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ANALISIS


Los Fraudes Cibernéticos ¿Una batalla perdida?

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altEn estos tiempos que vivimos, el Internet y las redes sociales son medios vitales de educación, liberalización y hasta democratización de los Estados. Los avances de la tecnología y del Internet nos han traído muchas satisfacciones que facilitan nuestras vidas: la capacidad de socializar a través de una comunicación instantánea, el intercambio de datos, la posibilidad de realizar transacciones comerciales, utilizar los servicios bancarios y el acceso a cuantiosas informaciones con tan sólo un “click”. No obstante, con estos avances el crimen organizado ha desarrollado nuevas técnicas para engañar a las personas y obtener ganancias financieras. Esta transformación exitosa de los delitos tradicionales en otros más modernos a través de Internet se le conoce como delitos cibernéticos.

¿Qué se entiende por delitos cibernéticos?

El término “ciber” se utiliza comúnmente para describir el ambiente virtual que se percibe asociado al Internet . La definición de crímenes cibernéticos es muy amplia y abarca tanto la pornografía infantil, crímenes que promuevan el odio (hatecrimes en inglés, por ejemplo propagandas Nazis o discriminación y difamación racial), ciber terrorismo, ciber traspaso (invasión en una red o computadora perteneciente a otra persona), delitos ciber destructivos (cuando los servicios de red se interrumpen y los datos se dañan o se destruyen en lugar de ser robados o mal utilizados. Este tipo de delito incluye vandalismo cibernético para sabotear un equipo de otra persona).

Los crímenes cibernéticos incluyen estafa, chantaje, robo, hurto, matoneo virtual y acoso cibernético (cyber bullying).
Las Naciones Unidas, en su manual sobre la Prevención y Control de Crímenes Informáticos hace inclusión del fraude, la falsificación y el acceso no autorizado, en su definición de crimen cibernético. Dada la complejidad de todas las definiciones los autores utilizan diferentes subcategorías para clasificarlos pero a nuestro entender la más sencilla es la que los divide en: a) delitos contra la propiedad, b) contra la moral, c) contra la persona y d) los delitos contra el Estado . Los fraudes cibernéticos pertenecen a la primera categoría, pues son dirigidos a personas jurídicas y morales (individuos y empresas) con el fin de obtener ganancias financieras.

¿Por qué hay tantos fraudes en el Internet?

Los delitos cibernéticos constituyen hoy una preocupación mundial. Muchas naciones del mundo están cambiando su política y legislaciones para combatir adecuadamente estos crímenes. Los Estados Unidos están tratando de reclutar 10,000 "ciberguerreros" de elite para combatir el problema. El pasado noviembre 2011, Londres fue anfitrión de la conferencia de seguridad en el ciberespacio con más de 60 naciones que tenían la prioridad de obtener ideas de cómo combatir los crímenes cibernéticos.

A nivel mundial hay más de 2,267,233,742 de usuarios en el Internet una cifra que va creciendo cada año. Durante el año 2008, 3.6 millones de actos criminales se llevaron a cabo en línea (más de uno cada diez segundos). Y es que los beneficios económicos y personales son la principal motivación para los fraudes electrónicos. Se argumenta que este medio es la forma más simple, eficaz y menos costosa para realizar rápidos ataques a gran escala y de manera global contra una cyber-comunidad.

El uso de métodos tales como correos electrónicos y páginas web elimina la necesidad de una comunicación cara a cara, lo que es muy atractivo para los delincuentes ya que prefieren conservar un alto nivel de anonimato. De esta forma además se reduce la percepción de riesgo para el autor del fraude y aumenta la apariencia de legitimidad de cualquier servicio a una víctima potencial. Un hacker o pirata cibernético es una persona que se complace en tener un profundo conocimiento del funcionamiento interno de un sistema, las computadoras y la red informática, en particular. Los hackers atacan a compañías, personas e instituciones del gobierno haciendo que su sistema se desplome. Ya cuando la red es vulnerable ellos manipulan información, roban datos y dinero de las cuentas.

Al comienzo de la década de los 80 estos piratas cibernéticos eran impulsados por las creencias éticas tales como “toda la información debe ser libre” parecido a la filosofía de “Wikileaks” incluso hoy en día existen “Hactivistas” (hackers activistas) que quieren convertirse en los policías cibernéticos como “Anonymous”. No obstante la mayoría de los criminales cibernéticos no son hackers de convicción sino de conveniencia.

Es muy curioso, según un reporte de Symantec que incluso miembros de la organización de hackers y crackers Anónimos fueran defraudados por otros hackers instalando un malware llamado Zeus el cual revelo sus datos bancarios e informaciones personales. Si esos expertos pudieron ser engañados ¿Qué impediría que fuéramos sus víctimas?

Anonymous en una de sus cuentas de Twitter (@YourAnonNews) alegó el 1 de marzo 2012 que esa información no era cierta. De todas formas es difícil que unos reputados hackers admitan ser engañados por colegas.

La batalla en el espacio cibernético está realmente perdida. Cada día nacen miles de virus en sus distintas formas, dentro de ellos hay virus espías (spyware) que tienen el fin de introducirse en nuestras computadoras para obtener información sin que nos demos cuenta y remitir sin nuestro consentimiento la información recopilada a un servidor que puede estar a miles de kilómetros de distancia y posiblemente en otra jurisdicción. Con esa información los defraudadores pueden exponer nuestros datos personales, venderlos o utilizarlos para robar de nuestras cuentas bancarias.

Los Malware son programas maliciosos (en inglés Malicious Software) o códigos informáticos que pueden destruir nuestro sistema. No todos los virus son detectados ni todos los fraudes son reportados. De todas formas compañías de antivirus utilizan sus recursos para investigar un aproximado. Symantec registró más de 3 mil millones de ataques de malware en el 2010. En el mismo año encontró más de 286 millones de variantes únicas en su especie de malware. El volumen de ataques en la web por día aumentó en un 93% en 2010 respecto al 2009. Según PandaLabs hay más de 40 millones de ejemplares de malware y reciben un promedio de 55,000 muestras nuevas por día. Hemos visto que hasta instituciones con altos niveles de seguridad como la NASA han podido ser invadidas varias veces. En el 2011 los hackers pudieron ganar un control funcional completo de las principales computadoras del Jet Propulsión Laboratory (JPL) y pusieron en peligro las cuentas más privilegiadas de los usuarios del JPL.

