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Comunidades atlánticas: Asimetrías y convergencias

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altPor Dorval Brunelle*

Durante todo el período de la posguerra hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, el concepto de "comunidad atlántica", ya sea en el nivel estratégico o en el simbólico, se refería esencialmente a una zona geográfica abarcando las dos orillas nortes del Atlántico; ni América Latina ni África eran incluidas. Sin embargo, se tardó casi un cuarto de siglo desde entonces y, a pesar de la puesta en marcha o expansión de varias iniciativas de tipo comunitaria en Europa, América Latina, el Caribe y África, el proyecto de creación de una comunidad atlántica implicando los países que ocupan los cuatro lados del océano no parece haber progresado de manera significativa, a pesar de que, confrontada a obstáculos indiscutiblemente más numerosos, tanto en términos de los socios que participan o de la magnitud de los retos a enfrentar, la formación de una comunidad transpacífica avanza a grandes pasos. Por lo tanto, parece haber llegado el momento de preguntarse por qué las cosas han evolucionado tan poco en el transcurso de las últimas décadas y por qué está resultando tan difícil repensar la Cuenca Atlántica hoy en día.

La pregunta merece ser planteada en primer lugar debido a que el enfoque troceado o selectivo que todavía prevalece en ambos lados del Atlántico, choca claramente con aquel que prevalece en la otra cuenca oceánica - incluso en el borde del Océano Índico - donde, desde el fin de la Guerra Fría, lograron establecerse organizaciones y agrupaciones entre los países de las dos orillas del Océano Pacífico, ya sea bajo la forma de una comunidad inspirada en el modelo europeo o de un acuerdo de libre comercio transpacífico, mientras que la noción de comunidad atlántica sigue afectada por una alta resistencia y que las negociaciones de libre comercio transatlántico entre la Unión Europea (UE) y Estados Unidos de América (EE.UU.) se aplazan cada año. Por otra parte, uno de los indicadores más fuertes de la asimetría que existe entre la cuenca del Atlántico y la del Pacífico es el número de acuerdos de libre comercio (ALC) firmados de una parte y de otra por los países de las Américas. En efecto, el número de ALC que han sido negociados por los países de las Américas con sus socios en Asia (14 en total) es mayor que el número de acuerdos que se firmaron entre ellos y sus socios en Europa (9 en total), mientras que África está ligado a las Américas por un único ALC.

Dicho esto, la persistencia de las asimetrías y de los puntos ciegos en la zona del Atlántico merece una explicación. Sólo se presentarán cuatro rápidamente, una que se sitúa en el largo plazo, las otras tres en el mediano o corto plazo. La primera explicación es la separación que ha sido establecida por los gobiernos de los Estados Unidos desde 1823, año de la proclamación de la Doctrina Monroe, entre su estrategia y su enfoque frente a sus socios en las Américas, de un lado, y los que han establecido con sus socios europeos, por el otro lado. Esta separación contribuyó a colocar las relaciones panamericanas, mas tarde interamericanas de los Estados Unidos, sobre un registro diferente de aquellas que se han establecido con Europa, con el resultado de que, ante sus ojos, nunca ha sido seriamente considerado que estos socios puedan participar activamente en la co-construcción de la comunidad transatlántica, que ellos han promovido después de la Segunda Guerra Mundial.

La segunda explicación se refiere a la unipolaridad, es decir, la adhesión de los EE.UU. a la condición de potencia hegemónica luego de la caída del muro de Berlín en 1989, un estatus que ha legitimado el uso posterior del unilateralismo de su parte. Asumiendo el papel de "sheriff recalcitrante" (Richard N. Haass, 1998) a escala del planeta en términos de seguridad, el Gobierno de los EE.UU., lejos de facilitar la expansión de las comunidades existentes a lo largo de la cuenca del Atlántico, ha escogido cabalgar solo y, al hacerlo, ha contribuido, desafortunadamente, a multiplicar los desacuerdos entre ambos lados del Atlántico Norte, pero también entre el Norte y el Sur.

