar al mercado internacional de combustible y materiales nucleares muy necesario para poder desarrollar su programa electro-nuclear.

Algunos de los países más desarrollados del denominado grupo de los Próximos 11 (N-11), según una clasificación de la institución bancaria e inversionista Goldman Sachs, en particular Turquía, México, Nigeria e Indonesia, son vistos como probables contendientes a sumarse al BRICS. El N-11 incluye, además de esos cuatro ya mencionados, a Bangladesh, Egipto, Irán, Pakistán, Filipinas, Surcorea y Vietnam. Se estima que estos países figuren en el siglo XXI entre las principales economías del mundo. Goldman Sachs realizó su clasificación en 2005 a partir de las perspectivas de inversión y futuro crecimiento de estos estados. La crisis global no había estallado aún.

Según opina Goldman Sachs, China y la India se convertirán en suministradores globales dominantes de productos manufacturados y servicios, mientras Brasil y Rusia lo harán en materias primas. No obstante, hace la salvedad de que entre los cuatro países, Brasil se muestra como la única nación que tiene la capacidad para dominar esos aspectos, la industria, los servicios y la suministración de materias primas.

Por Hans Dannenberg, Coordinador Regional del CDRI para Ásia

Página 4 de 7