Ministros y funcionarios se han visto en situaciones similares a nivel mundial. En enero de este año el Ministerio de Defensa del Reino Unido reconoció que había sido víctima de una infección que había afectado a la marina británica “Royal Navy”. El 18 de enero, un ataque DDoS dejó a la República Kirguisa (Kirguistán) sin Internet durante más de una semana .

¿Qué podemos hacer para comenzar a defendernos?

Existen innumerables formas de cometer fraudes cibernéticos y el problema más grave es que no hay como detener la creación de estos virus a la misma velocidad que se van produciendo.

Los individuos deben incurrir en gastos personales para comprar antivirus y muchas veces son engañados con falsos antivirus en el Internet los cuales son malwares y spyware que en vez de hacer una función de defensa hacen todo lo opuesto.

Los ciber delincuentes a través de Spams nos envían mensajes usualmente persuadiéndonos para que demos nuestros datos. Por lo general son historias de personas necesitadas y aprovechan catástrofes mundiales como el terremoto de Haití para engañar a personas generosas.

El spam suele enviar un hipervínculo para una página web infectada (a eso se le llama Phishing) o quizá un documento adjunto que al descargarse puede instalar un malware.

Una nueva medida es utilizar links acortados para despistar a los usuarios y ponerlos en redes sociales. Lo recomendable es no darle click y usar el sentido común para no caer en esos trucos. Los nombres de instituciones bancarias son frecuentemente utilizados para enviar correos electrónicos falsos a posibles usuarios exigiéndoles activar sus cuentas poniendo sus códigos de seguridad, es ahí donde muchas personas son estafados.

La población necesita educación sobre las artimañas que los delincuentes utilizan para que estén alerta. La naturaleza del crimen involucra un conocimiento tecnológico que va intrínseco con esta generación electrónica. La gran mayoría de los criminales son jóvenes que tienen habilidades informáticas que nuestras autoridades no tienen. A esto hay que añadirle un tema de remuneración. A nivel mundial, las ganancias de los hackers son mucho más atractivas que la de nuestros policías lo que provoca que muchos se sientan tentados a ganarse el dinero delinquiendo.

Quizá se preguntarán por qué dedicarle un artículo al problema de los fraudes cibernéticos en un espacio dedicado a las relaciones internacionales. Y es que esta problemática tiene un carácter global constituyendo una preocupación para todas las naciones del mundo. Se necesita de la comunidad internacional para luchar contra este crimen pues el Internet no tiene jurisdicción. Si las autoridades unieran esfuerzos a nivel mundial podríamos mejorar la recolección de datos y evidencias y por ende lograr mayor número de convicciones. La única forma de combatir los crímenes cibernéticos es si conseguimos que todas las naciones se unan en la lucha. John Vengaren representante de la Unidad de Crímenes de los EE.UU. dijo que la ONU debería desplegar fuerzas de paz en las fronteras digitales.

Una de las tácticas utilizadas en Europa es imponer una carga de responsabilidad legal a los proveedores del servicio de Internet (ISP), que luego de ser notificados del delito deben eliminar la página web infractora. Si estos no cooperan pueden ser sancionados severamente. La razón de atacar a estas compañías de telecomunicaciones tiene una simple respuesta: son los únicos que pueden ser encontrados fácilmente pues son instituciones reales con domicilio comercial, son solventes y tienen en su poder los medios para controlar la red. En cierta forma pagan por los pecados de los demás pero es la forma más eficaz de obtener resultados.

Otra solución es capacitar en estas áreas a jóvenes informáticos y reclutar hackers para que luchen de nuestra parte. Bruce Schneider, con respecto al tema estableció: “You learn about security by breaking things…The criminals are always going to learn…We are not going to be smarter than them unless we can break things too” ("se aprende acerca de seguridad rompiendo...Los delincuentes siempre van a aprender... No vamos a ser más inteligentes que ellos, a menos que podamos romper las cosas como ellos"). Esta frase se refiere a adentrarse en las computadoras ajenas interrumpiendo sistemas de seguridad tal como hacen los hackers. Esto sugiere que los hackers con buenas intenciones deben violar sistemas de seguridad y aprender técnicas malvadas para lograr corregir y atar los cabos sueltos en las redes con el fin de mejorar la defensa y así poder proteger mejor los servicios. De hecho, compañías de antivirus y de seguridad prefieren contratar a hackers para que luchen de nuestra parte. Es como si vistiéramos al ladrón de policía a luchar por el bien de nuestra sociedad. No es que no creamos en su cambio de ética si no que realmente seguimos detrás de lo incorrecto para lograr corregir lo que está mal.

Es cierto que los hackers también pueden contribuir al bienestar del público en general ya que en la década de 1970 Steve Jobs y Steve Wozniak, fundadores de Apple Computers fueron amantes del “phreaking” (manipulación de los sistemas telefónicos para hacer llamadas desde cualquier lugar sin pagar por ellas y entre sus métodos de fraude desvían la factura a otros números e incluso podrían engañar a la central para que no realice la facturación).

La República Dominicana tiene el 46.6% de su población conectadas al Internet (aproximadamente 4,643,393 usuarios a Diciembre de 2011) . Lo que implica que estos dominicanos podrían estar en riesgo si no son alertados adecuadamente. Las autoridades que velan por actuar en justicia y aplicar de manera efectiva la ley deben mantenerse al día con la evolución de la tecnología. La mejor manera de minimizar el efecto de los ataques y en un futuro evitarlos es teniendo usuarios educados en el área. Cerca de 200 mil millones de spam e-mails están siendo enviados cada día que es el 90% de los correos electrónicos enviados en todo el mundo. Muchos de estos ataques piden que enviemos nuestros datos personales y que revelemos códigos de seguridad. Debemos usar nuestro sentido común para no caer en estos ganchos. Esto puede frenar en cierta forma los fraudes pero no darnos una protección total.