La tercera explicación se basa en la yuxtaposición entre la ampliación de la Comunidad Europea a partir de 1995 y el lanzamiento de un proyecto de integración a gran escala llamado "Comunidad de las Democracias" introducido y defendido por el Presidente Clinton en la Primera Cumbre de las Américas, celebrada en Miami en diciembre de 1994. Este proyecto se fundaba sobre una ampliación y una profundización del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor el 1 de enero de ese año. Sin embargo, la estrategia seguida en paralelo de ambos lados del Atlántico, más bien fortalecía en vez de debilitar la idea de que estábamos siendo testigos de la consolidación de una "Fortaleza Americana", en respuesta a la formación de una "Fortaleza Europea”. Una evidencia de esto es el hecho de que estas dos iniciativas no han favorecido la apertura hacia el otro lado de la cuenca del Atlántico, sino todo lo contrario.

Y si, por su parte, la Unión Europea practica en la misma época un atlantismo expandido debido al simple hecho de su extensión a tres nuevos miembros en 1995 , diez en 2004 y dos en 2007 , no es menos cierto que los acuerdos negociados con los países fuera de Europa, especialmente con los países de África y el Caribe, se inscribieron en una lógica llamada "de asociación", por un lado muy alejada del espíritu que subyace en la idea de la Comunidad Atlántica, y por otro lado, lejos del libre comercio negociado entre socios del borde del Pacífico. En resumen, las estrategias desarrolladas en paralelo en ambos lados del Atlántico por las potencias del Norte en sus relaciones con el Sur explican en gran manera la persistencia de estos ángulos muertos, una situación que no se encuentra sobre el borde del pacífico, dónde el legado histórico es diferente y donde la brecha entre un Norte desarrollado y un Sur subdesarrollado parece actualmente inoperante.

La cuarta y última explicación apela a los atentados del 11 de septiembre de 2001, que reforzarán tanto a los EE.UU. como a la UE con la idea de efectuar un retroceso y volver a conectar con el enfoque que prevaleció durante la guerra fría. Este cambio llevará al Parlamento Europeo a "reclamar una Estrategia europea global con una orientación estratégica a largo plazo de la asociación transatlántica" (Parlamento Europeo, 2003). Sin embargo, al sugerir que "la asociación se esté moviendo gradualmente, de una comunidad transatlántica de valores hacia una verdadera comunidad transatlántica de acción mediante el desarrollo de una estrategia y una acción de colaboración" (Art. 11), la UE favorece el fortalecimiento de un enfoque bilateral fundado sobre los intereses (económicos, estratégicos), en detrimento de un enfoque más abierto dirigido hacia otros actores (gobiernos, empresas). En resumen, en lugar de seguir el camino que se abría tras la caída del Muro de Berlín, que hubiera podido conducir a un ensanchamiento de la comunidad atlántica hacia el Sur, los atentados del 11 de septiembre empujaron al Parlamento, en nombre de la llamada guerra contra el terrorismo, a retroceder y fortalecer el enfoque bilateral que prevalecía antes de 1989.

Sin embargo, aunque los hechos mencionados acreditan la tesis según la cual efectivamente existe una continuidad entre el antes y el después de la Guerra Fría sobre las relaciones transatlánticas, lo cierto es que, en los últimos años, han surgido varios indicios que sugieren que el status quo ha durado su tiempo y que el curso de las cosas está llamado a cambiar en un plazo más o menos corto. En este sentido, la hipótesis a explorar debería tomar en cuenta el hecho de que tres nuevos factores podrían conducir a una inversión de la situación y a facilitar la creación de una comunidad atlántica más amplia. Estos factores son, en primer lugar, la multiplicación de las iniciativas transatlánticas, en segundo lugar, la acumulación de los cuestionamientos sobre la vocación ante todo de seguridad de la comunidad atlántica existente y en tercer lugar, el factor más original y prometedor, la creación de proyectos apuntando a la constitución de verdaderas comunidades tri-continentales - también llamadas comunidades cuadrilaterales - Atlánticas.

(*) Traducido al español por el Centro de Estudios de la Francofonía de FUNGLODE con el permiso del autor. 

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