 

Ana Carolina Blanco
Analista del CDRI.- 

Los pobres de nuevo tipo

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altComo hace ya más de un siglo, “un fantasma recorre Europa”, pero esta vez no es el fantasma del comunismo, sino el de la pobreza. Y lo notable es que sea precisamente el Viejo Continente el más afectado por una crisis que desde 2008 azota al mundo pero golpea particularmente al añejo templo de bienestar europeo. No tiene gracia pensar que en África, por ejemplo, hay una alta tasa de mortandad debido al hambre, o que todavía en la crecientemente próspera China altos segmentos de la población ni siquiera se enteran de que su país compite con Estados Unidos por la posición de primera potencia del mundo.

Naturalmente, las carencias materiales no son algo completamente nuevo en el mundo desarrollado. Así, en Estados Unidos la institución del “pantry” es parte de la realidad nacional. En el país de los grandes contrastes, los millonarios más poderosos (alguno de ellos tiene hasta un yate con terreno de golf) coexisten con gente hasta muy pobre. No es que en los países desarrollados la pobreza tenga una cara tan “hereje” como en los países muy pobres, pero es real y hace daño. Esos contrastes, antes pensados como particularidad norteamericana, van ganando espacio en el resto del mundo desarrollado.

Es notorio que en las calles de la vieja y rica Europa, como en Estados Unidos, se haya hecho tan común el espectáculo de gente viviendo en las calles, pidiendo para comer (no para beber) y provocando constantemente un estremecimiento en las conciencias de quienes no están pasando por esa difícil situación (hay quien dice, ¡todavía!). Y que organizaciones como Caritas, cuya vocación original era la de proveer alimentos a pueblos desprovistos, generalmente en el tercer mundo (en Europa solo en situaciones de conflictos o desastres), ahora se ocupan de distribuir comida en iglesias y centros comunitarios.

Claro, la gente no está sentada “esperando ver pasa el cadáver” de la pobreza; en muchos casos asiste, atónita, al descalabro de su forma de vida, mientras sigue existiendo un reducido grupo al que esa nueva forma de enfermedad no afecta. En los años 30, un movimiento similar dio paso al fascismo y la guerra en Europa, mientras que en Estados Unidos, el “crack” financiero llenó los campos y ciudades de mendigos.

Entonces hubo dos tipos de respuesta. La una, en Europa fue una total pérdida de confianza en las instituciones y la entrega al aventurerismo militarista. En Estados Unidos, Roosevelt (FD) lanzó un formidable plan de construcciones financiadas con el dinero público que abrieron de nuevo las puertas de la prosperidad. Desgraciadamente, aquello que parece tan simple y que tan bien funcionó en Norteamérica, por alguna razón, que los economistas sin duda conocen, no sirve ni ha servido de nuevo como receta.

Los “indignados” originalmente españoles y luego universales (se pueden ver expresiones de esa protesta contra el egoísmo clasista en Roma o Edimburgo, Londres y por supuesto, Madrid) reflejan la reprensión frente a las iniquidades del sistema, pero son solo eso, una forma de condena moral cuyo alcance concreto todavía está por ver. Si en cierta forma despierta simpatía hasta en los poderes establecidos, la misma no pasa de ser puramente simbólica, sin manifestación palpable. Ni siquiera protestas de mayor envergadura como las huelgas a repetición que en las últimas semanas han sacudido a Grecia, han sido capaces de modificar un curso que establece que las políticas sociales de algunos gobiernos “han ido demasiado lejos”.

Es, naturalmente, una profunda crisis de desconfianza en el sistema, que no llega al extremo de cuestionar su pertinencia, pero sí de condenar su ineficacia distributiva. En ese contexto, el “maná” que se suponía sería el euro, que algunos soñaban hermanaría a los europeos en torno a la fortaleza del marco alemán, en otras palabras, ¡por fin!, la distribución de la riqueza sin que las fronteras significaran un obstáculo, deviene poco a poco en una pesada carga en la medida en que no hay manera de que un irlandés pueda mirar el futuro con la aparente serenidad con que lo hace el alemán.

Es que para un ciudadano de ese último país (ingreso promedio $40,000) pagar 1 euro por una botella de agua (minúscula) no significa gran cosa, pero sí para un griego ($27,000) o para un portugués ($23,000). No es de extrañar pues que en algunos pueblos de Galicia aparezcan letreros en comercios anunciando que aceptan pesetas o que en Lisboa los haya aceptando la “moneda antigua”, es decir, escudos. Es la nostalgia por un tiempo en que con una moneda pobre era más fácil vivir con poco que con el prestigio de ser parte de un mundo de ricos.

Por eso la presencia hasta cierto punto humillante (pero en fin de cuentas muy útil) de los centros de Caritas en países como España, donde hace apenas un lustro se navegaba en medio de una nueva riqueza, o en países insospechados como Francia y hasta Alemania. Eso es algo a lo que los europeos todavía no se acostumbran; a que haya gente tan pobre como para tener que depender de esas asistencias para poder completar el menú familiar. 

Lo que se juega finalmente en las sociedades desarrolladas es el destino de las capas medias de la población cuando la polarización llega a su punto extremo; solo hay muy ricos y pobres y los aparatos del Estado demuestran una gran incapacidad para jugar el papel de mediadores que de ellos se espera. De ahí que cambie el perfil de las capitales del mundo rico. Que por doquier aparezcan mendigos, gente sin hogar, centros de distribución gratis de alimentos y una creciente desconfianza hacia el poder político, porque hacia el poder económico hace rato que ya no existe.

Por esa vía se llega fácilmente al mundo de la fantasía y por eso cada vez más gente en el mundo desarrollado estaría tentada de seguir los consejos de Mark Boyle y proponerse vivir sin dinero, lo que sería una respuesta ejemplar a la crisis que, sin respeto por jerarquías nacionales, afecta a unos y otros. Este curioso personaje, que se define como “homeópata social” prepara su pasta de dientes, a base de concha de jibia (pariente del calamar), después de comerse la deliciosa carne (es un molusco, por supuesto). Pero quizás la cruzada de Boyle está más orientada a quienes sufren de “oniomania” (compradores compulsivos) que a quienes han visto su poder adquisitivo reducido tanto a causa de la crisis, como de la prudencia generada por la inseguridad.

Porque a todo esto, las respuestas disponibles poco tienen que ver con las necesidades y temores de las mayorías (que recuérdese, en los países de desarrollo alto o mediano no son los pobres, sino los sectores medios) y más con el temor que generan esos movimientos populares, aún más peligrosos en la medida en que sus reivindicaciones no son propiamente políticas sino meramente razonables. 

Eso asusta al poder en todas partes, aún cuando las agendas de esos movimientos populares sigan siendo imprecisas como en NY o Madrid, o con bases de sustentación como las protestas en Atenas. De todas maneras, las aceras de las grandes ciudades del mundo rico, con sus legiones de desamparados, nos muestran que por encima de cualquier análisis especializado, la miseria también es global y que vence tan fácilmente las fronteras como antes lo hizo el capital.

 

Sully Saneaux
Analista del CDRI.- 

El “supermercado global” y el comercio justo.

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altDurante el curso “América-China: una visión de futuro”, organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Georgetown University y apoyado en República Dominicana por al Instituto Global de Altos Estudios en Ciencias Sociales y el Consejo Dominicano de Relaciones Internacionales, hemos podido asistir a una excelente clase magistral dictada por el Presidente de la República Dominicana, Dr. Leonel Fernández.

En su exposición, el Presidente Fernández analizó diferentes aspectos de las relaciones entre China y América Latina, abordándolas desde una perspectiva global. La tendencia hacia un entramado de relaciones interregionales, a pesar de la estrecha vigilancia de lo que definió como el “G2” (Estados Unidos – China), es lo que estamos presenciando hoy en día y también a lo que muchos países pequeños aspirarían involucrarse, para poder incursionar exitosamente al llamado “supermercado global”.

Este gran supermercado ya es una realidad: muchísimos productos se producen y se intercambian entre lugares muy lejanos. Se utilizan las materias primas de un continente, se procesan en otro, se ensamblan en un tercero y llegan a consumirse en todo el planeta. Grandes superficies como Carrefour, Walmart, Lidl o Ikea abren sus tiendas en cualquier ciudad del mundo y venden los mismos productos donde sea. Además, casi al mismo precio, poco importa el costo de la vida o los niveles salariales de los distintos países. Y la paradoja es que a veces los mismos productos son más caros en países de renta más baja; el caso de Ikea Santo Domingo es paradigmático.

En el supermercado global se globalizan las marcas, se globalizan los precios (¡ojo!, no los salarios), se globalizan los ritmos de trabajo (¡ojo! no los derechos de los trabajadores), y al mismo tiempo se uniforman los sabores, los colores, las formas; se monetarizan las relaciones de intercambio, las relaciones de confianza y las relaciones humanas. Lo mismo acontece en el supermercado de la esquina, donde acuden solo aquellos que viven en la ciudad, o mejor dicho que viven en ciertos lugares de la ciudad, porque muchas veces a los cordones de pobreza no llegan las grandes superficies. Villas miserias fruto de una urbanización descontrolada, sin planificación, sin respecto de los derechos básicos de la población pobre inmigrante pero que, sin embargo, sigue tomándose como indicador de mejoría de las condiciones humanas. ¿De verdad estamos seguros que amontonarnos en espacios reducidos e insalubres, donde las carreteras restringen o hacen desaparecer las aceras, o donde quedarse entaponados por lo menos una hora al día es mejorar nuestras condiciones de vida?

El gran guardián de este supermercado global debería ser la Organización Mundial del Comercio (OMC) que, supuestamente, garantizaría a través de sus reglas (ampliamente aceptadas y cotidianamente ignoradas) el libre comercio para todos: grandes, medianos y pequeños. Pero la realidad, como sabemos, es totalmente diferente. El comercio mundial no es libre y solo los grandes siguen beneficiándose de la apertura de todos los demás. El estancamiento de la Ronda de Doha es la demonstración. El mismo Presidente recordó como este proceso de negociaciones está totalmente paralizado, pero más que paralizado deberíamos hablar de “boicoteado”. Y esta vez no son sus opositores (los que los grandes medios de comunicación llamarían “antiglobalización”) quienes lo boicotean abiertamente, sino son sus mismos creadores, quienes lo desconocen en la práctica. ¿Quién nos asegura que con el pasar de los años, las condiciones no estén favorables para que otros países (¿emergentes?) no empiecen a proteger sus productores nacionales como lo hacen hoy la Unión Europea o los Estados Unidos?

 

Según el economista coreano Ha-Joon Chang[1], los países industrializados están literalmente “retirando la escalera”[2] a los países en vía de desarrollo. A través de un análisis histórico de las estrategias desarrollistas de países como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia, Suiza, Bélgica, los Países Bajos, Japón, Corea y Taiwán, durante los siglos XVIII, XIX y XX, Chang demuestra como ninguno de estos países adoptó un sistema de comercio verdaderamente libre durante sus fases de desarrollo. Todos defendieron sus industrias nacientes a espalda de las colonias y los países empobrecidos. La incapacidad y la falta de voluntad política para crear y mantener una industria nacional que permita agregarle valor añadido a la producción interna, es algo que caracteriza a todos los países en vía de desarrollo. Por un lado es un ligado colonial y, por el otro, es la consecuencia tanto de la división internacional del trabajo como de una clase política y empresarial que no sabe apostar por el cambio y que sigue acomodándose al status quo.

Tanto a las instituciones públicas como a los grandes empresarios de la economía tradicional, no les interesa cambiar el modelo porque esto significaría básicamente una redistribución interna de la riqueza y del poder; por tanto, una disminución, en todas sus dimensiones, de la desigualdad que, por el contrario, es funcional al actual sistema de producción y consumo basado en el mito del crecimiento económico sin límites.

Una redistribución se realizaría también a nivel global si las reglas del comercio fueran más justas. No se trata de un comercio libre; sabemos muy bien que, en este mundo, si todos comerciamos bajo las mismas reglas quienes seguirían ganando son los grandes; los pequeños seguirán perdiendo y la distancia entre los que más se han enriquecidos y los que estos últimos han empobrecido se volvería abismal. Este escenario no está tan lejos. Se trata, por el contrario, de crear un comercio justo en igualdad de oportunidades, porque la igualdad de condiciones no existe. Chang defiende a Fridrich List, padre de la teoría sobre la industria naciente, según el cual “el libre comercio es beneficioso entre países con niveles similares de desarrollo industrial… pero no entre países con diferentes niveles de desarrollo”[3]. De lo contrario, no hace falta ser economistas para entender lo que sucedería.

El arquitecto, pensador y visionario estadounidense Richard Buckminste​r Fuller solía decir “jamás cambiaría las cosas combatiendo contra la realidad existente. Para cambiar algo, ¡construye un nuevo modelo que haga la realidad obsoleta!”. Es un mensaje que los movimientos sociales de todo el mundo han aprendido muy bien y ponen en práctica cotidianamente, en lo local y globalmente. El movimiento por un comercio justo es uno de estos movimientos “glocales” que está construyendo otra realidad desde abajo. Esto no significa que no deje de luchar por el cambio de las injustas reglas del comercio desde arriba, pero su construcción de una sociedad “otra” se concretiza en las relaciones comerciales directas, solidarias y transparentes entre pequeños productores en países en desarrollo y consumidores conscientes y comprometidos en los países del llamado “Norte”.

Estos pequeños productores en desventaja económica son los actores que siempre han sido excluidos de lo que hoy, como subraya el Presidente Fernández, podemos llamar “supermercado global”. A pesar de que en los últimos años también el Comercio Justo haya englobado en sus circuitos a grandes superficies y grandes plantaciones[4], o que multinacionales como Starbucks o Nestlé se sirvan del comercio justo para sus estrategias de mercado (y lavado de imagen), quienes defienden la posición originaria del movimiento siguen trabajando únicamente con pequeños productores y a través de organizaciones que se dedican exclusivamente al comercio justo. Estas organizaciones deciden auto-excluirse del “supermercado global” porque, al contrario de aquello, no monetarizan sus relaciones, crean asociaciones de productores gestionadas (no por un dueño sino por sus miembros) de manera democrática y participativa, mantienen lazos de confianza y de largo plazo entre productor y consumidor, informan la opinión pública sobre las necesidades de mayor equilibrio en los mercados locales e internacionales, abogan por un desarrollo comunitario incluyente, por un cambio en los patrones de producción y consumo, y defiende un tipo de producción amigable con el medio ambiente (orgánica) y digna para los seres humanos.

El comercio justo, en su versión originaria, no forma parte del “supermercado global”, sino construye desde abajo un mercado “otro” donde priman otros valores. Los que todos reconocen que se han perdido, pero que pocos tienen el coraje de recuperar para darle, en la actual coyuntura mundial, un nuevo sentido de emancipación.

La Real Academia Española, define la palabra “oxímoron” como “combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”. ¿Quieren algún ejemplo? Comercio justo, economía solidaria, finanzas éticas.


Marco Coscione.

CDRI.-

[1]Véase: http://www.hajoonchang.net

[2]Kicking Away the Ladder – Development Strategy in Historical Perspective (2002), Anthem Press, Londres. Edición en español: Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica (2004), Los Libros de la Catarata, Madrid.

[3]Ha-Joon Chang (2004: p. 37).

[4]Es noticia de estos últimos meses que la organización estadounidense Fair Trade USA salió de la sombrilla internacional representada por la Fair Trade Labelling Organization, la organización de sello (certificación) que agrupa a productores e importadores de comercio justo de todo el mundo. La principal razón es que la Fair Trade USA está apostando por ampliar su impacto involucrando a más empresas y plantaciones en sus circuitos comerciales. Véase: http://fairtradeforall.com/q-and-a/making-it-happen/traducciones-al-espanol-2/

El mundo árabe no necesita de los Bin laden para su propia redención

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altDurante la Guerra Civil española, un general bajo las órdenes del jefe “nacionalista” (fascista) Francisco Franco proclamó “¡Viva la muerte!” como consigna. José Millán Astray, que es como se llamaba este troglodita general gallego, fundador de la Legión Extranjera española, se hizo famoso por sus excesos verbales y reducido talento, lo que tuvo su conclusión final con el apóstrofe citado.

Se podía pensar que la invectiva había muerto de muerte natural, como su propalador y lejos se podía uno imaginar que ese canto lúgubre sería asociado, por la voluntad de un grupo de fanáticos, a una de las principales religiones del mundo. Bin Laden y sus pares, se supone que queriendo redimir faltas, le han hecho un daño incalculable al islam y a los millones de personas que se reclaman de esa antigua y respetable religión al crear un vínculo tenaz entre el islam, el terrorismo y la muerte.

Se puede entender que un Bin Laden le declarara la guerra a Estados Unidos, país considerado por él expresión máxima de lo satánico, pero, ¿por qué hacer pagar tan alto precio a quienes en resumidas cuentas no tienen ni arte ni parte? Los actos de suicidas, una de las particularidades del fanatismo “a lo Bin Laden”, siempre han parecido más dirigidos a imponer el terror entre los civiles que entre los militares norteamericanos allí donde se les combate. Es lo que algunos llaman, “terrorismo catastrofista”, cuyo basamento es que si no se puede derrotar al enemigo, se le hace el mayor daño posible, aunque eso también le haga daño a uno mismo.

El acto de terror del 11 de septiembre contra miles de personas civiles fue la expresión más acabada de esa línea de acción y las consecuencias han sido terribles para afganos, iraquíes y por ese camino se puede seguir mencionando a los pueblos más afectados por la espiral de guerra desatada por el atentado septembrino, casi todos musulmanes.

Bastante se ha hablado acerca de Bin Laden como fenómeno de masas y de su indiscutible influencia marcando los primeros años del siglo XXI. Claro, para pueblos que han sufrido tanto bajo déspotas locales como bajo dominaciones extranjeras, siempre es dable esperar reivindicaciones positivas, no recurso a la muerte, propia y ajena como medio de redención. Sea por la razón que sea, Islam y terrorismo se han conjugado en la percepción popular, siendo aceptado como tal por quienes ni siquiera tienen juicios preconcebidos frente a esa religión. 

Una de las explicaciones ofrecidas, especialmente por la anterior administración norteamericana, es que el terrorismo musulmán se originó en el “odio por los valores democráticos norteamericanos”. La explicación es naturalmente una falacia. Robert Klitzman perdió a una de sus hermanas en el atentado de las Torres Gemelas. A raíz de la muerte de Bin Laden, escribió algunas reflexiones sobre ese hecho, sobre su dolor personal por la muerte de su joven hermana y lo que sentía al saber que Bin Laden estaba muerto.

Y agregó Klitzman, que como respuesta al atentado del 11 de septiembre, Afganistán fue invadido y “bajo falsos alegatos” se invadió al Irak. “Miles de norteamericanos y un número indeterminado de civiles han muerto o han sido heridos. Los políticos han explotado las muertes del 11 de septiembre para sus propios fines”. Y concluye el autor, ¿por qué nos odian tanto? Muchos aquí piensan que se debe a que detestan nuestra “libertad”. Pero ¿no será que el imperialismo norteamericano, la rapacidad de las corporaciones, los abusos de poder en otros países y nuestro apoyo histórico a dictadores corruptos como Mubarak han creado un odio que desafortunadamente aún persiste?

El terrorismo en su variante siglo XXI fue inesperado porque se pensaba que una vez terminada la Guerra Fría y desaparecidos los bloques antagónicos, el mundo entraría en una era de paz y prosperidad. Es que se olvidaba que el frágil pero genuino equilibrio del mundo de los “enemigos iguales” fue lo que permitió que en suma esencialmente reinara la paz, aún fuera en algunos casos a costa del mundo en desarrollo. Pero lo principal estaba salvado.

Lo que altera ese esquema ideal, que era el que se pensaba que prevalecería una vez desaparecida la “malvada” URSS, es que quedaban numerosas materias pendientes, es más, eran las materias principales las que todavía faltaban. Y esas eran relativas al Tercer Mundo. Porque mientras el desarrollo y el progreso se convertían en sino distintivo del Primer Mundo, el atraso y la miseria, con el ingrediente nefasto de falta de libertades, despotismo y represión caracterizaban al mundo en desarrollo. Un mundo casi perfecto para unos y casi totalmente infernal para otros. Y en el fondo, la rivalidad y competencia de dos visiones ideológicas. 

En ese contexto, Estados Unidos, cuando se lanzó a prodigar recursos a los muyahidines que luchaban contra los soviéticos en Afganistán, lo único que les interesaba era poner en dificultades a la URSS. Lo que podría ocurrir después no les interesaba.

Y el después tenía que ver con esos muyahidines y uno de sus jefes, desde ya más emblemáticos. Bin Laden no era un desesperado más; no era un “palestino errante”, ni un miserable trabajador árabe de los que viajan interminablemente de un país a otro de ese conglomerado para sobrevivir mal que bien. Bin laden era un dechado de la fortuna que ponía sus recursos al servicio de una causa asumida con fanatismo y perseverancia.

Según ha escrito él mismo y sostienen algunos de sus apologistas, Bin laden no tuvo nunca nada que ver con la CIA, en la época en que esa agencia financiaba a los muyahidines, lo que hacía a través de los servicios de seguridad paquistaníes. Alega él mismo, que desde esa época tenía claro que la alianza circunstancial con los norteamericanos, se debía a que en ese momento la prioridad era derrotar a los soviéticos en Afganistán, pero que llegado el momento, Estados Unidos sería el “enemigo principal”. Dicho y hecho, al menos en la intención, y de ahí el formidable acto de terror del 11 de septiembre, que fue venganza y no redención.

Pero ¿qué devino después del artífice de tal audacia? Durante los primeros años, Bin Laden recorrió la imaginación popular islámica como en el siglo XIX lo había hecho el “fantasma del comunismo” en Europa y una figura legendaria como el Che Guevara en la América Latina. Ese es, dicho sea de paso, el único punto coincidente de esas tres instancias históricas. Pero lo de Bin Laden ha llegado más lejos que lo que pudo haber llegado el Che. La leyenda del guerrillero argentino era lejana, a tal punto que sus admiradores siempre tuvo entre los norteamericanos. Pero el Che no era un abanderado de la muerte ni del terrorismo.

Bin Laden le “abrió fuego” a la potencia sobreviviente de la Guerra Fría y quizás estaba él convencido que, como antes había dicho Mao Tse Tung, que “el imperialismo es un tigre de papel” y que solo bastaba ponerlo a prueba para probar el aserto. De papel o no, Estados Unidos no podía tolerar la ofensa suprema de que le atacaran en su propio territorio, algo nunca visto, y desde que fue identificado el autor del atrevimiento, su suerte estaba echada.

Bin Laden, al convertirse esencialmente en un perseguido, perdió considerablemente brillo. Quedaba la imagen y a la misma millones de musulmanes le rindieron tributo en su momento, no tanto por compartir sus método como por admirar el coraje de quien se atrevía a desafiar a Estados Unidos. En realidad, una cuestión de simbolismo, no de alternativa real para la generalidad de los musulmanes.

Para sustanciar esta afirmación basta con observar el movimiento democrático de masas con el que inició el universo árabe el año 2011. En Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Siria, se han desatado movimientos sociales que poco o nada tienen que ver con los postulados de fanatismo y terror de Bin Laden, porque estos nada tienen que ver con sus vidas y sus aspiraciones. Si a los manifestantes que mueren en las calles de Túnez, Yemen o Libia les preguntaran por Bin Laden, poco tendrían que decir, porque ellos luchan por la vida y la dignidad.

En otras palabras, Bin Laden en la práctica dejó de ser relevante desde hace tiempo. En términos prácticos, había dejado de existir. Ahora todas las especulaciones quedan abiertas en torno a porqué estaba tan campante en Paquistán. Una de las posibilidades es que el individuo era un “preso de confianza” de los servicios de seguridad de Paquistán, quienes le preservaban esencialmente para que su existencia justificara los cuantiosos recursos que Estados Unidos da al ejército paquistaní para ser empleados en la “lucha contra el terrorismo”.

También cabe la posibilidad de que Bin laden pudiera servirles en su guerra permanente contra India. En última instancia, a la hora de determinar algún tipo de solución para el conflicto en Afganistán, en el que Paquistán es una pieza clave, la cabeza del prófugo podía servir como moneda de intercambio. ¿Quién sabe?

Por el momento, la desaparición de Bin Laden crea tentaciones en el congreso norteamericano: si el hombre está muerto, entonces el problema terrorista comenzó a resolverse. Pero en realidad, hace tiempo que esos grupos perdieron buena parte de su efectividad, en parte por la presión sostenida de los norteamericanos, en parte por falta de apoyo popular. Eso explica que la periferia y no el centro sean los objetivos más afectados por actividades terroristas. Pero con o sin Bin Laden, terroristas seguirá habiendo mientras haya asomo de causa justificable.

Por último, queda el asunto “legal” en la muerte de Bin Laden. El procedimiento utilizado discrepa con lo que ocurrió en Nuremberg al final de la II Guerra Mundial, pero los criminales nazis que fueron allí enjuiciados y condenados nunca atacaron a Estados Unidos. En ese caso la justicia era más fácil que la venganza. Porque esto último fue el carácter de la ejecución del “enemigo público número 1” de los norteamericanos.

Quizás por eso se ha tratado de “importantizar” a Bin laden, atribuyéndole capacidades de dirección y planificación que probablemente ya no tenía, presentándole como a cualquier vecino buscando canales en la televisión, viviendo con mujeres e hijos a los cuales atendía y corregía y hasta mirando videos pornográficos. Al final del tiempo, Bin laden, con su imagen de santo telegénico a lo mejor termina produciéndole dinero a fabricantes de camisetas y cachuchas, sin que, como ya ha ocurrido, los compradores tengan una idea precisa de quién fue el personaje.

Por Sully Saneaux

El Sincretismo Cultural y el Islam en Rusia

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Mesquita y Iglesia Ortodoxa en el Kremlin de Kazán, en TartaristánEl ataque terrorista en el Aeropuerto Domodedovo de Moscú el pasado 24 de enero ha dirigido la atención de la comunidad internacional hacia los problemas enfrentados por Rusia en su relación con el terrorismo islámico. Pese a la victoria del gobierno ruso en la última guerra de Chechenia y el aparente ambiente de seguridad y estabilidad establecido en Rusia bajo la dirección de Putin y su sucesor Medvedev, la amenaza del fundamentalismo islámico militante sigue en pie. Aunque sería tentador asociar este acto terrorista a ataques similares vividos en Madrid o en Londres en los últimos años, el caso ruso resulta ser mas complejo, puesto que se trata de terrorismo interno y de un islam endémico a Rusia. De hecho, la Federación Rusa consta de unos 20 millones de musulmanes, lo que equivale al 14% de su población total. Estos musulmanes se concentran en dos regiones: el Cáucaso del Norte (Chechenia, Daguestán, Ingusetia…), y la región de la Volga (Tartaristán, Bashkortostán…). A estos hay que agregar unos 5 millones de inmigrantes musulmanes provenientes de las ex-repúblicas soviéticas de Asia Central y del Cáucaso—en particular de Tayikistán, Uzbekistán, y Azerbaiyán—la mayoría habitando centros urbanos tales como Moscú, San Petersburgo, y Nizhny Novgorod. Para comprender las raíces del terrorismo islámico en Rusia, es necesario entonces comprender la historia del Islam a lo largo de la evolución del estado ruso. Este artículo, el primero en una serie de artículos investigando la relación de Rusia con el Islam, investiga la historia de Rusia y el Islam desde la invasión de Rusia por los Mongoles en el siglo XIII hasta la caída del comunismo soviético en el siglo XX.

Desde sus inicios, la trayectoria rusa se ha visto entrecruzada con la historia de la religión islámica y de los diferentes pueblos musulmanes que han pertenecido al espacio imperial ruso. Desde la conquista de la Rus de Kiev por los Mongoles en el siglo XIII, y el establecimiento del Kanato musulmán de la Horda de Oro sobre las estepas de Eurasia, los principados rusos fueron subyugados durante tres siglos por un imperio islámico turco-mongol y sus estados sucesores tártaros. No fue hasta el siglo XVI que el Príncipe de Moscú, Iván el Terrible, conquistó los Kanatos Tártaros de Kazán, Astrakán, y Crimea para entonces proclamarse como el primer Zar de Rusia. Al regresar a Moscú, el primer Zar construyó la Iglesia de San Basilio frente al Kremlin en celebración de su victoria. Esta iglesia es reconocida internacionalmente como el monumento mas emblemático de Rusia; sin embargo, pocos reconocen la ironía que esconde esta iglesia, símbolo de la ambigua relación de Rusia con el Islam: en realidad, la iglesia de San Basilio tomó inspiración arquitectónica de la mezquita de Kazán, que constaba también de ocho torres y una cúpula central, y fue destruida por Iván el Terrible durante su conquista. Por consiguiente, es irónico que el monumento emblemático de Rusia por excelencia haya tenido como inspiración una mezquita tártara relegada al olvido. Sin embargo, esto no es más que un simple ejemplo del distintivo sincretismo cultural ruso, pueblo eslavo, ortodoxo y europeo que repetidamente culpó a su herencia “oriental”—mongola y tártara—por su “atraso”, y ha tratado repetidamente de “occidentalizarse” a lo largo de su historia.

Al momento del Imperio Ruso expandirse desde Europa hasta el Pacifico, y de Siberia a Asia Central y el Cáucaso, Rusia pasó a incluir cada vez mas pueblos musulmanes en su imperio, tales como los Cherquesos, Chechenos, y Daguestanos del Cáucaso, los Azerís y Turkmenos de la meseta persa, y los Uzbekas, Tayikos, Kazakos, y Kirguices de Asia Central. La era imperial rusa fue una época a la vez de violencia y convivencia entre religiones. Por un lado, Kazán, la capital tártara a orillas de la Volga, se volvió uno de los principales centros de manifestación del poder imperial ruso—en particular desde el punto de vista de la dominación rusa ortodoxa sobre los tártaros musulmanes. Mientras que “Nuestra Señora de Kazán” pasó a ser una madre patrona de los Rusos, habiéndosele dedicado gloriosas catedrales en Moscú y San Petersburgo, los tártaros de la Volga sufrían persecuciones religiosas mientras que se les prohibía la construcción de mezquitas. No fue hasta el siglo XVIII, bajo la autoridad de Caterina la Grande, que se construyó la Mezquita Märcani en Kazán, la primera desde la conquista rusa. Esto se realizó en el contexto de una apertura hacia la tolerancia religiosa, mediante el decreto del Sínodo Sagrado “Sobre la Tolerancia de todos los Cultos Religiosos” de 1773, y el reconocimiento oficial de la libertad de culto para los musulmanes en 1788. Sin embargo, el siglo XIX vio la prolongación de esta ambivalencia entre tolerancia y represión. Por un lado, la conquista del Cáucaso se tornó en un baño de sangre: los Cherquesos, habitantes musulmanes originales del Cáucaso del Noroeste, fueron en su gran parte masacrados, y la mayoría de los sobrevivientes huyeron al Imperio Otomano, sus descendientes habitando hoy en día en Turquía, Siria y Jordania. Estos reclaman hasta el día de hoy el reconocimiento internacional del “Genocidio Cherqueso.” Por otro lado, los vasallos de Asia Central, y en particular los Kanatos de Jiva y Bujará, gozaban de un alto nivel de autonomía, y continuaron con su tradición literaria y religiosa perso-islámica hasta la llegada del comunismo.Verde Oscuro: Repúblicas Musulmanas en la Federación Rusa; Verde Claro: Ex-Repúblicas Soviéticas Musulmanas; Morado: Resto de Rusia; Rosado: Ex-Repúblicas Soviéticas Cristianas

La era Soviética llevó a una reconfiguración radical de la relación entre cristianos y musulmanes dentro de la superpotencia socialista. Por un lado, el ateísmo soviético limitaba el culto religioso tanto entre musulmanes y cristianos. Por otro lado, el gobierno central soviético reescribió las historias de todas las naciones constituyentes de la Unión Soviética bajo un cuadro marxista de lucha entre clases, para así formar una identidad supranacional soviética. De este modo, las culturas uzbeka, tayika, azerbaiyana, armenia, georgia, kazaka, y tártara—para solo mencionar algunas—aportaban cada una a la diversidad nacional, cultural y étnica del imperio soviético. Las autoridades soviéticas cursaban una fina línea entre la definición nacional de sus repúblicas y la dominación de estas por el estado centralizado en Moscú. Mientras que en algunos momentos las autoridades centrales impulsaban sentimientos nacionalistas en sus repúblicas musulmanas, tal y como sucedió en Azerbaiyán durante la Segunda Guerra Mundial en un esfuerzo soviético de anexar las provincias iraníes de población azerbaiyana, las autoridades soviéticas también recurrían a castigar colectivamente otros pueblos que acusaban de “chovinismo,” tal y como sucedió con los tártaros de Crimea, deportados en su mayoría hacia Asia Central.

Sin embargo, este balance entre impulso nacionalista (en un proceso denominado “arraización”) y represión cultural (la denominada “rusifiación”) se rompió en la última década soviética, cuando la crisis económica y el estancamiento soviético se manifestaron en el creciente resentimiento de las repúblicas hacia el gobierno central. Los subsecuentes movimientos de movilización nacionalista llevaron a la caída del estado soviético y su fragmentación en 15 repúblicas independientes. Esto ha tenido dos impactos mayores sobre la Rusia de hoy en día. Por un lado, la movilización nacionalista anti-soviética no se limitó a las 15 repúblicas socialistas soviéticas, sino que también se expandió entre los sujetos federales de la República Rusa. Dos sujetos federales rusos, la República de Chechenia y la República de Tartaristán, declararon simultáneamente su independencia de Rusia, y aprovecharon del caos reinante para establecer sus propias relaciones diplomáticas en el extranjero como estados independientes. Por otro lado, millones de ciudadanos de las nuevas repúblicas independientes de Asia Central y el Cáucaso—las áreas mas pobres y con mayores conflictos armados en el espacio post-soviético—emigraron masivamente hacia Rusia, país al que consideraban que aún pertenecían. Así nacieron los retos de los movimientos secesionistas y de la inmigración que marcan fuertemente hoy en día el panorama de la nueva Rusia frente al Islam.

Por Marino Auffant, Miembro Local del CDRI

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